La primera victoria de Rama
(segunda parte)
El sabio y los muchachos continuaron su viaje. Viswamitra adelante, Rama a corta distancia de él y Lakshmana atrás. Vieron hileras de hermosos árboles a ambos lados del camino; se colmaban con la maravilla de la naturaleza que se descubría ante sus ojos. Luego de haber caminado una buena distancia entraron en una jungla. Viswamitra les ordenó que de ese momento en adelante se pusieran protectores de cuero para las muñecas y los dedos y que tuvieran sus arcos en el hombro, listos para usarlos. Así caminaron por la silenciosa y atemorizante selva, avanzando entre la maleza sin miedo y esplendorosos como si fueran los monarcas de la región.
Después de una corta distancia entraron en una región de elevadas montañas; sus ojos se posaron en un encantador jardín cuya fragancia les daba la bienvenida y refrescaba sus cuerpos y mentes. Los hermanos sintieron curiosidad por saber quién era el dueño de ese maravilloso lugar y pidieron al sabio que se lo dijera. “Hijos, ésta es la región sagrada que los dioses eligen cuando vienen a la tierra a practicar austeridades para realizar sus deseos. El lugar confiere la victoria a todos los esfuerzos sagrados, por eso se le conoce como La morada de los logros. Yo he fijado mi residencia aquí con la intención de cultivar mi dedicación y entrega a la Divinidad. Esta ermita es blanco del ataque de los demonios que interfieren y ensucian cualquier rito sagrado que se haga. Tienen que destruirlos cuando intenten sus nefastos ataques”. Y diciendo esto, Viswamitra entró a ese refugio de paz. Puso su brazo cariñosamente en el hombro de Rama y dijo: “Esta ermita es de ustedes a partir de hoy como lo fue mía hasta ahora”, y el venerable sabio derramó lágrimas de gratitud.
Cuando se acercaban al santuario, los devotos se apresuraron a lavar los pies del maestro y a ofrecer agua para abluciones a Rama y Lakshmana. Esparcieron flores por todo el camino hacia la ermita y los guiaron hasta la puerta. Les dieron frutas y bebidas dulces y frescas. Les ofrecieron a Rama y Lakshmana que descansaran en una cabaña que habían preparado para ellos. Los viajeros aceptaron la hospitalidad y después del descanso se lavaron pies y rostro y fueron ante Viswamitra para recibir sus indicaciones. Con sus manos unidas en señal de reverencia le dijeron: “Maestro, el sacrificio que has deseado llevar a cabo, ¿podría realizarse mañana?” Viswamitra se sintió feliz ante esta petición y respondió: “Sí, todo está listo. En esta ermita es así. No hay necesidad de esperar a que los preparativos se hayan realizado. Siempre estamos listos. Al amanecer haré el voto prescrito”.
Las noticias se esparcieron y cada uno llevó a cabo su tarea para reunir todo lo necesario en la realización de la ceremonia. Amaneció. Viswamitra hizo el voto de iniciación y el yajna empezó. Skanda y Visakha hacían guardia a los dioses y los dos hermanos, Rama y Lakshmana, estaban preparados para salir al encuentro de cualquiera que intentara interferir con la debida secuencia del ritual. Como era impropio hablar, pues Viswamitra estaba inmerso en la ceremonia, Rama gesticuló a otros participantes para saber cuándo se podía esperar a la horda de demonios y desde qué dirección, pero no pudieron decir cuándo ni dónde, ya que los demonios no aparecen en un momento en particular, pueden caer sobre la ermita en cualquier momento. ¿Quién puede predecir el instante de su embestida? Los ascetas hablaron con Rama acerca de los demonios; cada uno, de acuerdo con su apreciación, habló del carácter y los hábitos de aquéllos.
Rama estaba satisfecho por la cooperación de los ascetas y decidió que lo más prudente era permanecer vigilantes y preparados para combatir a las fuerzas demoniacas que pretendían frustrar la sagrada ceremonia de los ermitaños. Puso sobreaviso a su hermano. Juntos vigilaban los cuatro rincones cuidadosamente y prestaban atención al menor sonido sospechoso. Reconociendo su valentía y seriedad, los ascetas experimentaban enorme dicha y se maravillaban porque a pesar de que los príncipes estaban en una edad muy tierna, tenían una hermosa complexión. Apenas habían cruzado el umbral de la traviesa niñez.
Durante cinco días con sus noches los hermanos vigilaron ininterrumpidamente el fuego sacrificial y la ermita sin siquiera pestañear ni tener un momento de descanso. El sexto día comenzó con la misma rutina. Viswamitra estaba concentrado en el ritual, inmerso en la exactitud de cada paso de la ceremonia. Los sacerdotes oficiantes y los demás participantes estaban imbuidos en la oblación y en la recitación de los himnos sagrados. De pronto fueron todos aturdidos por un terrible estruendo que provenía del cielo, ¡como si el firmamento mismo explotara! Por todos lados se incendiaba la plataforma del sacrificio, arrasando con la hierba kusa, platos y copas, los recipientes sagrados que contenían objetos rituales, la leña que debía ser ofrecida al fuego sagrado, las flores, el kumkum y otras muchas cosas auspiciosas que habían sido reunidas para la adoración de los dioses. Las llamas brotaban de todas partes.
El cielo se cubrió de oscuras y atemorizantes nubes, el luminoso día se tornó como la boca de un lobo. Misteriosos vapores humeantes envolvieron rápidamente el lugar donde se llevaba a cabo el ritual. De la siniestra nube empezó a llover sangre y cuando las gotas caían eran bienvenidas por las lenguas de fuego que se elevaban para recibirlas. Rama y Lakshmana trataban de localizar a los demonios entre aquella espectral batahola de odio. Rama, por su divina visión, sabía dónde estaban los jefes de ellos, Maricha y Subahu, y lanzó su saeta Manasa en esa dirección. La flecha dio en el corazón de Maricha y así puso fin a cualquier otra fechoría de su parte. Después disparó el Agni astra, el arma de fuego, la cual se alojó en el corazón de Subahu. Rama comprendió que si los cuerpos caían en la región sagrada la ermita se contaminaría, así que para evitar ese sucio contacto las flechas de Rama arrojaron los cuerpos a cientos de kilómetros en el océano. Maricha y Subahu chillaban y lanzaban gemidos en insoportable agonía y se debatían desesperadamente entre las olas, pero no morían. Los otros jefes de la horda huyeron más allá del horizonte para salvar sus vidas. Lakshmana dijo que no era aconsejable permitir que ningún demonio sobreviviera, no importaba cuán cobarde pareciera ser, ya que pronto regresarían a cometer sus prácticas malvadas. De esta manera, animó a Rama a matar a la horda completa. Los ermitaños que observaban las acciones estaban excitados y llenos de admiración, creían que los hermanos en verdad eran Shiva mismo en su forma terrorífica. Mentalmente se inclinaron en reverencia ante ellos, ya que los héroes eran muy jóvenes para aceptar su homenaje.
El bosque se vistió de luz y alegría en un momento. A pesar de aquel estruendo, Viswamitra continuaba firme y sin suspender su meditación en las deidades ni la recitación de los himnos sagrados que se entonaban para el ritual. No hizo ni el mínimo movimiento del cuerpo ni de la mente, tal era la profundidad de su concentración. La ofrenda de despedida en el fuego sacrificial se llevó a cabo con corrección y agradecimiento. Después Viswamitra llegó sonriente hasta donde se encontraban Rama y Lakshmana. “¡Oh merecedores de la fama! –dijo–, me han traído la victoria. A través de ustedes he podido realizar el deseo de mi vida. El nombre de este recinto ha sido justificado, ¡de verdad se ha convertido en la ermita de los logros!”. El sabio derramaba lágrimas de alegría y acariciaba con cariño a los muchachos. Se dirigió hacia la ermita con las manos en los hombros de Rama y Lakshmana; ahí compartió las sagradas ofrendas hechas en el fuego sacrificial. Luego les pidió que tomaran un descanso. Aunque el logro del propósito por el cual habían venido actuaba como un tónico reparador tanto de sus cuerpos como de sus mentes, sintieron que era impropio ignorar la orden del maestro y así, obedeciendo, se retiraron y durmieron profundamente por largo rato. El maestro se fue a otra cabaña para asegurarse de que los muchachos durmieran sin ser molestados; también dio instrucciones a algunos hombres para que hicieran guardia con el propósito de que nadie hiciera algún ruido que los pudiera despertar. Mientras los hermanos dormían Viswamitra se regocijaba por la exitosa conclusión del ritual y de la divina proeza de los muchachos.
Mientras tanto Rama y Lakshmana despertaron y, después de lavarse la cara, las manos y los pies, salieron de la cabaña y encontraron a los niños de las familias de los ermitaños haciendo guardia para que su sueño no fuera perturbado. Les informaron que el maestro estaba conversando con los ascetas en otra cabaña. Se dirigieron hacia allá y se postraron a los pies del sabio. Luego se pararon y uniendo las palmas de sus manos dijeron: “Gran maestro, si estos sirvientes tuyos tienen que hacer algo más, dilo por favor y con gusto lo cumpliremos”. Ante esto, un asceta del grupo se puso de pie y se dirigió a ellos así: “Con la destrucción de los demonios todo lo que debía hacerse ya se cumplió. ¿Qué otra cosa queda por hacer? El anhelo de años del maestro ha sido satisfecho. Nada más elevado es necesario. Ustedes dos son las formas de Shiva y Shakti. Ésa es la manera en que aparecen a nuestros ojos; no son mortales comunes. Nuestra buena suerte es la que nos ha dado la oportunidad de verlos. Nuestra gratitud no conoce límites”. Después los residentes de la ermita tocaron los pies de Rama y Lakshmana.
Entretanto un discípulo llegó con unas hojas de palma escritas y las puso en manos de Viswamitra. El gran sabio vio algunas y las pasó a un asceta que estaba sentado a su lado y le pidió que leyera en voz alta. Leyó que el emperador Janaka de Mitila había resuelto celebrar un yajna que expresara la más elevada gloria de la rectitud y rogaba a Viswamitra su presencia con sus discípulos. Viswamitra dijo: “Hijos, ahora que podemos caminar por el bosque libres del miedo a los demonios, he decidido iniciar mañana mismo el viaje a Mitila con todo los residentes de esta ermita”.
(Ramakatha. La historia de Rama, en dos volúmenes, ha sido editada en México por Publicaciones Sai Ram).
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