Los tipos humanos endocrinos
(segunda parte de “Los sistemas humanos y sus reguladores”)
Rodney Collin
Si tratamos de pasar revista a las principales teorías de la astrología a la luz de las ideas modernas y libres de la superstición y la asociación acumuladas, disponemos de la proposición siguiente:
Cada glándula endocrina, o su plexo nervioso asociado, está sincronizada al magnetismo de un planeta individual. Naturalmente, este magnetismo particular será más fuerte cuando un planeta se encuentre en el zenit, brillando verticalmente a través del mínimo grosor de la atmósfera, exactamente como la luz y el calor solar son más fuertes a mediodía. Mientras más bajo se hunde en el cielo y mientras más agudo sea el ángulo por el que su influencia deba pasar a través de la cubierta de aire, más débil será el efecto, como lo es el del Sol al amanecer y al anochecer. Cuando se encuentra por debajo del horizonte su efecto sólo se recibirá en una forma difusa, y será pasivo más que activo por su paso a través o alrededor de la Tierra. La altura de un planeta dado en el cielo será, por tanto, una medida exacta del grado de estímulo impartido a la glándula correspondiente en un momento dado.
Cada una de las glándulas tiene tres aspectos. Estos aspectos son puestos en acción en diferentes momentos, de acuerdo con el estímulo planetario entonces operante. El aspecto primero y más elemental, que probablemente está conectado con la raza y la herencia en una forma muy general, se pone en acción mediante el acomodo de cromosomas en el huevo en el momento crítico de la concepción y está determinado por la disposición de los planetas en ese instante.
El segundo aspecto, que probablemente sea más responsible de lo que de ordinario reconocemos como el tipo físico, es puesto en acción en el momento igualmente crítico del nacimiento, cuando el niño, de manera súbita removido del aislamiento en el útero materno, es expuesto por primera vez al aire y a la radiación solar y planetaria directa. En este momento las glándulas, en su segundo aspecto, reciben cada una un ímpetu diferente y preciso, que las pone en acción y fija su arreglo relativo por toda la vida. Si imaginamos un grupo de siete fotómetros fotográficos, cada uno sensible a la luz de un planeta distinto y que son afectados permanentemente por las indicaciones que registran en el momento que se les saca del cuarto oscuro, obtenemos cierta visión de este arreglo de la maquinaria humana en el nacimiento. Las sucesivas exposiciones que se hagan según estos siete fotómetros serán siempre diferentes y características. Y así ocurre con el rendimiento de las diversas glándulas y las funciones que a ellas están asociadas. Por el arreglo que les hacen los planetas que las gobiernan en el momento del nacimiento son, como antes supusimos, determinados de forma definitiva la forma, el color, el tamaño, la rapidez de reacción y demás cualidades internas y externas del individuo.
El tercer aspecto potencial de las glándulas es o puede ser puesto en acción en un momento posterior de la vida, cuya fecha exacta es difícil determinar. Puesto que este tercer aspecto debe estar conectado con funciones humanas potenciales, desarrolladas con el crecimiento de un alma. Pero ahora pasaremos por alto el primer y tercer aspecto y nos concretaremos al segundo aspecto de las glándulas, provocado y determinado por estímulos planetarios en el momento del nacimiento y del que depende la naturaleza física del hombre como individuo, es decir, lo que ordinariamente reconocemos como su tipo.
Organicemos el material que han puesto a nuestra disposición la química y la fisiología modernas en la investigación de la naturaleza y la función de los diferentes tipos endocrinos y podremos apreciar cómo concuerda o difiere con las antiguas descripciones. Al mismo tiempo debe recordarse que no existe aquello de los tipos puros, puesto que en cada hombre todas las glándulas deben funcionar, siendo incapaz de vivir el individuo si una sola de ellas es destruida.
Más aún, cada glándula afecta y es afectada por cada una de las otras, de modo que en la práctica es imposible aislar el efecto de una cualquiera de ellas. Si estudiamos pues los llamados tipos significa sólo que intentamos encontrar ejemplos extremos y hasta patológicos del dominio de una u otra glándula, para determinar su naturaleza particular. En un hombre “perfecto” la la acción de todas las glándulas estaría exactamente balanceada, y en cuanto un hombre se acerque más a este equilibrio será tanto menos fácil clasificarlo como un tipo. El organismo ideal sería una síntesis de todos los tipos; pero éste haría que un hombre disfrutara de poderes extraordinarios y tales hombres parece que no se producen por accidente.
Considerando a las glándulas en el orden de nuestra espiral y de nuestra tabla, principiamos con el timo, que forma una larga masa esponjosa montada sobre el tubo conductor de aire y en las inmediaciones del corazón. Se conoce muy poco sobre esta glándula, excepto que desempeña un papel muy importante en el crecimiento del organismo durante la infancia y que en la mayoría de los casos tiende a atrofiarse después de la adolescencia, en relación aparente con la intervención del sexo y las suprarrenales. Sus células son idénticas a las células linfáticas y probablemente aquélla ayuda a promover un alto abastecimiento de linfa, necesario por la velocidad del proceso metabólico infantil. El tipo tímico conocido por los endocrinólogos por su tez sonrosada, huesos y dientes delicados y especial aire de bella fragilidad, es sólo una descripción de Peter Pan, el niño grande. Hasta donde podemos ver, el timo, asociado tan estrechamente al corazón, es, (como podemos suponer por la disposición en nuestra espiral) la glándula que suelta el resorte del crecimiento. Cuando éste se completa su primera tarea está cumplida. La posibilidad de una función potencial ulterior, que normalmente no se realiza, se discutirá más adelante. Este tipo no se describe habitualmente en los textos astrológicos, aunque hay sugestivos intentos ocasionales por distinguir un tipo solar, que nos recuerda que el lugar y la función del timo lo señalan como el regulador de ese indiferenciado impulso de vida original que sólo puede provenir del Sol.
La siguiente glándula, el páncreas, está asociada con el sistema linfático y junto con el híagado controla la digestión de los alimentos. Ésta es la naturaleza húmeda del hombre, particularmente sujeta a la atracción de la Luna. Una parte del páncreas secreta insulina, que promueve el almacenamiento del azúcar y actúa contra las suprarrenales que dirigen su combustión súbita bajo demandas urgentes y altamente emotivas. Por tanto, tiende a abatir o extinguir el fuego de la actividad adrenal. Aunque la moderna endocrinología no distingue un tipo pancreático tan claramente como los producidos por otras glándulas, la gente con este predominio tendrá todas las formas carnales llenas y redondeadas (“cara de luna”) debido a la plenitud de linfa. Serán pasivas, caprichosas e introspectivas, rasgos todos opuestos a los del apasionado, vigoroso y violento tipo adrenal. De hecho se aproximarán a las descripciones del tipo melancólico o lunático y que se asociaba con el elemento acuoso y a sus consecuentes características de fluidez e inestabilidad.
Enseguida, en orden ascendente acorde con la tensión del voltaje o de la energía utilizada, tenemos la glándula tiroides, situada en la garganta debajo de la manzana de Adán. Esta glándula controla la combustión del aire que se respira y, como la llave del caldero de una locomotora de vapor, regula el calor producido y, en consecuencia, la velocidad de todo el mecanismo. Mientras más intensamente actúa la tiroides, más inquieta y nerviosa será la apariencia. El elemento pesado, yodo, que que con frecuencia se menciona en relación con esta glándula, es como el peso sostenido sobre la llave de ese caldero para prevenir que se abra y se funda el mecanismo.
En endocrinología el tipo tiroideo se describe como delgado de cuerpo, con rasgos bien acusados, pelo grueso y a menudo ondulado, ojos brillantes, dientes y boca muy desarrollados; percepción y volición rápidas, impulsivo, con tendencia a las crisis explosivas de expresión, revoltoso, insomne e incansable. En otra palabras, el viejo tipo aéreo, sanguíneo o mercurial, al que estrechamente corresponde esta descripción moderna.
Respecto del efecto del siguiente grupo de glándulas, las pequeñas paratiroides, situadas en la tiroides y que actúan como su pareja o complemento, no se dispone de mucho material. Sólo se sabe que su acción contra la tiroides (que produce movimiento y volatilidad) se logra por la promoción del metabolismo del calcio, elemento estabilizador, y del fósforo, elemento mediador. Con las paratiroides poco desarrolladas, el individuo resulta patológicamente nervioso, inquieto e hipersensible a los estímulos más moderados, aun ante la luz. Las paratiroides acentúan la vida pasiva, vegetativa; producen firmeza y tono del músculo y los nervios –una calma sensitiva y una tibia pasividad. Su campo es el de carne y sangre, de la nutrición celular y el desarrollo del volumen. Éste, en la vieja astrología, es el tipo venusino, el papel femenino de crecimiento en la inactividad.
Las glándulas suprarrenales, que usan energía del siguiente poder superior, son dos pequeñas cápsulas montadas sobre los riñones. Están formadas de dos partes, el corazón o médula que produce una hormona que motiva todos los fenómenos en relación con el miedo y la huida, y la cubierta o ocorteza, que secreta otra hormona caracterizada por manifestaciones de ira y rijosidad. Ambas, quizá por intervención de su elemento clave, el potasio, crean una elevación general del tono y sensibilidad del organismo. Son las glándulas de la pasión, y en esas diversas maneras expresan el impulso básico de autoconservación. El tipo adrenal tiene piel morena o pecosa, rostro y cuerpo hirsutos, a menudo pelo de color poco común (negro en escandinavos, amarillo entre latinos, pelirrojo en otros pueblos); tiene dientes caninos y una línea baja de pelo y es vigoroso, enérgico y apasionado –el tradicional guerrero–, pequeño, fiero y marcial.
Las dos glándulas siguientes, como la tiroides y paratiroides, forman una pareja que controla cualidades complementarias balanceándose recíprocamente. Juntas forman los dos lóbulos de la pituitaria, un pequeño órgano del tamaño de una semilla de cereza colocado en una caja ósea detrás del puente de la nariz. El primer lóbulo, desde nuestro punto de vista, es el de la pituitaria posterior. Esta glándula, en en cuya acción el sodio desempeña un papel clave, controla los músculos involuntarios de la porción interna e instintiva del organismo, particularmente los de los intestinos, vejiga y útero. Regula también la producción de leche para amamantar y en general es la glándula de las cualidades maternales. El tipo es bajo, redondeado, robusto, con cabeza grande, vientre voluminoso y poco pelo en el cuerpo. Tiende a la periodicidad de funciones, apareciendo el ritmo aun en las crisis de temperamento y actividad y está dotado de una inclinación a la poesía y la música. Es gente alegre, animosa y tolerante, el clásico tipo jovial.
La pituitaria anterior promueve rasgos masculinos tan claramente como la anterior hace con los femeninos. Está íntimamente relacionada, por una parte, con el sistema esquelético y por la otra con la función del pensamiento abstracto y la razón. Su secreción excesiva resulta en crecimiento anormal de los huesos largos y en especial de las articulaciones y extremidades, como manos, pies y mandíbula (acromegalia). El tipo pituitario anterior es largo de huesos, con formas bien desarrolladas, músculos largos y firmes, cabeza alargada, cara huesuda y marcada por una nariz larga y prominente, mandíbula cuadrada, pómulos desarrollados y dientes largos, con una mente comprensiva, habilidad para aprender y capacidad para controlarse a sí mismo y mandar sobre lo que lo rodea. En la vieja nomenclatura es el tipo flemático o saturnino.
Las primeras seis glándulas se disponen en tres pares, cada par con un elemento masculino y otro femenino, que se complementan y oponen entre sí: las suprarrenales y el páncreas, o Marte contra la Luna, las tiroides y las paratiroides, o Mercurio contra Venus, y las pituitarias anterior y posterior, o Saturno contra Júpiter. Éstos forman entre ellos un conjunto de seis valencias, perfectamente contrapesado.
Cuando llegamos a las gónadas o glándulas sexuales, que corresponden en cierta forma a la posición de Urano en el sistema solar, logramos entender por qué su papel ha dado lugar a tanta confusión. Porque cada una de las otras glándulas afecta al sexo, le prestan su color y tratan de disfrazarse como sexo. A efecto de comprenderlo en su pureza, el sexo debe ser separado de la sensualidad venusina de las paratiroides, de la pasión marcial de las suprarrenales, de la afección maternal de la pituitaria posterior y de la maestría saturnina del lóbulo anterior. El sexo debe ser algo diferente a todo esto y más fundamental. Debe estar relacionado con el principio esencial de los dos sexos y su poder conjunto de creación. Debe incluir todas las emociones más profundas originadas en su interacción y, aparte de dar hijos al cuerpo, debe inspirar música, poesía, arte y toda la aspiración del hombre por crear emulando a su Hacedor.
La última glándula sobre nuestra espiral, como Neptuno es el último planeta mayor en el cielo, es el misterioso cuerpo pineal, inmerso en el punto focal del cerebro y relacionado con los sistemas psíquicos más delicados del hombre. Sola entre las glándulas, es única más bien que doble en su forma, y de esto los viejos fisiólogos y psicólogos como Descartes dedujeron que era el lugar donde se alcanzaba la unidad o equilibrio y que era el asiento esencial del alma. La glándula pineal es un tejido en forma de cono, cuyas células nerviosas contienen un pigmento similar al de la retina y que comúnmente se fosiliza después de la adolescencia, mediante el depósito de sales de calcio. A medida que avanza este proceso, los músculos relativos se desgastan y son remplazados por grasa. Prácticamente nada se conoce o se supone acerca de las funciones de la glándula pineal y sólo podemos decir por ahora que todo indica que estas funciones son potenciales y hasta el momento irrealizadas.
Así se completa la serie de receptores planetarios por los que las diferentes funciones del cuerpo se sostienen y regulan. Y si se objeta que las descripciones de sus tipos conexos se acercan a la adivinanza, debemos admitir entonces que no son sino un intento de aproximación a la naturaleza de las distintas energías, mediante un estudio empírico de sus manifestaciones. Esto, en esencia, no es satisfactorio, como no lo será tratar de expresar la naturaleza de un perro detallando su figura, color, modo en que crece su pelo, etc. sólo puede desarrollarse una íntima comprensión de las glándulas estudiando su acción peculiar e individual en uno mismo. En un libro, por su propia naturaleza, este método se excluye.
Recordemos, entonces, que las glándulas actúan mediante energías diferentes en una escala de creciente frecuencia, hasta que logremos alcanzar reinos en donde su poder de penetración sea tal que no podamos siquiera soñar las potencialidades en él involucradas.
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El juego supremo, por Robert S. de Ropp,
La teoría de la vida eternay El desarrollo de la luz,por Rodney Collin
El tiempo vivo y la integración de la vida, por Maurice Nicoll.
(Editorial Yug).
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