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Septiembre 2008

 

 

Madre de aura divina


Enrique Arias Valencia

La razón áurea, geometría divina, es una proporción presente en los procesos vivos del universo visible. Está en las formas que adoptan las flores de cinco pétalos desde que son tiernos botones hasta que en amarillo intenso se rinden marchitándose. También la podemos encontrar en los graciosos giros de los caracoles y nautilos. Puede desenvolverse como una espiral que conserva su forma a medida que crece, lo que le permite guardar todas sus proporciones a lo largo de su desarrollo. Por eso es la figura favorita de la naturaleza a la hora de realizar los procesos vivientes. Incluso actúa en objetos que no son reconocidos como vivos por los científicos modernos, quienes bien pueden hacernos sonreír cuando nos dicen que una galaxia espiral no está viva; pero si la vemos al telescopio con nuestros propios ojos, dicha galaxia nos mostrará su movimiento inteligente.
En el Viejo Mundo los arquitectos egipcios utilizaron la razón áurea para levantar las pirámides. El artífice del Partenón la usó para elevar su marmóreo templo, y en la Edad Media la serena Catedral de Chartres fue edificada según sus reglas dinámicas.
Sumemos 1 + 1. Ahora sumemos el resultado, el 2, al número anterior, esto es, el 1. Si repetimos el proceso obtendremos una serie tal que cada uno de sus números es el resultado de la suma de los dos anteriores: 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55, 89. Ahora bien, si dividimos el último número de la serie entre el penúltimo, el cociente de la serie será 1.618, el cual resulta ser la proporción que ahora nos ocupa. En Mesoamérica, al culminar el periodo clásico los escultores mexicas quisieron representar a la Madre del universo según la relación que expresa la razón áurea. Es así como la Coatlicue encarna en piedra la idea del desarrollo de la vida en el número 1.618, lo cual significa que la Coatlicue es un poco más de la mitad más alta que ancha. Es, por lo tanto, un rectángulo armónico que puede crecer siempre proporcionadamente.
Se trata de una asombrosa metáfora escultórica que nos conduce por el sendero de un secreto matemático para terminar revelándonos un misterio cósmico: la imagen se despliega al crecer, el espíritu brilla al descubrir una armonía oculta en una idea artística. La plasticidad de la Coatlicue es un desafío que deleita al alma paciente y laboriosa. Sin embargo, al final, al descubrir la idea, bien podemos celebrarlo con un desenfadado brindis de euforia intelectual. Después de todo, la razón áurea, a pesar de su nombre y de una manera muy irónica, es un número irracional. Tan irracional como el espanto que sentimos al ver a la Coatlicue por primera vez. Se trata de una diosa de piedra que nos invita a bailar con nuestros ojos a lo largo de la espiral áurea. No hay nada que temer, ésta es la madre del mundo y de la vida.
Coatlicue es un personaje indispensable de la plástica mexicana desde que fue descubierta en 1790. Su enigmática forma ha desatado las más dispares opiniones. No hay que olvidar que asustó a Humboldt y enamoró a Salvador Toscano. Con erudito acierto, poética impresión, el historiador y crítico de arte, el doctor Justino Fernández en Estética del arte mexicano (UNAM, 1972) nos expone una estampa de lo que la Coatlicue ha ido significando para los estudiosos del arte mexicano a lo largo de la historia:
“Del caos de la monstruosidad, de lo demoniaco, del mundo del terror y del espanto, surgió hermosa, portentosa, poderosa; como obra maestra, monumental; como fuente de inusitada belleza; como concentradora dinámica de los múltiples horrores del universo; como perteneciente a la escultura que cuenta entre las grandes realizaciones del arte mundial; como la más fantástica creación plástica de todos los pueblos; como transformación de lo terrible en lo sublime, como más allá de lo puramente estético. Y ésa es la historia moderna de Coatlicue”.
Muy acertadamente Justino Fernández rechaza la tesis de que la Coatlicue es monstruosa, y en cambio la ensalza como la obra de arte más representativa del México antiguo. En la feliz conclusión de su trabajo sobre la diosa, Fernández termina mostrándonos la “belleza trágica de la obra”. Nosotros, por nuestra parte, hemos abordado el asunto desde un punto de vista geométrico formal, para de ahí derivar una reflexión que destaca las cualidades de la razón áurea de nuestra diosa. ¿Cuáles son los sentimientos que nos asaltan la primera vez que vemos a la Coatlicue? ¿Qué es lo que viene a nuestro pensamiento una vez que estudiamos sus proporciones geométricas? ¿Qué impresión nos deja en el alma este monumento cuando nos ha deleitado con su forma y asombrado con sus razones geométricas? ¿Puede la Coatlicue ayudarnos a contestar las grandes preguntas? ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Qué es el mundo? ¿Qué es el caos? ¿Tiene el mundo un orden oculto?
Kant nos enseñó que lo bello es lo que place sin concepto. También nos aclaró que lo sublime es aquello que es absolutamente grande. Por eso Coatlicue rebasa la belleza, pues su áurea monumentalidad la hace grande entre las grandes obras escultóricas, un triunfo sublime de los mejores observadores del movimiento del Cosmos.
Vista de frente, la divina proporción de Coatlicue nace en el hombro levante y alcanza su primer rectángulo en el ojo de la serpiente superior izquierda, a partir de ahí puede trazarse un cuadrado perfecto que se completa en el hombro derecho y de ahí brota un gran rectángulo que va desde la calavera central y que culmina en las garras de la diosa. El mensaje es éste: en medio de la terrible majestad de la naturaleza, es capaz de brotar la más perfecta armonía preestablecida de una oculta razón geométrica. El invisible rectángulo áureo que enmarca a la Coatlicue puede percibirse subjetivamente si trazamos sendas líneas imaginarias que partiesen paralelas al límite exterior de hombros y que se intersecarían con otras líneas imaginarias que correrían paralelas a la cabeza y los pies de la diosa. Su silueta es una cruz que señala a cada uno de los rumbos del mundo.
Tras las manos y corazones se vislumbran los pechos de Coatlicue; pechos que son alas de mariposa. Carne de piedra: manos y corazones que se ofrendan a quien se quiso llamar La de la falda de serpientes. La Coatlicue es la expresión de una idea: el universo está vivo, en desarrollo perpetuo. El Cosmos no es un objeto inerte, ni tampoco una colección de objetos y cosas; es en realidad un ser vivo en constante perfeccionamiento, y que sólo es imperfecto en la medida en que en cierto momento falta por añadirse aquello que hará más pleno el momento presente. Todo esto se sabía desde hace mucho tiempo, cuando en lo que ahora es la Ciudad de México floreció un imperio cuyos habitantes descubrieron el movimiento geométrico que permite las transformaciones evolutivas del Cosmos.
Quizá el día de hoy podamos aportar una pequeña línea en la dirección del desarrollo de la vida del mundo, y entonces bien podríamos tener la sensación de participar en los procesos que los seres espirituales llaman “divinos”. Entonces nos sentiríamos como los dioses que crean y conservan la vida a partir del movimiento en espiral dado un rectángulo áureo.

 



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