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Octubre 2007

 

 

Los caminos de la sensualidad en el Tantra

Pierre Bédard

Antes de caminar por la vía sensorial hacia el Tantra, eliminemos primero algunos prejuicios que manchan con demasiada frecuencia la vía sensual. La dimensión corporal del Tantra no es: 

  • Una terapia

La terapia tiene como objetivo resolver disfunciones con respecto a criterios establecidos por la sociedad o por el individuo mismo, relacionadas en su mayoría con nociones de habilidad. Ahora bien, el tantrika vive según sus propios criterios o a veces en virtud de aquellos establecidos por la tradición de su vía; por lo tanto no sabría sentirse inadecuado. 

  • Un camino sensualista autónomo

Por el contrario, esta vía no es más que la rama sensual de la inmensa vía tántrica, que no ha cortado del tronco que la generó ningún sentido ni vía espiritual propia. 

  • Un camino fantasioso o de abuso

Siglos antes de la aparición del “feminismo”, el Tantra ya había entronizado a las mujeres como iniciadoras esenciales y esta función ha permanecido desde entonces.

Habiendo eliminado estos prejuicios, producto más bien de la ignorancia y la moral (dos caras de la misma moneda) que de una mala voluntad, volvamos al meollo del asunto.  
En la dinámica tántrica de la vía sensual, tres factores principales explican la existencia y la permanencia. 

  •  Emana de raíces provenientes del neolítico profundo, época anterior a la sublimación y al concepto de paternidad, ahí donde la experiencia estaba todavía presente en las diversas doctrinas abstractas. La única magia conocida en ese entonces era la reproducción y ésta emanaba dioses. Las sensaciones eran entonces potencialmente creadoras de nobles realidades, los éxtasis y sus placeres constituían así un objeto de asombro, de experimentación y de búsqueda espiritual o psíquica. 
  • Es un esoterismo (y de hecho el más frecuente de ellos), y constituye en este sentido una emanación arquetípica presente en todo tiempo en cada ser de la especie, pudiendo así ser despertado en todos.
  • Siendo de la naturaleza del esoterismo, implica un juego sobre las moralidades con el fin de liberarlas de su función de tentáculos de control social. Del mismo modo, las libera de su muy reductora función de frustración inductora de producción/consumo con el fin de permitirles regresar a su fuente de compasión. Después de todo, ¿no es la moral la hija idiota e histérica producto de la unión contra natura entre poder y compasión? 

Por lo tanto, esta vía no forma parte de ninguna civilización o cultura particular, es más bien la trama sobre la cual éstas se diseñan, viven y mueren. 
Para comprender la función, el significado y los símbolos de las diversas sensualidades en la espiritualidad en general y en el Tantra en particular, no debemos ver hacia el lado de la pasión como nos lo enseñó la revolución sexual de los años sesentas, sino más bien hacia la metafísica. 
¿Qué es fundamentalmente un ser humano? Evidentemente un híbrido inestable en cuanto mortal entre un mamífero inquieto y carnívoro y una voluntad a veces actualizada de trascendencia (los creyentes dirían un alma). Al interior de esta improbable pareja simbólica, la dimensión mamífera sostiene la función femenina. Ella asume entonces, en función de su especificidad particular, la responsabilidad de desplegar toda la sensualidad requerida para fascinar a la conciencia con el fin de ulteriormente entrar en fusión con ella. Es por ello que en Tantra la mujer siempre juega el papel de iniciadora. 
Mientras tanto, la conciencia desea simbólicamente investir los sentidos, los cuales son testigos de una densidad específica del mundo que ella necesita para autoconstruirse. Por lo tanto, es totalmente dependiente, para su supervivencia, de la experiencia sensorial en todos sus aspectos. 
La gran obra consistirá, evidentemente, en presentar el uno al otro los dos aspectos de nosotros mismos, conducirlos a la unión y verlos finalmente fusionarse. Esta experiencia generalmente se denomina iluminación y, a priori, no hace referencia a nadie ni a nada que no sea uno mismo. 
En este matrimonio como, de hecho, en cualquier otro, ¿cuánto duraría una pareja en el que la mujer tuviera la nariz tapada, comiera solo tofu sin condimento, llevara todo el tiempo tapones en los oídos, viera el mundo en blanco y negro y fuera refractaria al contacto? Y sin embargo, es lo que esperaban de nosotros muchas verdades de pacotilla a través de nuestros diversos siglos de errar. Evidentemente el despliege sensual, sin ser la única función del cuerpo, forma generalmente el cemento y el medio esencial de relación con lo vivo en general, con la propia encarnación en particular y por lo tanto con los dioses y los espíritus. 
Esto se explica además por el hecho de que la iluminación, objetivo último de toda búsqueda, exige una comunión y una focalización de las diferentes fuentes de éxtasis de las cuales la meditación y el orgasmo son las dos representantes esenciales. Cuando éstas entran en conflicto, todo proceso de liberación se encuentra de inmediato suspendido si no eliminado de la vida del individuo.
Sin duda es esto por lo que toda gran convicción pierde su alma el día preciso en que rompe con la relación positiva con los sentidos y se vuelve contra ellos. Esto explica por qué lo primero sobre lo que se concentran los monoteísmos diabólicos consiste en castrar a las mujeres de su función con el fin de evitar la fusión autónoma y así proteger sus poderes. En esto se resume el mal que opone el cristianismo a su compasión en el momento de la reforma puritana del siglo XV, cuyas muchas consecuencias todavía pesan sobre nosotros. 
Esta decadencia no pertenece sólo a Occidente. En un mundo muy diferente al nuestro, el gran “reformador” del budismo tibetano, el célebre monje Tsong Ka Pa, confiesa al final de su vida haber retrasado la liberación de muchos monjes y la suya propia al imponer a su comunidad la castidad y diversas otras ascesis monásticas. Un movimiento tal no es más que histórico y antiguo, vemos de la misma manera, en este momento cómo el Islam, único verdadero monoteísmo, se disloca ante nuestro ojos.
El método tántrico se encuentra, por su naturaleza misma, protegido de tal degradación. En efecto, es un método y nada más. Y por lo tanto no hay que tratar de buscarle una moral, una filosofía o una finalidad. Todo método es una caja de herramientas y como tal, puesto que tiene la misión de manifestarnos como budas, debe contener muy poderosos instrumentos. Ahora bien, ¿qué hay de más poderoso en nuestra experiencia inmediata que los sentidos? El Tantra, por lo tanto, hará uso de éstos al mismo tiempo con ciencia y arte.

EL FUNCIONAMIENTO SENSORIAL
Para explicar su funcionamiento, volvamos por un instante al quisquilloso rigor científico. El mundo emite vibraciones continuas a todas y cada una de las frecuencias disponibles. Cada uno de nuestros sentidos percibe una familia muy limitada de estas impulsiones vibratorias y una sola. Así, a pesar de la mejor voluntad del mundo, el conjunto de nuestras aprehensiones sigue siendo profundamente fragmentario. Entonces nuestro espíritu, siempre a la caza de una visión de conjunto, tiene que imaginar las frecuencias faltantes (es decir, no perceptibles) para hacerse una imagen global de lo que llamamos “el mundo” y que de esa manera se convierte en nuestro mundo. Es precisamente aquí, en este espacio imaginado, que nos convertimos en creadores. Según la forma y el clima que demos a esta creación, seremos víctimas socialmente integradas o deidades. En este punto preciso reside el secreto de la autocreación. Sin embargo, ésta debe siempre ocurrir en una permanente presencia en el marco percibido por los sentidos, sin el cual todo el camino corre el rápido riesgo de naufragar en la psicosis.
Veamos entonces cuáles son las columnas sensorialdes del templo de nuestra presencia en el mundo y por lo tanto del mandala de nuestra liberación. 
Circulando de abajo hacia arriba a través de nuestras cavidades/chakras no podemos dejar de notar cómo

  •  Nuestro olfato aprehende diversas partículas poliaromáticas y las prepara de tal manera en nuestro espíritu que ellas sirven, como ha sido cien veces demostrado, como detonadores y alimento de nuestra libido, briéndonos de esta manera una puerta privilegiada hacia nosotros mismos y “el otro". Para estimular plenamente este sentido a cumplir su función deberíamos habituarlo progresivamente a reconocer los olores esenciales de lo vivo, incluyendo los del cuerpo o incluso los de la putrefacción como experiencias válidas en sí y para nada diferentes de la aprehensión de Chanel o de cualquier fragancia. 
  •  En el ciclo de nuestra evolución, otras partículas más densas se ofrecerían muy pronto a nuestro paladar y nos sugerirían de qué manera el mundo deseaba ser devorado por nosotros. Sepamos apreciarlo más allá de las modas anoréxicas. Además, aprendamos a reconocer y a apreciar el gusto siempre presente cuando no tenemos nada en la boca como siendo nuestro gusto, es decir el de nuestra encarnación. 
  •  El sonido y el uso que nosotros hacemos de él no tiene tanto la finalidad de aprehender el testimonio de realidades objetivas y diferenciadas como de sentir un ambiente frecuentemente de naturaleza emocional. Esto explica además, por qué este sentido, generalmente asociado al corazón y por lo tanto a la cavidad toráxica es guardián de la compasión pues no sabe discriminar. Con el fin de desarrollarlo en toda su potencia y desentrañar las sutiles magias, podríamos utilizar cada día, algunos minutos para discernir, al límite de la audición, el sonido más tenue y el más alejado. Gracias a este ejercicio, observaremos muy pronto desarrollarse en nosotros diversas pulsiones inteligentes de ayuda, las cuales servirán para encauzar las derivas emocionales. 
  •  Por una aparente reacción contra la apertura indiferenciada del ojo, nuestra percepción de un número muy limitado de emisiones en el espectro denominado visual se asemeja a una carrera desenfrenada hacia una agudeza siempre mayor. Esencia misma de nuestro poder analítico, esta aprehensión de una ínfima parte del universo de las altas vibraciones constituye el medio al interior del cual se casan lo analítico, lo psíquico y la intuición. Fascinante triángulo esencialmente basado en la tolerancia, estos sentidos nos guián con seguridad hacia las aprehensiones en el devenir de nuestra especie. El mejor medio de acelerar en nosotros este proceso consiste en observar lo más frecuentemente posible lo tenue, es decir, no lo que la luz nos revela sino más bien lo que nos esconde.
  •  

Alfa y omega del universo sensorial, el tacto era ya conocido por las ostras mientras lo vivo iniciaba su exploración del mundo. Este sentido continuará en vigor cuando, liberados, nosotros estemos más allá de las aprehensiones materiales del mundo, pero sentiremos/formaremos todavía su textura. Este sentido no percibe ninguna vibración particular, sirve más bien para aprehender al otro, ya sea de la misma especie, de otra o del conjunto del mundo. Este objeto contiene todas las texturas disponibles y la exploración aquí es casi infinita. Además, siendo testimonio de lo térmico, él sabe a cada instante el estado y grado de excitación de la materia alrededor de él. 
Tal es el marco y el contenido de nuestra autoafirmación en deidad. No obstante, no olvidemos jamás el proverbio chino según el cual la única parte útil de un vaso es el vacío en su sentido. Así, es en el silencio y a igual distancia entre los pilares de este templo sensual que se manifiesta la liberación. Este espacio puede presentarse ante nosotros de diferentes maneras. En el Tantra, en un nivel en apariencia más abstracto por más ajeno a nuestra cultura y sin embargo esencial a nuestra armonía interior, debemos reconocer cómo a cada instante nuestros sentidos se aman entre ellos, se atraen y frecuentemente se fusionan.

MATERIA Y CONCIENCIA = ORGASMO
Así, sucede a veces, cuando no ponemos demasidos obstáculos, verlos celebrar su unión bajo la forma de una poderosa experiencia conocida generalmente como orgasmo. La multiplicidad de las funciones de esta forma de éxtasis es inaudita. Esto se explica por el hecho de que constituye, según nuestra percepción, una interface entre materialidad y conciencia, formando así el único lugar donde éstos pueden tomar su identidad profunda a pesar de las ligeras variantes de estilos de manifestación (nuevamente un poco en el fondo como un hombre y una mujer en seducción y después en unión). 
En un nivel profano, el orgasmo es esencialmente medicinal, como lo demostró claramente Wilhelm Reich a mediados del siglo pasado. Esto da lugar en Occidente a una proliferación de escuelas y métodos paratántricos entre los cuales algunos son excelentes como precursores de la Gran Obra. Pero felizmente no toda experiencia es sólo medicinal y medible. El ambiente orgásmico emana igualmente de una perspectiva colectiva. Por medio de ella se reintegra sobre la vía sensual la dimensión de la compasión. Un ritual, sea cual sea, cuando es realizado por el bien de todos los seres beneficiará a cada uno de ellos. Entonces, ¿por qué detenerse en uno, dos o veinte compañeros, contabilizarlos y vanagloriarse o culparse mientras que el mundo en su totalidad es tan fundamentalmente abrazable y penetrable?
Así, el orgasmo es igualmente símbolo del regreso a la fusión, precursor de la finalidad de una vida, él corresponde así en todo punto a un poderoso arquetipo el cual, por los juegos del inconsciente colectivo y en la ausencia de toda resistencia mental, se puede compartir con todos, es por lo tanto el conjunto de la humanidad la que se beneficia con la experiencia. 
El orgasmo constituye también un modo de comunicación anterior al mental y, por lo tanto, precursor de relaciones con otros planos celebrando una relación de complementariedad con diversos espíritus, los cuales habrán sido con antelación debidamente convocados. Para permanecer en el espíritu de la compasión, por qué no recordar aquí esta práctica discreta y sagrada donde, habiendo convocado a los diversos espíritus a cada una de nuestras experiencias sensoriales, incluyendo las más sexuales, nos convertimos en la nariz, el paladar, los oídos, los ojos y la piel de estos invitados y les aseguramos así una forma de penetrar en nuestro mundo. 
En el nivel más espiritual, toda experiencia sensorial y singularmente el orgasmo puede constituir un código específico de relación con cada uno de los diversos dioses y otros “espíritus” que los acompañan y una plétora de comunicación entre ellos de la cual tienen mucha necesidad porque jamás nos damos suficiente cuenta de cuanto los dioses y los espíritus puros son especializados y por lo tanto solos en sus mundos. 
A la luz de lo anterior comprenderemos fácilmente cuán grande el error supremo sería atribuir estos tan poderosos éxtasis a un compañero, a una circunstancia o a algún marco institucional. A partir de entonces, el reconocimiento de uno mismo en tanto que deidad en vía de autorrealización sería perdido a cambio de un apego. Ahora bien, una deidad dependiente emocional o sexualmente es el peor de los absurdos. 
La conciencia es una imperialista y nosotros somos sus agentes; nuestras armas secretas son nuestros sentidos. Gracias a ellos nosotros aprehendemos diversas apariencias del mundo y les conferimos sacralización y sensación. Así muy pronto por nuestra acción y con la ayuda del método tántrico como de algunos otros, nuestro ambiente sabrá reconocerse a sí mismo, adquirir conciencia y fuerza y entonces cesará la alienante dualidad espíritu/materia. Sin nosotros, esta transmutación es imposible.

 

Una amplia y profunda exposición de las bases y alcances del Tantra la presenta Pierre Bédard en su libro Qué es el Tantra. Las vías sensuales son presentadas y valoradas en su libro Tantra y sensualidad.



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