“Quetzalcóatl”, un mito verdadero
Fernando Broca
Un mito viviente, un sacerdote tolteca, una deidad maya, un inventor, un astrólogo, un sanador, un hombre que recorrió una parte importante del México actual y llevó a cada sitio una enseñanza y una conciencia tan determinante que algunos pueblos lo convierten en arquetipo de sabiduría y prosperidad. Pero esto no es quizá todo, algunos piensan que él era mucho más: un maestro venido del mar (tal vez un atlante), una serpiente emplumada, “un dragón”, un ser venido de otro tiempo y hasta de otro lugar en el inmenso universo.
Es apasionante y mágico hablar de este ser que más allá de su origen transformó para siempre Mesoamérica y al mundo con su arte, con su simbolismo implícito, con su leyenda viva y cercana a todos los buscadores… a todos los que hoy seguimos siendo herederos de su enseñanza y guardianes de su linaje.
Sería muy complejo abarcar “todos los aspectos” de este gran personaje. Pensemos que pocas veces un nombre implica tiempos y espacios tan variados. Así que podríamos mirar esta vez tres diferentes perspectivas, con aumentos distintos y abrir nuevas ventanas para seguir conociendo al mito y a la verdad tan intrínsecamente mezclados que es difícil distinguir dónde empieza y dónde termina uno y otro.
CE ACATL TOPILTZIN QUETZALCÓATL
El sacerdote y rey legendario de Tula es, aun visto desde la perspectiva histórica, un misterio, ya que en la denominada “Saga de Quetzalcóatl” se habla de episodios muy concretos de su vida envueltos en pedazos de mitos zurcidos con magia y grandeza.
Es hijo de un guerrero chichimeca y de una mujer del Altiplano, quien con el sueño de ser un guerrero y un hombre prominente practica la penitencia y una basta espiritualidad. Llega a convertirse en el gobernante y fundador de Tula. Es un hijo devoto de la figura de su padre, lo cual provoca la ira de sus hermanos que buscan asesinarlo, mas con su destreza e intuición logra evitarlo para después acabar con ellos.
Para comprender los alcances de este sacerdote es importante observar su entorno, la magnifica Tollan (Tula), que floreció entre los años 850 y 1150. Ciudad magnifica con templos decorados con plumas y ornamentados con piedras y colores formidables, de gente culta y trabajadora. Los toltecas en este periodo eran sinónimo de artesanos y constructores talentosos y su arte fue uno de los más bellos de su tiempo, conocedores de las estrellas y de la armonía, de la música y la sanación. Es entre la cultura y el esplendor que Topiltzin gobierna amado y divinizado por sus conocimientos y sabiduría.
El fin llega cuando un demonio, después de seducirlo, logra que tome pulque y se acueste con su hermana. Luego, avergonzado, abandona la ciudad que construyó y que amaba para dirigirse al sur. Esto marca el fin de Tula. Pero otro punto en la escala de Ce Acatl, pues su recorrido con un pequeño grupo lo llevará por muchos sitios, quizá uno de los más lindos Chichen Itza… Después, narran las crónicas, se pierde en el mar, ocupando finalmente su lugar como estrella de la mañana, prometiendo volver.
QUETZALCÓATL, “LA SERPIENTE EMPLUMADA”
Es fascinante cómo los grandes maestros enseñan todo el tiempo, si uno les presta la debida atención, incluso con su cuerpo y su mirada, con su forma y su expresión. Es el caso del simbolismo en la serpiente emplumada. Para nuestros abuelos mexicanos la serpiente era un símbolo de cercanía con la tierra, de sabiduría y paciencia, de trasformación y cambio. Para ellos el cambio de piel de la serpiente constituía una muestra del renacimiento, pues eran capaces de dejar atrás su vieja coraza y seguir adelante nuevas y renacidas. Su paciencia y determinación en el ataque eran un testimonio de sabiduría, pues aquellos hombres sabían que todo llega a su debido tiempo y cuando llega se debe tener la determinación de tomarlo. Además, las formas de sus diseños y sus movimientos ondulantes eran y siguen siendo rítmicos, armoniosos, bellos.
La realidad es que la serpiente pierde este carácter cuando la iglesia la coloca como símbolo de pecado y del mal. Por otra parte tenemos las plumas, que pueden ser representación de dos especies: el águila y/o el quetzal. Ambas aves reúnen atributos poderosos y místicos. El águila representa la agudeza, la capacidad de mirar las cosas desde la conciencia en las alturas, el espíritu fuerte que lucha y alcanza, domina los aires y es libre. Puede viajar y aprender muchas cosas y vive cerca de los dioses. Por su parte el quetzal, que comparte la mayoría de estas características, es además profundamente bello y sus plumas eran símbolo de sabiduría y magia. Se le atribuía a esta ave la capacidad de sanar y el ser una enviada de los dioses.
Podemos tomar ambos símbolos y tendremos un ser que reúne la fuerza y la paciencia, la armonía y la libertad, que alcanza la conciencia y se mantiene sin embargo siempre pegado a la tierra. Posee ambas energías, pasiva y activa, yin y yang. Un símbolo de misticismo y renovación, de resurrección y de lucha, que se comunica con los dioses y enseña a los hombres. Una serpiente emplumada presente aún en el centro de nuestro símbolo mas fuerte…
QUETZALCÓATL, “EL LINAJE DE LA ORDEN ROJA”
Otra forma de acercarnos a la leyenda es mezclar lógica y magia en un acto completo de imaginación y posibilidades. La mayoría describe a Quetzalcóatl como un hombre distinto de tez blanca y barba, con conocimientos superiores a los de cualquier otro habitante del mundo conocido. Es posible que este hombre no viniera del mundo conocido, podría ser un Atlante que emigró hasta México o tal vez un hombre llegado del viejo mundo. Con certeza no lo sabemos, pero es simple pensar que él vivía en una conciencia superior, que tenía a su alcance métodos sorprendentes y que transformó el rostro y el alma de Mesoamérica. Por estas obras podríamos considerarlo como un maestro venido del mar… del mar del conocimiento y del mar eterno, del mar universal.
Otra cosa que desconcierta mucho a los investigadores es su longevidad. Por lo menos cuadruplicó la edad promedio de su tiempo. Es imposible que un sacerdote tolteca con los años de instrucción y la experiencia que requería para ostentar tan alto honor pudiera, llegado el momento, salir de Tollan y viajar por los actuales estados de Puebla, México, Morelos, Veracruz y llegar hasta la zona maya (Kukulcán). Esto considerando las distancias del pasado y lo inhóspito de viajes tan largos. Pero esto no es lo más sorprendente, lo que impacta, lo que hace simplemente fascinante es que en todos estos lugares fundó centros de enseñanza, que dirigió proyectos arquitectónicos, marcó cambios sociales y políticos, fundó ciudades y vivió en ellas por largos periodos de tiempo. Entonces podría ser que Quetzalcóatl no sea un hombre, sino más bien un título, un grado vinculado a un sacerdote de inmenso conocimiento y poder que antes de morir elegía entre sus discípulos a uno para que ocupara su cargo, su nombre y su poder. Éste, por supuesto, era un individuo sumamente consciente y de un espíritu puro, preparado desde muy chico para cumplir con tan gran encomienda. De esta manera podríamos encajar de forma relativamente simple un primer Quetzalcóatl y a partir del conocimiento de éste un linaje de seguidores que, dotados de una inmensa calidad moral, física e intelectual, se posesionaban de esta energía que se transfería alterando el campo energético del nuevo elegido e incrementando su conciencia y sus estados superiores que le permitían realizar proezas y milagros que mantenían a los seguidores pensando y creyendo que “el dios” era inmortal.
El legado de este linaje llega hasta nosotros envuelto en el misterio y el encantamiento de su iniciador. La Suprema Orden Roja de Quetzalcóatl es un testimonio vivo con un pasado tan antiguo como la Ciudad de los Dioses.
Probablemente el escudo mexicano nos recuerde algo: la serpiente material debe ser devorada por el águila libre que se posa en el mundo sin espinarse para que de la unión de ambas surja nuevamente Quetzalcóatl y con él la sabiduría y la espiritualidad que nos devuelvan el esplendor de aquellos tiempos donde se vivía entre el arte y la paz.
Bibliografía recomendada:
La flecha en el blanco. ,Miguel León-Portilla, .
|