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Junio 2010
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Magia y tradición
Enrique Rojas Gamboa
La magia forma parte de las ciencias tradicionales o, para decirlo de otro modo, es la aplicación en el mundo natural, tanto en su aspecto sutil o psíquico como burdo o corporal, de ciertos principios tradicionales como el de analogía o “ley de correspondencia”. Su objetivo es influir a un nivel externo en el mundo o a un nivel interno en la psique del propio operador. Y ya que su finalidad es eminentemente práctica, podemos decir que se trata de una ciencia experimental. Por ello su carácter no es propiamente espiritual, como sucede con el esoterismo puro, cuya área de estudio es la única que puede recibir con propiedad el nombre de metafísica en sentido estricto, es decir, aquello que está más allá de la naturaleza.
Sin embargo, al ser la magia una aplicación de los principios que animan todo esoterismo, tiene al igual que este último un carácter iniciático, razón por la cual la mayor parte de las organizaciones mágicas contemporáneas exigen de sus adherentes al menos el grado de maestría en la masonería.
La magia es esencialmente activa. Esto quiere decir que posee una actitud dinámica y eficaz, no pasiva o de abandono, como el misticismo. Al igual que éste último frente a la religión o exoterismo, la magia tiene una relación paralela y complementaria ante el esoterismo; pero así como no todas las personas religiosas son místicas, no todos los esoteristas son magos. Es más, en tradiciones como la china, la tibetana y la hindú, el ejercicio de la magia y de las prácticas adivinatorias, al menos como especialización, es dejado a los menos dotados intelectualmente para el conocimiento metafísico. Y aquí habría que mencionar que en la India, donde la tradición espiritual se conserva de manera completa y viva, se rechazan los poderes mágicos o trascendentales (siddhis) como un fin en sí mismos, considerándolos muchas veces un obstáculo en el camino espiritual; véase Yoga Sutras 3, 37.
La misma palabra “magia” nos habla del carácter de esta ciencia. El sustantivo griego mageia deriva del adjetivo magos, que reproduce el vocablo persa maga, “don, riqueza espiritual, gracia”. Herodoto (488-420 a.C.) dice que los magoi formaban la casta de los sacerdotes medos. Cicerón (106-43 a.C.) emplea el término latino magus para designar al sabio entre los persas. Todas estas palabras derivan de la raíz indoeuropea mak, que significa “grande, poderoso”. Así, un sabio puede ser llamado mago en el sentido de que su conocimiento le permite prevenir y modificar los acontecimientos externos y los estados mentales internos.
Las herramientas principales de la magia son la voluntad (activa) y la imaginación (pasiva). La voluntad es una de las principales facultades del ser humano, junto con la inteligencia y la sensibilidad, y se manifiesta como la capacidad de adherirse a lo Real, en su aspecto superior, así como por la disposición de alcanzar o poseer un bien sea éste abstracto (una virtud, un conocimiento) o concreto (un objeto, una actitud), en su aspecto inferior. La imaginación, que no debe confundirse con la fantasía, es la capacidad de evocar imágenes o de revestir una idea de una forma. Haciendo eco del simbolismo masónico, podríamos decir que el mago utiliza el martillo de la voluntad para incidir en el cincel de la imaginación con el fin de esculpir una obra, sea esta externa o interna (la Gran Obra).
Como dijimos anteriormente, al ser una ciencia tradicional, aunque secundaria y subordinada a la metafísica pura, la magia aplica en el orden contingente los principios metafísicos, en especial el de analogía o correspondencia entre los estados múltiples del ser (los llamados olamot, “mundos”, en la cábala), principio que fue expresado acertadamente en la Tabla de esmeralda, atribuida a Hermes Trimegisto: “Lo de abajo es igual a lo de arriba, para hacer de ello una sola cosa”. En otras palabras, el macrocosmos se refleja en el microcosmos, el todo en cada una de sus partes. La realidad espiritual se refleja en la sutil y ésta en la corporal, y aún dentro de la corporal se relacionan entre sí seres aparentemente disímiles como un planeta, un día de la semana, una nota musical, un aroma, un color, un animal, un vegetal, un metal y una gema. Por ejemplo, Marte, el planeta asociado con el conflicto y la guerra, se relaciona con el día martes, la nota Do, el olor de la canela, el color rojo, el lobo, la mostaza, el hierro y el rubí. Para asegurar una influencia positiva sobre una situación que involucre conflicto, el mago reúne el mayor número de elementos asociados con Marte. Con ese fin, los grimorios recomiendan para tener éxito en la guerra o en la diplomacia, elaborar y consagrar en un día martes y a la hora de Marte, un anillo de hierro con un rubí que lleve grabado la figura de un lobo.
Los estudiosos de la magia, los cuales podemos dividir en esoteristas y magos, por un lado, y académicos profanos (historiadores, antropólogos, psicólogos, sociólogos) por el otro, han propuesto diversas divisiones de esta ciencia. Entre los primeros destacan Tommaso Campanella (1568-1639), quien habla de magia divina, magia natural y magia diabólica; Francis Barrett2 (h. 1801), para quien la magia se divide en natural y ceremonial y P. V. Piobb (1874-1942), quien la clasifica en teurgia, alta magia y brujería. La magia divina o teurgia, del griego theos ergon “trabajo divino”, es aquella que pone al operador en relación con las potencias celestes para conocerlas o actuar sobre ellas. Dada su naturaleza, la teurgia se acerca al campo de lo espiritual y divino, trascendiendo el nivel de la magia natural. Según Jámblico,3 mediante la teurgia el hombre se eleva “por encima del ciclo del devenir” y llega hasta “los dioses inteligibles”. La magia natural se apoya únicamente en fuerzas y sucesos de la naturaleza sutil y corporal. La brujería es una magia degradada que ha perdido el carácter de ciencia y sus ritos han dejado de ser comprendidos, quedando reducidos a simples vestigios fragmentarios e informes, aunque pueden producir resultados efectivos; si su propósito es maléfico por sus fines y medios, es llamada diabólica. La magia ceremonial, conocida en ocasiones como alta magia, es aquella que comporta cierto despliegue de pompa, por lo que da énfasis a medios exteriores (decorados, instrumentos) y efectos visibles (apariciones, prodigios).
2 De este autor y mago inglés, cuya obra se nutre en realidad casi mayormente de los Tres libros de filosofía oculta de Henry Cornelius Agrippa, Editorial Yug ha publicado tres obras: El mago, Magia talismánica y Magia natural y la joya de la alquimia. (N.E.)
3 Jámblico de Calcis, filósofo neoplatónico sirio, muerto en 330, figura principal de la corriente mística del neoplatonismo, conocido por su obra Los misterios de los egipcios, en la que expone con gran detalle los órdenes, clases, naturaleza y atributos de las divinidades y los medios con que el hombre puede comunicarse y unirse con ellas (demiurgos, logos, genios, arcángeles, arkones, demonios, héroes, principados, de todas las religiones conocidas). Es notable su noción y descripción del estado que puede llamarse de inspiración, superior aun al éxtasis. Todas esas deidades son emanaciones del Primer Principio de todos los seres, la entidad más indeterminada que puede concebirse, de la cual siguen el mundo inteligible o los dioses intelectuales (similares a las ideas de Platón), el mundo intelectivo o los dioses suprasensibles (números pitagóricos), el mundo de las almas o dioses inmanentes y por último el mundo sensible. Opiniones distintas lo pintan como un hombre de gran sobriedad combinada extrañamente con entusiasmo y amor por lo maravilloso, y se sabe que se trasladó a Oriente, donde sus numerosos discípulos lo veían como a un oráculo y taumaturgo. (N. E.)
Muchos autores hablan de magia blanca y magia negra. La magia blanca es aquella basada en una tradición espiritual, que reconoce su jerarquía dentro de las ciencias tradicionales y opera con una finalidad positiva. La magia negra es antitradicional y antiespiritual, surge al margen de una tradición en abierta insubordinación a cualquier autoridad espiritual y opera con una finalidad negativa con el fin de someter toda la realidad circundante al poder del mago. Recurre con frecuencia a la evocación, absorción y manipulación de los residuos psíquicos resultantes de la disolución de entidades individuales o colectivas, como personas muertas o centros espirituales desaparecidos. Se identifica fácilmente porque busca dañar a otros y hace uso de materiales impuros o deleznables, como detritus. Ciertos autores, como Julius Evola (1898-1974), hablan además de magia roja, la cual utiliza la energía sexual como potenciador mágico.
Los académicos profanos, siguiendo al historiador inglés J. G. Frazer (1854-1941), hablan de “magia simpática” la cual puede a su vez ser “magia contagiosa” (un ser que estuvo en contacto con otro o una parte de un ser adquiere las características del segundo: la ropa o el cabello de una persona permite embrujarlo) o “magia imitativa u homeopática” (si existe un parecido entre un ser y otro ser, por lo tanto existe relación entre ambos y posibilidad de influencia: derramar agua sobre el suelo provocará la lluvia). Otros más agregan “magia antitética o alopática” (un ser es contrario de otro, por lo tanto puede ser usado para anularlo: un animal de sangre fría como la rana es atada a un enfermo de fiebre para curarlo) y “magia productora o creadora” (el mago no sólo usa cualidades existentes en los seres, sino que “crea” cualidades donde antes no existían: por el poder de su palabra otorga valor a un cobarde).
Desafortunadamente, los académicos profanos y muchos teóricos de la magia se equivocan en su valoración de la magia. Los primeros, de acuerdo nuevamente con Frazer, dicen que la magia es “un sistema espurio de leyes imaginarias” y agregan, con Sigmund Freud (1856-1939), que es producto de una neuropatía, de la creencia narcisista de “poder transformar el mundo sólo con las ideas”. Evidentemente estas conclusiones son producto de una mentalidad racionalista y cientificista que desprecia la magia y todo lo relacionado con ella. En cuanto a los segundos, quieren ver en la magia un camino espiritual independiente de toda tradición y creen descubrirla en todas las manifestaciones de las culturas tradicionales, aun en los ritos religiosos e iniciáticos. Podemos decir que su error es caer en un pan-magismo. Por esa razón, la lectura de los libros dedicados a la magia, ya sea que pertenezcan a una u otra tendencia, debe ser siempre cuidadosa.
Recomendamos:
Agrippa, Enrique Cornelio, Filosofía oculta, EditorialKier, Buenos Aires.
Crowley, Aleister, edit., Goecia. La clave menor del rey Salomón, Editorial Yug.
MacGregor Mathers, S. L., edit., El libro de la magia sagrada de Abramelín, Kier.
MacGregor Mathers, S. L., ed., La clave mayor del rey Salomón, Yug.
Raphael, Antiguo manuscrito de magia talismánica, Yug.
Del francés grammaire, “gramática”; escritos medievales de magia que originalmente funcionaban como documentos criptográficos, pero la mayoría terminaron siendo copias de fórmulas inexactas. Los dos más importantes y menos corrompidos son La clave mayor del rey Salomón y El libro de la magia sagrada de Abramelín, ambos traducidos por S. L. McGregor Mathers y fundamento de los rituales utilizados por las organizaciones mágicas contemporáneas. Aleister Crowley dio a conocer a su vez una pequeña obra conocida como La clave menor del rey Salomón o El Libro de los espíritus (publicada bajo el título de Goecia).
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