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Junio 2010
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Edúquelos con amor
Monique Muñiz
Los niños no nacen sabiendo cómo deben conducirse por la vida. Sin embargo, la semilla de todos los valores humanos, como la verdad, el amor, la honestidad, etcétera, está latente en sus corazones esperando ser regada para crecer y florecer. De hecho, los niños son flores en el jardín de Dios. Sai Baba, en su programa de Educación en Valores Humanos, recalca que no podemos impregnar una cosa con algo que no haya estado en ella previamente: no podemos impregnar con aroma a una flor que no tiene aroma. Esto quiere decir que la función de los padres, maestros y todos aquellos que tengan contacto con los niños, es ayudar a que dichos valores germinen y florezcan. Ahora bien, a estas alturas los adultos deberían ser flores pero, a causa de las deficiencias en su desarrollo y aprendizaje, a duras penas son plantas que necesitan podarse y liberarse de plagas (errores) para que alcancen su potencial. El problema consiste en que los niños están en manos de adultos deficientes en su desarrollo como seres humanos. Por eso, los adultos que estamos a cargo de la educación de los niños nos topamos con muchos obstáculos que impiden ejercer y disfrutar de tan encomiable tarea.
Fue bajo estas circunstancias y después de haber leído varios libros sobre pedagogía infantil, que encontré otro texto completamente diferente; sobre mi escritorio, silencioso y sin hacer aspavientos, estaba un ejemplar de Edúquelos con amor, de Becky A. Bailey, que inmediatamente captó mi atención. Mucho me sorprendió comprender que el secreto para educar a los niños no se encuentra fuera, sino adentro de mí. (Aunque esta verdad ya se volvió obvia, seguimos buscando donde hay más luz, no donde perdimos las llaves). Soy yo quien debe desarrollar siete habilidades básicas para convertir los conflictos en cooperación, soy yo quien debe desarrollar autocontrol antes de pedirle a un niño que se comporte y deje de hacer berrinche, soy yo quien debe mostrar empatía y aceptación antes de juzgar a un niño como mal educado o antipático, egoísta o intolerante. Me costó trabajo aceptar que en vez de reprocharme lo mal que lo estaba haciendo y dejar de compararme con lo bien que lo hacían los demás, debía empezar por aceptar de todo corazón que en verdad lo estaba haciendo lo mejor que podía, pero sin el enfoque adecuado. La mejor herramienta para educar es el ejemplo. Esto que se dice fácil constituye de hecho un gran reto: para ser educadores es necesario convertirnos en verdaderos seres humanos en toda la extensión de la palabra.
Entonces, para enseñar autocontrol que, curiosamente, es la esencia de las disciplinas espirituales, debemos desarrollar siete habilidades:
- El poder de la percepción: nadie puede hacerte enojar sin tu consentimiento.
Hay varios trucos para no enojarte: respirar profundamente, observar qué vas a decir y la forma en que lo vas a decir.
- El poder de la atención: aquello en lo que te concentras es en lo que más logras.
Significa que si lo que quiero es algo positivo, tengo que enfocarme en lo positivo. Por lo general destacamos negativamente las conductas equivocadas, por ejemplo, “no mastiques con la boca abierta”, “haces demasiado ruido”, etcétera. El enfoque positivo sería: “mastica con la boca cerrada”, “si masticas adecuadamente tu digestión es mejor”.
- El poder del libre albedrío: la única persona a quien puedes cambiar eres tú mismo.
Se dice que Dios puede hacer lo inimaginable, pero el corazón del hombre sólo lo puede transformar él mismo. Es increíble cuánta energía gastamos tratando de cambiar a los demás y cuánta ahorraríamos si nos diéramos cuenta de que nosotros mismos tenemos hábitos que urge que modifiquemos. Las personas cooperan más en un entorno amistoso que cuando las presionamos.
- El poder de la unidad: concéntrate en relacionarte en vez de tratar de ser especial.
Queremos que nuestros hijos destaquen, que sobresalgan y sean especiales, cuando en realidad todos somos especiales y a la vez formamos un todo con los demás. Al enseñar esta verdad unimos a los niños con los demás, en vez de aislarlos y exigirles que sean mejores que los demás.
- El poder del amor: ve lo mejor de cada persona.
Es una verdad inexorable que todos queremos lo mismo, es decir, ser felices. Todo lo que hacemos tiene esta finalidad, por lo que ver a los demás luchando por ser felices hace que los veamos de la mejor manera.
- El poder de la aceptación: este momento es como es.
A veces, por no decir casi siempre, las cosas son no como a mí me gustaría, sino como son. A lo mejor me gustaría estar haciendo otra cosa o estar en otro lugar o con otra persona, pero el aceptar que estoy en el mejor lugar y en el mejor momento hace que mi vida esté en paz, que yo esté en paz.
- El poder de la intención: el conflicto es una oportunidad de enseñar.
Si todo fluye en armonía hay que dejar que siga así, pero si sucede lo contrario y se desata el caos hay que aplicar el poder de la percepción (“nadie puede hecerme enojar”), buscar soluciones y practicar el poder de la aceptación (“así están las cosas, pero mis acciones puede hacer que mejoren”).
Como vemos, esto de educar con amor es un camino de transformación y de búsqueda del bien común: que todos los seres tengan paz y felicidad. A lo mejor sonará como una meta lejana en un mundo caótico, pero también es una meta al alcance del que hace el camino al andar. Yo veo cada día como una oportunidad de poner en práctica estos siete pasos y me emociono cuando lo logro y veo que sí funcionan.
Recomiendo ampliamente las revistas “Educación Sai”, que contienen artículos para maestros, padres y niños.
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