REFLEXIONES DE UN BUSCADOR
Sobre la muerte
Victoria Bazaine
Para Juan, si aún es y está.
¿Quién dice que la vida sigue? ¿Quién que el mundo gira a pesar de todo? Parece que no… El mundo sí se detiene o corre más despacio, la vida no es la misma, no hay tal normalidad. En la teoría de un caos ordenado es imposible apoyarse sobre la pasividad universal cuando una de sus partes se transforma o ausenta.
¡La muerte, la muerte! Quizá, sólo quizá, el recuerdo constante de su existencia sea hoy el más grande aliciente para vivir o entender lo que ello significa. Sus rondas malditas obligan a cuestionarse. Sin ella no tendría sentido.
Uno desearía que las lecciones llegaran con algo más de tacto. La apología tramposa de nuestra superioridad como especie y la exitosa venta de una afirmación cada vez más difícil de comprobar: el hecho de que tenemos dones como razón y voluntad nos llevan a ciertas verdades indiscutibles.
Cada golpazo de la vida corresponde seguramente a la metodología más efectiva para enseñarnos por el nivel espiritual que guarda esta raza. ¿Terrible? No del todo si consideran ¿cuánto de lo que ahora conocen y comprenden se ha fijado como tatuaje sólo a través del dolor? ¿Cuántas lágrimas habrán derramado para saber algo más de sí mismos?
Nunca antes me preocupó lo que ocurriera en el más allá. Las teorías sobre vidas posteriores, un mundo feliz, el juicio final, el cielo y el infierno me resultaban ridículas, más aún cuando llegaban a casa revistas ilustradas con changos y leones saltando felices en el campo con los ancianos en un colorido picnic que era el supuesto paraíso de una secta de cretinos… Sigo renuente a teorizar sobre el particular..
Después del encontronazo con la muerte sólo hay algo comprobable: el tránsito por la vida tiene un valor inmenso. ¿Cómo decidimos hacerlo? Mentira que uno se “reponga” al golpe; en estricto apego semántico no es posible volver a poner algo en su lugar. Sí se aprende a sobrevivir con lo que queda, a adaptarse, a fingir que no se ha perdido la razón. No hay tiempo suficiente para entender, se enferma el alma de duda.
Pero ¿por qué es tan dramático? Probablemente sólo por falsas creencias, fruto de herencias generacionales y claro, muy poca creatividad.
De niños por lo menos en una ocasión se nos forzó a presenciar el funeral de alguien que ni siquiera conocíamos. Los primeros recuerdos están irremediablemente torcidos por la torpeza de adultos que jamás explicaban qué había sucedido. Después, el círculo más cercano de buenas conciencias nos enseñó a entrar en pánico y desesperanza, a gritar como condenados. Convirtieron a la muerte en un suceso que sigue cierto protocolo aberrante y primitivo: el café con galletas, los invitados, el riguroso color negro, la exhibición del cadáver maquillado y enfundado en las mejores “garras”, la velación con toda una noche de conversaciones inútiles cuya finalidad es prolongar la angustia, medir la resistencia, reunir a la familia, criticar al vecino o, en el mejor de los casos, desahogarse y, por supuesto, el entierro donde nunca falta la escena de un clavadista amateur. ¿Qué acercamiento, reflexión y respeto hay en ese proceder? ¿Aprendimos algo con el tiempo?
Que lo sepan los piadosos y estúpidos: no hace falta un pésame, ni el llanto histérico, palmaditas mediocres, las preguntas o miradas morbosas. Tanta alharaca es pura basura consensuada. Hace falta silencio, discreción, compañía, invisibilidad. ¡Y que todos se vayan al demonio para permitirle al alma sufrir!
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