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FEBRERO 2010

 

 

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Numerología y aritmosofía

Enrique Rojas Gamboa

 


Porque Él me dio la ciencia verdadera de las cosas...
el ciclo de los años y la posición de las estrellas.

Sabiduría 7, 17-19

Antes de intentar definir qué son la numerología y la aritmosofía, es necesario hablar acerca del concepto de número.

LOS NÚMEROS


A tono con las tendencias irracionalistas de la filosofía actual, muchos pensadores contemporáneos afirman que no se puede definir realmente lo que son los números; cuando más señalan que se trata de entidades matemáticas, como las figuras, y que son una noción primera, una síntesis, según Piaget, de la seriación y la inclusión. Para otros el número es tan sólo una convención susceptible de recibir diversas operaciones.
Desde el punto de vista tradicional, en cambio, los números son Ideas, arquetipos, esencias o principios universales que modelan el conocimiento y el mundo. Así, la escuela pitagórico-platónica distinguía tres tipos de números: a) los sensibles, herramientas de cálculo, b) los matemáticos, cantidades que sirven para efectuar operaciones formales, y c) los inteligibles, los números como principios universales (La República, VIII, 526). Las letras también son vistas en esta perspectiva, sobre todo en las tradiciones cuyos números se representan por letras, como el judaísmo y el islam. Esa es la razón de que se hable de una “ciencia de los números” (la expresión se encuentra en Platón, La República VII, 522) y de una “ciencia de las letras” (expresión tomada del esoterismo islámico) e incluso de una “ciencia de los nombres”.

La ciencia de los números


La palabra numerología es un barbarismo, es decir, un vocablo impropio, pues está formada por dos raíces de distinto origen, el latín numerus, número y el griego logos, estudio. Su uso es reciente, no más allá de la segunda mitad del siglo XIX, cuando comenzó en Francia el movimiento ocultista impulsado por Eliphas Levi. La mayoría de los autores modernos que escriben sobre numerología simplemente la definen como “ciencia de los números” sin explicar nada más y pasan de inmediato a describir sus alcances adivinatorios. Pocos autores ofrecen una definición más completa, como el francés Jean-Pol de Kersaint (Toda la numerología, Editorial Edaf), para quien es “el arte de determinar, por la transcripción de nombres y de fechas en cifras, el carácter, la personalidad y las aptitudes de cada uno”. Es evidente, sin embargo, que esta definición sólo abarca el aspecto utilitario de la ciencia de los números. En conclusión, el barbarismo del término, lo reciente de su aparición, su propósito meramente adivinatorio y su enfoque pragmático dejan ver el origen y horizonte en el que se sitúa la así llamada numerología.
Prueba de ello es que ningún autor moderno que escribe de numerología entiende por “ciencia de los números” lo que se considera tradicionalmente, es decir, el conjunto de conocimientos y técnicas basados en los números considerados como principios universales y su influencia en el cosmos y la vida humana. La verdadera ciencia de los números comprende la aritmosofía y la aritmomancia, así como diversas técnicas hermenéuticas como la guematría cabalística. La aritmosofía (del griego aritmos, número y sofos, sabiduría) es el estudio del simbolismo de los números y su papel como arquetipos; la “sabiduría de los números” se trata de una ciencia tradicional perteneciente al campo de la cosmología, por lo que está relacionada estrechamente con la astrología. La aritmomancia (aritmos, número y manteia, adivinación) estudia la influencia de dichos arquetipos en los diversos aspectos de la vida humana y establece ciclos que pueden ser estudiados hacia el pasado o hacia el futuro; es evidente que la “adivinación por los números” se trata de un arte mántico o adivinatorio.
A diferencia de la palabra numerología, el término aritmosofía es usado desde la antigüedad por el neopitagórico Nicómaco de Gerasa (siglo I) en su Introducción aritmética y por Plotino (siglo III) en su Éneada VI para distinguir la aritmología o ciencia exotérica de los números, de la aritmosofía o ciencia esotérica de los números.
La guematría (del griego gramatiké, arte de leer) es una de las tres técnicas hermenéuticas utilizadas por la cábala, el esoterismo judío, para descifrar la Torá. Consiste en explicar una palabra o grupo de palabras a partir del valor numérico de sus letras y compararla con otra del mismo valor. Por ejemplo, ahad (uno) que equivale a 13 corresponde a ahabah (amor) que también suma 13: la unidad implica amor y el amor unidad.

La aritmosofía o sabiduría de los números


La sabiduría antigua o tradicional estudia los principios universales y una de sus ramas, la cosmología, estudia la aplicación de dichos principios en el universo manifestado y en los seres animados e inanimados que existen en él, desde las estrellas hasta los minerales. Uno de esos principios es el de correspondencia o analogía: el universo entero tiene relación con cada una de sus partes y las partes del universo se relacionan entre sí. Este principio permite establecer equivalencias simbólicas o de simpatía entre dos dominios distintos, por ejemplo, Marte entre los planetas es equivalente al color rojo dentro de la escala cromática, al guerrero entre los diferentes tipos de seres humanos, a la sangre entre los fluidos corporales, al lobo entre los animales salvajes, al carnero entre los animales domésticos, a la ortiga entre las plantas y al hierro entre los minerales. Como esta correspondencia entre el universo y las partes que lo componen puede ser expresada en forma de números, Pitágoras llegó a decir que “la felicidad del alma consiste en la perfección de los números”.

La aritmomancia o adivinación por los números
La palabra adivinación viene del latín divinare, realizar algo divino y en un sentido amplio es el ejercicio de todas las funciones sacerdotales, las cuales se pueden resumir brevemente en tres: estudio o preservación del conocimiento tradicional, transmisión del mismo y efectuar ritos, pero en un sentido más restringido el término adivinación se utiliza como el conocimiento de una parte del futuro (precognición), del pasado (retrocognición), del presente distante (telestia) u oculto (criptestesia). Lo anterior explica entender por qué en los pueblos tradicionales la adivinación es ejercida generalmente por la casta sacerdotal, aunque no por todos los sacerdotes sino un grupo especializado.
Existen dos tipos de adivinación, una opera de manera inmediata o directa, por intuición, visión, sueño, impresión, presentimiento o simpatía. A este tipo de adivinación se le llama videncia. El otro tipo de adivinación opera de manera mediata o indirecta, es decir, se apoya en instrumentos como los hexagramas del I Ching, los cálculos astrológicos, las cartas del tarot, etcétera. A este tipo de adivinación se le llama mancia o mántica. Acerca de esta gran división dice Cicerón: "Hay dos especies de adivinación: una se debe al arte y la otra a la naturaleza" (De la adivinación, I, 6). Tres siglos antes Platón ya había señalado en Fedro o del amor (244 c) que el futuro se conoce por delirio (manía) inspirado por los dioses, como la pitonisa de Delfos, y que de manía deriva mantiké (adivinación). En esta obra Platón dice que otra forma de indagación del porvenir es hecha por hombres sin inspiración divina mediante técnicas como la observación del vuelo de los pájaros y otros signos; a esta le llama oinistiké, es decir, basada en augurios o signos de las aves (oionoi). Estos adivinos buscaban “con el auxilio del razonamiento, dar al pensamiento humano la inteligencia y el conocimiento”. Una forma tiene preeminencia sobre la otra: “Todo lo que la profecía [videncia]1 tiene de perfección y de dignidad sobre el arte augural [mancia], tanto respecto del nombre como respecto de la cosa, otro tanto el delirio, que viene de los dioses, es más noble que la sabiduría que viene de los hombres, y que los antiguos nos lo atestiguan”. En el mismo diálogo platónico leemos que hay cuatro tipos de delirio divino: el profético inspirado por Apolo, el iniciático (o “místico”) por Dionisos, el poético por las Musas y el amoroso o erótico por Afrodita y Eros (265 b). De la misma manera, se distinguen dos clases de delirio, el humano, que es resultado de una enfermedad, y el divino (265 a).

1 Acerca de la equivalencia de ambos términos, en I Sam 9, 9 se dice que vidente es el nombre antiguo de profeta.

Desde la más remota antigüedad, todos los pueblos sobre la Tierra han utilizado ambos tipos de adivinación, la videncia y la mancia, privilegiando la primera sobre la segunda. Incluso en algunos momentos la autoridad espiritual o el poder temporal han descalificado y aun prohibido el ejercicio de las mancias fuera de una transmisión sacerdotal regular. No sólo es el caso de los judíos (cfr. Lev 19, 31, Núm 23, 23 y Deut 18, 10-14, pasajes donde se condenan las mancias pero que deben compararse con otros donde se habla del uso del efod, como I Sam 14, 18; 24, 2-4 y I Re 22, 7), sino incluso de los romanos, entre los cuales la videncia o profecía estaba prácticamente ausente y cuyo primer emperador, Augusto, mandó quemar todos los libros proféticos excepto los sibilinos. Tanto el senado (212 a.C.) como el emperador Adriano (76-138), prohibieron la práctica de la adivinación fuera de la legalmente practicada por los arúspices, los magistrados y los pontífices.
La división entre ambas formas de adivinación no es tan tajante. Por una parte la videncia llega a utilizar ciertas técnicas, por ejemplo, la pitonisa de Delfos inducía el trance al sentarse sobre una grieta que arrojaba vapores sulfurosos y quienes consultaban el oráculo de Asclepio incubaban sueños proféticos durmiendo en el interior del templo; los profetas del antiguo Israel usaban el efod, una misteriosa cabeza parlante, así como el urim y el tumim, probablemente dos piedrecillas de color contrastante que se extraían de una pequeña bolsa después de hacer la pregunta e invocar a Dios: la blanca significaba sí y la negra no. Por otra parte, quienes operan una mancia idealmente deberían elevarse desde el medio utilizado hasta la pura intuición; es el caso del quiromántico, del astrólogo o del geomante.

Métodos
Sea que la llamemos aritmomancia o numerología, este tipo de mancia recurre a diversos métodos, entre los que destacan la reducción teosófica y la isopsefia.
La reducción teosófica es la conversión de un número formado por dos o más cifras a un número de una sola cifra mediante la suma de aquellas, por ejemplo, 23 se reduce a 5. La isopsefia (del griego isos, igual y psephion, cifra) es un procedimiento de equivalencia entre letras y números. Consiste en encontrar el sentido de una palabra o palabras a partir del valor numérico de las letras que la componen. Este valor puede estar en función del tamaño de la letra (en latín I=1, V=5, X=10, L=50, C=100, D=500, M=1000), del orden que ocupa dentro del alfabeto (a=1, b=2, c=3, etcétera) o de un orden particular establecido de antemano. Un isopsefo es el resultado de esta operación, por ejemplo, el nombre del dios gnóstico Abraxas es el isopsefo de 365.

Propósitos

La aritmomancia o numerología posee dos aspectos y, por lo tanto, dos tipos de aplicaciones, una psicológica y otra predictiva. Por un lado nos permite conocernos a nosotros mismos y a los demás, lo que de por sí es útil en el campo de las relaciones humanas, en lo familiar, lo amistoso, lo amoroso y lo laboral. Pensemos por un momento qué valiosa herramienta puede ser para elegir amistades, pareja, socios o trabajadores, o para saber cómo relacionarnos con una persona difícil que nos conviene tener de nuestro lado. Por otra parte también permite adelantar acontecimientos: si la vida humana sigue ciclos y esos ciclos están regidos por los números y los planetas, basta conocer esos ciclos para establecer cuándo se presentarán y, más importante aún, cómo aprovecharlos en nuestro beneficio. Eso nos permite ahorrar tiempo y esfuerzo, es decir, energía. Quien carece de una comprensión apropiada del momento en el que realiza una acción, desperdicia energía. La astrología posee los mismos aspectos y aplicaciones, pero requiere de cálculos complejos, mientras que en la aritmomancia o numerología sólo necesitamos saber la fecha de nacimiento y el valor numérico del nombre de la persona.

Por qué funciona

Si bien desde el punto de vista tradicional las diversas mancias funcionan simplemente como resultado de la interrelación que existe entre todos los aspectos de la manifestación universal, los estudios actuales sobre este tema remiten generalmente a las ideas de Jung. En el ámbito de la ciencia moderna fue Carl Gustav Jung, el principal discípulo de Freud, el primer pensador que se acercó a la astrología y a otras mancias. Al estudiar astrología se sorprendió por los conocimientos psicológicos de la antigüedad plasmados en dicha disciplina. Para explicar cómo funciona, Jung apeló no a un principio de causalidad (la posición de determinado planeta en determinado signo provoca tal cosa) sino a un principio de sincronía, en virtud del cual la simultaneidad actúa como un paralelismo entre dos fenómenos que no se puede demostrar que tengan algo en común. Por ejemplo, no es posible demostrar estadísticamente, decía Jung, si todas las personas que nacen con Marte en Escorpio son belicosas. Eso se debe a que el cuestionario de una serie estadística de investigación se circunscribe a fenómenos concretos, de manera que jamás llega a captar el entramado completo de las relaciones que aparecen en un horóscopo. La astrología pone de manifiesto una conexión que no es incuestionable estadísticamente, pero que se presenta con claridad para quienes son receptivos a ella. El propio Jung elaboraba el horóscopo de sus pacientes antes de iniciar su tratamiento psicológico.
Jung también destacó el papel de los mitos y dijo que en las figuras mitológicas se expresan determinadas estructuras del inconsciente que actúan en todas las personas. Las llamó “arquetipos del inconsciente colectivo”. De ahí que el mito sea el instrumento de la astrología y de la numerología.

Corrientes actuales de la numerología
A partir del fin de la Edad Media la tradición cristiana fue perdiendo paulatinamente su aspecto esotérico. Por esa razón no ha llegado hasta nosotros una aritmosofía cristiana completa, como sí ha sucedido con las tradiciones hindú, china, judía e islámica. Como dijimos, la numerología occidental es resultado de un esfuerzo de reconstrucción que se inició en el siglo XIX con la escuela ocultista francesa. Las principales fuentes para dicha reconstrucción fueron el hermetismo y la cábala. El gran renovador de la numerología fue el irlandés Cheiro (1866-1936), quien aún adolescente viajó a Bombay, donde un sabio hindú le enseñó numerología, astrología y quiromancia. Dos años después regresó a Londres y después vivió en Los Ángeles, lugares donde lo consultaron los famosos de su época, como los escritores Mark Twain y Oscar Wilde, la actriz Sarah Bernhardt, el inventor Thomas Alva Edison y reyes ingleses. En la actualidad todos los libros de numerología occidental se basan en el método de Cheiro, pero él nunca dejó de reconocer la importancia de la numerología hindú en su trabajo.

Limitantes
Cada una de las mancias posee sus ventajas y limitantes. Por ejemplo, la fisiognomía occidental pone en evidencia características psicológicas ocultas, pero es poco descriptiva. En comparación, la fisiognomía china es psicológicamente menos profunda, pero sumamente precisa al establecer acontecimientos futuros. Algo similar sucede con la astrología: la occidental, sobre todo a partir de 1950, se ocupa más de lo psicológico y, hasta podríamos decir, con orientación junguiana; en cambio la hindú se interesa más por el impacto de las acciones pasadas y por encontrar los momentos más auspiciosos para emprender tal o cual acción. Con la numerología sucede lo contrario: la hindú describe con exactitud los rasgos de la esencia y la personalidad humanas, pero debe ser complementada en el aspecto predictivo por la numerología occidental. Juntas proporcionan una herramienta invaluable, comparable solamente con la astrología, pero ésta requiere de cálculos complejos o del auxilio de una computadora. En cambio únicamente requiere de conocer la fecha de nacimiento y el nombre de la persona o entidad social.

 

 

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