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EL BUSCADOR

 

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Febrero 2008

 

 

La máquina parlante


Marcel Schwob

El hombre que entró con un periódico en la mano tenía los rasgos móviles y la mirada fija. Recuerdo que estaba pálido y arrugado, que no lo vi sonreir ni una sola vez y que su manera de llevar el dedo a los labios estaba llena de misterio. Sin embargo, lo primero que llamaba la atención era el tono apagado y rápido de su voz. Cuando sus palabras eran lentas y bajas se oían tonos graves en esa voz junto a repentinos y vibrantes silencios, como lejanas armonías estremecidas al unísono, pero por lo común las palabras se amontonaban en sus labios y brotaban sordas, entrecortadas y disonantes como ruidos de algo resquebrajándose. Parecía que hubiera en él cuerdas rompiéndose continuamente. En sus voz habían desaparecido todas las entonaciones y no se percibían los matices, como si fuera una voz prodigiosamente vieja y usada.
Sin embargo, ese visitante, al que yo nunca había visto, se dirigió a mí y me dijo:
—Usted escribió estas líneas, ¿no es así?
Y me leyó:
—“La voz es el signo aéreo del pensamiento y por tanto es el alma que instruye, predica, exhorta, clama, alaba y ama, aquello por lo cual se manifiesta el ser en la vida, casi tangible a los ciegos, imposible de describir porque es demasiado cambiante y variada, demasiado viva y encarnada en demasiadas formas sonoras, la voz que Théophile Gautier renunció a definir con palabras porque no es ni dulce ni seca, caliente ni helada, incolora ni coloreada sino un poco de todo eso en otro espacio, la voz que no se puede tocar, que no puede mirarse, lo más inmaterial de todo lo terreno, lo más parecido a un espíritu, y al pasar la ciencia la ensarta con un estilete para hundirla en los pequeños agujeros de un cilindro que da vueltas”.
Cuando terminó sus palabras en tumulto, que no habían traído a mis oídos sino un sonido opaco, el hombre bailó sobre una pierna, luego sobre la otra y sin abrir la boca lanzó una carcajada que era como un crujido. Dijo:
—La ciencia, la voz... Más adelante escribió: “Un gran poeta enseñó que la palabra no se puede perder porque es movimiento, porque es poderosa y creadora y porque tal vez sus vibraciones hagan emerger otros universos en los confines del mundo, estrellas acuáticas o volcanes, soles nuevos en combustión”. Y ambos sabemos, ¿no es así?, que Platón, mucho antes que Poe, vaticinó el poder de la palabra. “La voz no es sólo un golpe en el aire, pues el dedo si se agita puede golpear el aire pero nunca podrá hacer brotar la voz”. Sabemos también que un día del mes de diciembre de 1890, en el aniversario de la muerte de Robert Browning, se escuchó en Edison House cómo salía del féretro de un fonógrafo la voz viva del poeta y que las ondas sonoras en el aire pueden resucitarla para siempre. Ustedes son sabios y poetas, saben imaginar, conservar e incluso resucitar, pero desconocen lo que es la creación.
Miré a ese hombre con lástima. Una arruga profunda le recorría la frente desde la base del cabello hasta la raíz de la nariz. La locura parecía erizarle los cabellos e iluminarle los globos de los ojos. El aspecto de su rostro era triunfal, como el de los que se creen emperador, papa o Dios y desprecian a quienes ignoran su grandeza.
—Sí —prosiguió el hombre y su voz se apagaba a medida que pretendía hacerse más fuerte—, usted ha escrito todo lo que saben los demás y la mayor parte de las cosas que son capaces de soñar... pero yo soy más grande. Si Poe no estaba equivocado, yo puedo crear mundos en rotación y esferas inflamadas y ruidosas con el sonido de una materia que no tiene alma. He sobrepasado a Lucifer porque puedo obligar a blasfemar a las cosas inorgánicas. Por obra de mi voluntad, día y noche, pieles que estuvieron vivas y metales que acaso todavía no lo estén profieren palabras inanimadas. Y si es verdad que la voz crea universos en el espacio, los que yo hago surgir son mundos que han muerto antes de haber vivido. En mi casa yace un Behemot que muge a un ademán de mi mano: inventé una máquina parlante.
El hombre fue hacia la puerta y yo lo seguí. Atravesamos calles frecuentadas y calles tumultuosas; llegamos por último a los suburbios cuando las farolas de gas se iban encendiendo sucesivamente tras de nosotros. El hombre se detuvo ante la poterna baja de un muro renegrido y corrió un cerrojo. Entramos a un patio silencioso y oscuro y el corazón se me llenó de angustia porque oía gemidos, gritos chirriantes y palabras silabizadas que semejaban bramidos provenientes de un gaznate abierto. Las palabras no tenían ningún acento o textura, igual que la voz de mi guía, por lo que no pude reconocer ningún matiz humano en aquel crecimiento desmedido de sonidos vocales.
El hombre me llevó a una sala que no pude ver por lo terrible que me pareció debido al monstruo que se alzaba en ella. En el centro estaba, alta hasta el techo, una garganta gigantesca, distendida y de color parduzco, con pliegues de piel negra que colgaban y se henchían, un soplo de tempestad subterránea y dos enormes labios temblando en lo más alto. Entre rechinidos de ruedas y gritos de alambres, se veían estremecer aquellos montones de cuero y los gigantescos labios se abrían y cerraban vacilantes. En el rojo fondo del abismo abierto se agitaba un enorme lóbulo carnoso, se alzaba, se movía extendiéndose arriba y abajo, a derecha e izquierda. En la máquina estallaba una ráfaga de viento seco y brotaban palabras articuladas pronunciadas por una voz más allá de lo humano. Las explosiones de las consonantes eran terribles, ya que la p y la b, parecidas a la v, se escapaban directamente a ras de las orillas de los labios, hinchados y negros. Parecía que nacían ante nuestros ojos. La d y la t se lanzaban por debajo de la hoscal masa superior de cuero cuando retrocedía y la r, preparada con mucha lentitud, se arrastraba de modo siniestro. Las vocales, bruscamente alteradas, caían del gaznate abierto como sonidos de trompa. El tartamudeo de la s y de la ch sobrepasaba el horro de cualquier mutilación prodigiosa.
—Ésta es —me dijo el hombre mientras ponía la mano en el hombro de una mujercita flaca, contrahecha y nerviosa— el alma que hace mover el teclado de la máquina. Ella ejecuta fragmentos de palabra humana en mi piano. La he educado en la admiración de mi voluntad; sus notas son tartamudeos, sus gamas y ejercicios son el ba be bi bo bu de la escueloa, sus estudios son las fábulas que yo compongo, sus fugas, mis piezas líricas y mis poemas, y sus sinfonías son mis filosofías blasfemas. Vea usted las teclas que en su alfabeto silábico llevan todos los signos miserables del pensamiento humano en tres filas paralelas. Sin que intervenga el infierno produzco a un mismo tiempo la tesis y la antítesis de las verdades del hombre y de su Dios.
Colocó a la mujercita en el teclado en la parte trasera de la máquina.
—Escuche— dijo con su apagada voz.
Los fuelles se pusieron en movimiento bajo los pedales, los pliegues que colgaban de la garganta se hincharon, los labios monstruosos se estremecerieron y se abrieron, la lengua trabajó e hizo explosión el mugido de la palabra articulada:
En el principio era el Ver-bo
aulló la máquina.
—Eso es mentira —dijo el hombre—, es la mentira de los libros que llaman sagrados. He estudiado durante años y años, he abierto gargantas en las salas de disección, he oído voces, gritos, llantos, sollozos y sermones, los he medido metódicamente, los he sacado de mí mismo y de los demás, he roto mi propia voz en el esfuerzo y he vivido tanto con mi máquina que hablo sin matices, como habla ella, porque el matiz le pertenece al alma y la he perdido. Ésta es la verdad y la palabra nueva —gritó con toda la potencia de su voz, pero la frase sonó como un murmullo ronco—. La máquina va a decir:
Yo he creado el Verbo.
Y bajo los pedales los fuelles iniciaron el movimiento, los pliegues que colgaban de la garganta se hincharon, los monstruosos labios se estremecieron al abrirse, la lengua trabajó y la palabra explotó en un monstruoso tartamudeo:
Ver-bo, Ver-bo, Ver-bo.
Hubo un desgarramiento extraordinario, un crujido de ruedas, una caída de la garganta, un completo resecarse de los cueros y un fuerte estallido del aire se llevó en pedazos las teclas de las sílabas, y yo no pude saber si la máquina se había negado a blasfemar o si la ejecutante de las palabras había introducido un principio de destrucción en el mecanismo, pues la mujercita contrahecha había desaparecido y el hombre, cuyas arrugas atravesaban la cara totalmente tensa, agitaba los dedos con furia ante su boca muda porque había perdido la voz definitivamente.

 

 



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