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ENERO 2010
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Tercera vía: Santa Realeza Mágica
Para la mayoría de las personas, la figura de los llamados Reyes Magos corresponde al ámbito de la leyenda y por ende, no reviste apenas significación fuera de su carácter pintoresco, motivo de incontables composiciones desde la Edad Media y particularmente en los periodos renacentista y barroco. Circunstancia digna de atención pues permite reconocer, más allá de un interés estético, la riqueza del simbolismo que tales personajes entrañan.
Aunque suele ponerse en tela de juicio o negar rotundamente la historicidad del episodio de los magos en virtud de que la única mención del mismo la hace el texto evangélico atribuido a San Mateo, la tradición no sólo afirma su existencia sino que, además, recalca en ellos la categoría de precursores de la cristiandad, pues fueron ellos los primeros hombres no judíos para quienes Jesús merece adoración como el Salvador del mundo. Más aún, desde el momento en que, provenientes de lejanas tierras, acudieron a Belén para adorar al Hijo de María, no hubo ya pueblo “elegido” sobre la faz del planeta; todas las naciones pasaron a ser el pueblo de Dios. Así, este hecho representa dos cruciales acontecimientos, dos “fiestas de luz”: el nacimiento de Dios hecho hombre(Navidad) y la manifestación de Jesús a todos los hombres (Epifanía).
El nombre de Santa Realeza Mágica ha sido dado a esta vía gracias a la grandeza y ejemplaridad de los reyes magos, y su desarrollo se inspira en dos referencias evangélicas. La primera la de san Lucas, que muestra no sólo la venida de Jesús a este mundo en un contexto histórico y espiritual sino el hecho de que unos pastores hayan sido los primeros hombres a los que se anunció su nacimiento, hombres de campo que no eran de ningún modo “gentiles” ni poderosos, antes bien personas humildes y sencillas que convierten la adoración al recién nacido en un encuentro íntimo, familiar, donde la sencillez humaniza y la humildad engrandece. Y la segunda, la de San Mateo, cuyo mensaje gira en torno a la adoración del niño Jesús por parte de un grupo de magos, hombres poderosos y sabios que perteneciendo al mundo pagano reconocen a Cristo como el Rey de Reyes. Ambas lecturas resaltan un aspecto del misterio de la Revelación espiritual: la búsqueda de Dios. Dos mensajes simbolizan la vía de la espiritualidad desde dos perspectivas: la de Lucas, que revela cuál es el camino de la cristiandad, y la de Mateo, que revela por qué Jesús es el Mesías.
Con relación a la ayuda de los ángeles para que los pastores conocieran la “buena nueva”, vemos que estas creaturas incorpóreas facilitan al hombre un primer acercamiento, siempre necesario, a las realidades metafísicas. En su misión de mensajeros, los ángeles no sólo actuaron como guardianes y guías sino también cumplieron otras significativas funciones: la contemplación, la alabanza, la glorificación del Todopoderoso y el orden del mundo invisible.
El Evangelio de san Mateo agrega el concepto de la Epifanía en el capítulo 2. En ese conciso pero profundo relato se advierten siete elementos fundamentales que configuran el retrato simbólico de los misteriosos personajes: su inequívoca condición de magos, su procedencia de Oriente, la estrella que los guía hasta Belén, el largo viaje o camino emprendido para encontrar al niño y los tres regalos que le hacen: oro, incienso y mirra. Siete realidades que son, al mismo tiempo, siete símbolos y siete enseñanzas, un triple septenario que encierra la clave del mensaje.
Con las reservas del caso, no está de más señalar que toda reflexión sobre el simbolismo de la Santa Realeza Mágica carecería de sentido si no se le relaciona con una sola sabiduría que corresponde a la manifestación de Dios a todos los hombres. Así, Dios llama a todos los pueblos, de todas las razas, religiones y condición social, pero la llamada requiere respuesta: hay que salir de donde estamos e ir al Señor hasta encontrarlo en los brazos de María.
La tercera vía en este Oráculo supone una experiencia de búsqueda y transformación internas. Hay un vínculo profundo entre la fundamentación historiográfica –oral y escrita– y el simbolismo en sentido metafísico. La vía dorada adopta, como las otras dos, el carácter de camino simbólico que parte del plano material para llegar a la luz: la espiritualidad. En otras palabras, la búsqueda del pesebre significa el acceso al mundo espiritual manifestado en Jesús como recién nacido, el cual es el proceso de volverse niños que supone, también, volverse sabios.
La llegada de los Santos Reyes Magos por la noche a todas las casas, humildes o magníficas, para obsequiar a los más pequeños con algún presente es un juego de niños pero transfigurado en experiencia de alta magia, la magia del amor, inmejorable manera de acercarse familiarmente al misterio del nacimiento de Dios entre los hombres y, por ello mismo, de compartir la alegría del corazón que, así, renace en todos los corazones. La vía de la Santa Realeza Mágica es como un cristal de cuarzo con muchos prismas pero, independientemente desde cuál sea observado, siempre aporta una revelación trascendente y de valor universal.
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