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ENERO 2010
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El cuarto mago
Franluca
Como derivación del episodio epifánico relatado por el evangelista Mateo se desarrolló tardíamente una curiosa leyenda que habla del llamado “Cuarto mago”, que al mismo tiempo es el consultante de este oráculo;* misterioso personaje a quien se le identifica con el nombre, tal vez armenio, de Vagdarián y cuya principal atribución es la de una gran entereza, capaz de sobreponerse a cualquier problema o contrariedad aunque, al mismo tiempo, un tanto despistado por su exuberante imaginación.
Si los tres Reyes Magos representan, entre muchas otras cosas, las ciencias sagradas cultivadas en el antiguo mundo oriental (astrología, alquimia y oniromancia), este Cuarto Mago simbolizaría una cierta facultad contemplativa, a veces próxima al misticismo, pero más frecuentemente orientada hacia la ensoñación poética; de ahí que este mago se haya rezagado durante el viaje en pos de la estrella.
* En efecto, la carta del Cuarto Mago en este oráculo tiene como significados al derecho: el consultante, soledad, retraimiento voluntario y el carácter animoso e inquebrantable, y como significados al revés: valerse de la imaginación para logar ciertos propósitos, ser engañado por las propias imágenes mentales creyendo que corresponden a una realidad, y sentirse desfallecer, consternado, desánimo, desaliento.
Al parecer, Vagdarián tenía tanta capacidad para visualizar sus pensamientos que lograba proyectarlos tridimensionalmente y, en más de una ocasión, resultó engañado por sus propias imágenes mentales, creyendo que correspondían a la realidad exterior. Así le sucedió cuando, siguiendo a la estrella junto con los otros magos, tuvo una visión “anticipada” del pequeño Jesús que le hizo perder las nociones espacio-temporales; inmerso por completo en una especie de arrobamiento extático del cual nada conseguía sacarlo, Melchor, Gaspar y Baltasar hubieron de proseguir el viaje sin él.
Dos días después, Vagdarián recobró la conciencia para percatarse de que se encontraba solo, en pleno desierto, sin rastro alguno de la estrella ni de sus compañeros. Completamente desorientado, habría muerto en aquella desolación pero, gracias a su carácter animoso e inquebrantable así como a su plena confianza en los designios divinos, logró llegar a Jerusalén donde, por cierto, le aguardaba una terrible sorpresa: la prisión.
En efecto, apenas llegado a la ciudad, Vagdarián solicitó entrevistarse con el rey Herodes, tal como lo hicieran los otros magos, ansioso por conocer los detalles sobre el nacimiento del “Rey de los judíos”. Para entonces, Herodes ya había dado la orden de matar a todos los niños nacidos en Belén durante los dos últimos años, pues los magos nunca regresaron a informarle acerca de su encuentro con el Mesías. Al no disimular su condición de extranjero –no judío– así como los propósitos que lo habían llevado hasta Jerusalén, Vagdarián se hizo sospechoso de complicidad con los otros magos y, tras someterlo a un ominoso interrogatorio, fue encarcelado.
Cuando Vagdarián advirtió que los carceleros se disputaban la posesión del precioso cáliz que él trajo consigo para obsequiárselo a Jesús, hubo de quebrantar, por única vez en su vida, el juramento sagrado de los Magos: no utilizar sus maravillosas facultades en beneficio personal. Valiéndose de una proyección imaginaria, hizo ver a los celadores el terrorífico destino de sus almas si no le devolvían el cáliz. Tal fue el miedo experimentado por los guardias, ante la visión del infierno, que no sólo le hicieron entrega de la copa sino, además, le permitieron escapar.
Según este relato legendario, acorde en todos sus elementos con el simbolismo tradicional, Vagdarián, luego de pasar por otras muchas vicisitudes, finalmente logró encontrarse en Egipto con el pequeño Jesús, quien ya daba los primeros pasos, y recibió de sus propias manos el preciado cáliz, claro está, el mismo que habría de utilizar en la Última Cena, el Santo Grial.
La historia del Cuarto Mago no aparece en los llamados evangelios apócrifos y posiblemente se haya originado en la temprana Edad Media, a partir de los escritos del monje benedictino Beda el Venerable (673-735).
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