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ENERO 09

 

 

El yoga, el mundo y lo divino

La perspectiva de la realidad última como una sola debería ser un conocimiento común. Debería ser fundamental debido a la implicación moral asociada con esta noción (si tú y yo somos uno no nos dañaremos uno al otro), pero también porque tanto la filosofía como la ciencia apuntan en esa dirección. En filosofía, una de las principales cuestiones es cómo es posible la percepción sensorial. La respuesta a esta pregunta lleva a lo siguiente: el proceso puede ser explicado por la física y la bioquímica (las ondas de luz y los procesos químicos en el cerebro), pero el instante preciso de la percepción es un misterio que no puede aclararse. La percepción nos revela el observador y lo observado como separados, pero la percepción es un “milagro” que es posible solamente si el observador y lo observado son uno. Ése es el significado de uno de las más grandes dichos del hinduismo: “Tú eres Eso”.
En ciencia, la teoría cuántica dice que el acto de observación afecta el experimento, así que la ciencia también apunta a la interdependencia del observador y lo observado. Y si cada observador es uno con lo observado se deduce que la realidad es una.
La pregunta sobre la unidad de todo o, más específica, sobre una unidad más limitada: que todos los seres humanos están básicamente unidos, era la única cuestión que angustiaba a mi época. Fue una espina en mi piel desde la guerra de 1973 entre Israel y los países árabes. Ardía en mi carne y alma desde que muchos jóvenes de ambos lados perdieron la vida en la guerra. Escuché que la filosofía es una búsqueda de sabiduría y que el yoga conducía a lo mismo. Me volqué hacia ambas y las practiqué diligentemente. De esa experiencia y el camino para alcanzarla, concerniente a la unidad de las personas, deseo relatarte.

Dejé mi país y deambulé borracho de cuerpo y alma en tierras extranjeras. Perdí a Dios en esa guerra. Un Dios en el que nunca creí y en el que, siendo un joven de una familia no religiosa, nunca pensé. Pienso que Dios nació para mí durante esa guerra, porque comencé a pensar en el significado de la vida y, por lo tanto, en Dios. Y el dolor en mi corazón clamaba –y la razón coincidía– en que si hay un poder superior, si hay un dios, ese poder debía ser malo. Comencé a escribir en pedazos de papel:
La gente se levanta en la mañana y dice buenos días
Yo me levanto en la mañana y maldigo al creador
Camino borracho en las aceras de Rotterdam, peleando con la gente
En las calles asusto a mujeres y niños
Como sobras de platos en restaurantes
Peco y disfruto el hecho de que he pecado,
Porque es una ofensa contra dios
        
**
Dios lleno de odio
Odias tu mundo
Lo creaste cuando estabas bebido
Dios lleno de odio
           

* *
La palabra “yoga” significa unión. Después de más de veinte años de práctica diaria, experimenté algo de la unidad que conceden las posiciones yóguicas. Sin embargo, me evade un conocimiento claro de las partes que se unen, porque no sólo tengo uno, sino tres tipos de experiencia de unidad asociadas con esas posturas. Si todas las experiencias hubieran sido del mismo tipo, si hubieran sido experiencias de unión entre el cuerpo y la mente, concluiría que el cuerpo y la mente eran las partes por unir, pero como eran de tres tipos, es posible que existan más de tres tipos. También es posible, y es muy probable, que los tres sean manifestaciones diferentes de una unidad subyacente. Una unidad que ha sufrido separación, de la cual somos parte, y que las posiciones de yoga ayudan a reunir.
Yo carecía de conocimiento no sólo de las partes que debían estar unidas. La situación es la misma con relación a la manera en que las posiciones de yoga concedían esa unidad. Las posturas no son distintas de las que se practican en gimnasia o en los aeróbicos, pero nadie de los que practican estas disciplinas pronunciaba frases como ésta: “Las posiciones me unen con algo divino”. ¡Pero la gente que practica yoga sí lo hace! Yo pertenecía a los yoguis y decía esas cosas con ellos. Y no dejaba de sorprenderme y de sentirme lleno de reverencia, pues existía algo que poseía naturaleza divina, que permitía ser experimentado y que las posturas de yoga permitían tal experiencia.

* * *
La primera experiencia de unidad y, finalmente, la más frecuente, es la unidad de dos corrientes de energía que fluyen a la izquierda y a la derecha de la columna. La siguiente, menos frecuente, es una experiencia de unidad entre el cuerpo y la mente. La tercera, la menos frecuente y la más extraña, es un sentido de unidad con el universo como un todo. Es extraña, porque el yogui es tan pequeño y el universo, bueno... Antes de describir esas experiencias, permíteme hacer una pequeña digresión.
La historia bíblica de la caída de Adán y Eva es una historia de separación. Su pecado no fue haber desobedecido a Dios, como algunos eruditos claman equivocadamente; su pecado fue específicamente lo que ellos hicieron: adquirieron mente, comieron del árbol del conocimiento. Instantáneamente, al adquirir una mente –la frase está escrita en el Génesis– descubrieron su cuerpo. Esta yuxtaposición es importante. Significa que, según la Biblia, adquirir mente produce la separación entre la mente y el cuerpo. Esta separación fue seguida por otra: fueron expulsados del Edén. Una separación de la gente respecto a la naturaleza. Es fascinante que las principales religiones occidentales y orientales, sin contacto entre sus pobladores, describan la condición humana como un estado de separación, hablen acerca de esa separación y tengan la misma meta: restaurar la unidad original que la gente perdió.

* * * *
El sentido de unidad con la naturaleza como un todo trae a la mente una imagen del libro Siddhartha, de Hesse. Siddhartha camina descalzo en la selva, sin miedo a las serpientes. ¿Cómo sabe que no lo morderán? Lo sabe porque tiene un sentido de armonía con la naturaleza. Experimenta la naturaleza como un todo orgánico y a sí mismo como una parte de ella. De ahí que sepa que nada de la naturaleza puede dañarlo. Hacer eso, sería dañarse a sí misma.
Una sensación de capacidad está asociada con dicha unidad. No sólo no sufrirás daño sino que, como tú y el universo conforman un todo orgánico, al cambiar cambias el universo. Es así como la idea de un mesías individual se hace posible. Una persona que se transforma a sí misma transforma el universo como un todo. Esta experiencia es muy rara.
La experiencia de unidad entre el cuerpo y la mente es seguida por autoconciencia, autoaceptación y autoamor. Y dado que en tal experiencia la mente es llevada hacia el cuerpo, hablaré de cosas corpóreas, como comer y perder peso.
Autoconciencia. Por autoconciencia no quiero decir otra cosa más que la mente está atenta del cuerpo. Una experiencia cotidiana: algunas personas al tomar su alimento dejan vagabundear su mente; cuando terminan el alimento, no conocen su sabor. Otras, al escuchar una conferencia dejan vagar su mente; abandonan el salón sin haber escuchado una palabra. Eso no le sucede a un yogui. Las posiciones de yoga llevan la mente al cuerpo, y después de ocho o nueve meses de práctica diaria notarás que tu mente permanece atenta, por ejemplo, a lo que comes. Con unos meses más de práctica tu autoconciencia se incrementa a tal grado que serás consciente de cuál comida es buena para ti y cuál no. Dejará de ser un conocimiento teórico como el adquirido en una revista de salud. Tu cuerpo realmente te dirá “esta comida es mala para mí y no la quiero”.
Autoamor y aceptación. Además la práctica brindará profundos beneficios mentales y el primero de ellos, muy probablemente, será una experiencia para la que no tengo mejor término que una experiencia de “yo soy”. Se trata de un sentido único de ser. Sientes que eres una pequeña gota en un océano, sin embargo existes. Si caminas en la acera, la gente se moverá para que pases: ocupas espacio. Si gritas, la gente te oirá. No sé si transmito adecuadamente la experiencia, pero es como un nuevo nacimiento. Es como pensar por primera vez que te dices a ti mismo “hola”, y que estrechas tu propia mano. Y esta experiencia es acompañada por amor a ti mismo. Y comprendes que antes del mandamiento “Ama a tus semejantes”, fue dado otro mandamiento: “Ámate a ti mismo”. Comprendes que uno no puede amar a otro antes que a sí mismo.
Con el autoamor viene la autoaceptación. Autoaceptación no por algún tipo de pensamiento positivo sino verdadera, experimental. Toda tu vida deseas ser más alto, pero es imposible, y te aceptas como eres: estás bien. Deseas ser delgado y eres rechoncho, está bien, te aceptas así. Eso no significa que no te esfuerces para perfeccionarte o para perder peso. Por lo contrario, sólo después de la autoaceptación el éxito en tales asuntos está casi garantizado. Porque tu esfuerzo no está acompañado de odio sino lleno de amor.
Descubrirás que hay algo divino en ti y por ende no harás nada que te dañe. No comerás comida chatarra, no fumarás, no trabajarás en un ambiente malsano. Ser religioso y fumar es una contradicción. Yo te digo: una persona religiosa no fuma, y quien fuma –no importa cuántas veces al día rece– no es religioso. Ser religioso es comprender que hay algo divino en ti. Y así como no deseas meter suciedad en tu casa, no lo harás en tu cuerpo.

*  *  * *
La tercera experiencia de unidad se da entre dos corrientes de energía que fluyen a los lados de la columna. Pueden ser las corrientes nerviosas somática y autónoma. Después de unos seis o siete años de práctica (puede variar, por supuesto) el yogui comenzará a sentir una corriente de energía en ambos lados de la columna. Después de unos años más de práctica, durante los cuales dicha energía fluirá más fuerte y se sentirá más a menudo, a veces el practicante sentirá las dos corrientes energéticas fluyendo juntas en la columna. Cuando eso sucede, la experiencia es de placer divino.
Tras unos años más de práctica, a veces, este flujo será tan intenso que alcanzará el cerebro. Cuando esto sucede, la mente destella con luz, y el yogui contempla un vislumbre de infinita belleza y dicha. Un nuevo sol brilla y el cerebro es el sol, y sus rayos acarician la mente y la mente es un ojo que está en su mayor parte cerrado, para la vista es tal gloria y belleza que fácilmente puede ser el final del que tiene la visión. Y el yogui experimenta la presencia de poder y amor, poder omnipotente y amor omnipresente, y eso es una parte infinitesimal de lo divino, pero el yogui es frágil y no puede mirar directamente en lo divino. Y la experiencia transforma la vida. El yogui conserva la memoria de la experiencia, y una fuente de gozo se abre en su corazón, la cual lo nutrirá si el desastre lo golpea. Y él se regocija en el ahora porque cree en el mañana. La vida, si antes fue una carga, deviene una delicia. Sus ojos le muestran sufrimiento, pero él ve deleite. Abandona su comprensión mundana, y a pesar de su comprensión mundana, se aferra a lo divino. Dicha eterna que te esconde de los ojos mundanos, asombro, que la mirada pueda ser de tal belleza y gloria como para causar nuestra muerte y, por lo tanto, tienes que ocultarla. El yogui se vuelve reverente, porque comprende que existe lo divino y que su poder último es nada más que amor.
He tenido seis de tales experiencias. La primera fue aproximadamente 16 o 17 años después que comencé a practicar. Las demás siguieron intervalos de meses, a veces años, entre una y la siguiente. No pude iniciarlas, ellas me sucedieron. Yo pude iniciar una fuerte corriente en mi columna mediante la práctica del yoga, pero no pude llevarla a mi cerebro. Para ello necesité de una intervención externa. Llámalo mi genio, mi ángel, llámalo gracia divina. Sé que no volveré a tener una de estas experiencias, al menos durante lo que me queda de vida (y no sé lo que me sucederá después).
Te relataré esa experiencia sabiendo también los riesgos propios de tal intento. El peligro inmediato es que la gente pensará que estás loco. Porque la mayoría de los locos, actualmente, hablan de experiencias divinas.
Como un yogui y un filósofo, mi soledad es grande. Después de escribir acerca de una experiencia divina, necesariamente, ella crecerá. Aun si no me ven como un loco (sin saber la diferencia entre el loco y el místico: el loco habla de esas cosas todo el tiempo, el místico sólo rara vez), mi relación con mis conocidos nunca volverá a ser la misma. Por lo que eso significa cuando digo que lo Divino me habla. Cómo pueden ellos comprenderlo, cuando yo mismo no puedo. Pero eso llega.
Todavía no. Quiero saber cuánta gente existe para hacer algo. Sobre todo durante una guerra. No es una cuestión teórica, se dio en medio de la guerra. ¿Qué son las personas? ¿Qué es lo que muere cuando una persona mata a otra? ¿Una persona es simplemente un agregado de átomos o hay algo divino en ella? ¿Eso es muerto cuando la persona es muerta? ¿Es mortal o inmortal una persona? O quizá una esperanza bendita, ¿nace mortal con la potencialidad de devenir inmortal? ¿Hay un Dios? Y si es así, ¿cómo es posible esta guerra? ¿Por qué hay sufrimiento? Ve a saber qué respuestas a estas cuestiones me serán dadas por el hatha yoga. ¿Qué hay entre una respuesta y poner el cuerpo en una posición extraña y mantenerla? Mátame si lo sé. Solamente puedo conjeturar.
Las corrientes de energía de las que hablan los textos clásicos de yoga y que experimentan los yoguis corren a ambos lados y en el centro de la columna. Fisiológicamente son la ubicación de ganglios somáticos y autónomos, y las células nerviosas grises de la columna. Es posible, por tanto –recuerda que los textos clásicos se escribieron hace más o menos 1500 años– que los flujos de energía sean corrientes nerviosas. Si es así, es posible explicar la experiencia como sigue: las posturas de yoga intensifican el flujo de corrientes nerviosas en la columna; mientras más fuertes sean estas corrientes, más neuronas son activadas en el cerebro; cuando un gran número de neuronas son estimuladas simultáneamente, el yogui experimenta un estado alterno de conciencia, diferente y más vívido que nuestro estado cotidiano de conciencia, tal como éste último es distinto y más vívido que el estado de sueño.
Tuve seis de esas experiencias. Durante ellas es posible preguntar a lo Divino y se dan las respuestas, que toman la forma de una experiencia –por ejemplo, si el yogui desea saber si existe el cielo, se le concede una experiencia de cielo– o de una comunicación. No se escuchan sonidos. Eso recuerda el proceso de pensamiento. Se hacen las preguntas y se dan las respuestas. Pero la facultad de respuesta es experimentada, y brilla con la luz de millones de soles.
Durante la primera experiencia sentí la presencia de lo Divino, presencia de inefable gloria, poder y amor. Durante la segunda quería saber, dado que existe lo Divino, por qué hay injusticia y sufrimiento y por qué lo Divino no interviene. Comprendí que si este poder y amor divino se revelara y actuara en el mundo, la gente no podría tener todas las facultades que posee, no tendría libertad de elección si lo Divino actuara en el mundo. Así que por su amor a la gente, para garantizar su libertad, lo Divino se oculta y retira su acción del mundo.
Durante mi sexta y última experiencia, decidí escribir y describirla mientras la experimentaba. Lo escrito no siempre es claro, porque no puedes tener una experiencia así y guardarla en tu mente; la mente tendría que colapsarse, y entonces es casi imposible escribir.  

* * * *
¿De dónde viene esta felicidad? Del abismo de lo maravilloso, lo invisible, de la fuente de la vida que enciende mi mente. Llama de amor. Qué maravilloso. Surges y llegas de profundidades encantadoras.
¿El espíritu santo deseará que te expreses a través de mi pluma? ¿Me dirás por qué pelea la gente? ¿Cuando los enemigos se matan entre sí se matan entre hermanos? ¿Y es castigada la injusticia por lo divino?
Vivimos en dos mundos, uno de amor y uno de odio. El mundo que conocemos es el mundo del odio. Difícilmente conocemos el de amor. Y la razón es simple: los dos mundos están separados por el pensamiento, la facultad cognoscitiva.
El mundo de odio es un mundo racional y, por lo tanto, conocido. El mundo de amor es irracional. Nada irracional puede ser racionalizado, pero lo irracional es en sí.
¿Por qué llamo mundo de odio al mundo que conocemos y en que vivimos? Porque en él la gente construye armas y se matan uno a otro. Son llevados por la locura a la autoaniquilación. Desarrollan armas atómicas y están listos para usar ese poder contra ellos mismos, idiotizados con la nube de ignorancia que nubla su mente, que proyecta una pantalla de ilusión y bloquea el conocimiento de que todos somos hermanos.
¿En qué sentido somos hermanos? ¿Procedemos de la misma madre y padre?
Sí, precisamente, de la misma madre y el mismo padre, y en grado mayor que los hermanos en la realidad conocida.
¿Cómo? Los hermanos en la realidad conocida son dos o tres. Los hermanos en la realidad oculta, la realidad del amor, son uno solo. Son uno. Las personas son una unidad, un todo orgánico, como un cuerpo. Toma las manos de una persona y da a cada mano un cerebro; enseguida habrá enemistad entre las manos. Cada una se verá a sí misma como una entidad independiente, separada de su hermana. Pensando que... o, más precisamente, sabiendo que la unidad es imposible.
¿Por qué no? ¡Porque esa unidad es precisamente lo que no es el conocimiento! Es la facultad cognoscitiva la que separa una realidad de otra. Esta unidad es sentimiento. No como el sentimiento al que estás acostumbrado. Esos sentimientos son únicamente chispas que escapan de una realidad a la otra, de la realidad de amor a la de odio. Y por lo tanto la emoción, aquella que llamas amor, es tan maravillosa. Es una chispa de luz que escapa del reino de la dicha al reino de la oscuridad. Es sólo un atisbo de luz, un sueño de un sueño, una milésima parte de una realidad, del mundo de amor. Imagina el poderoso amor en tu mundo, mundo de frío y oscuridad, siente por un momento ese amor, siéntelo por tu esposa, esposo o hijos. Es la luz que penetra desde el mundo de amor al de oscuridad y evita su autoaniquilación. Imagina este amor y multiplícalo por el número más alto, sin fin: ése es el mundo de amor. El mundo de amor es un sentimiento vivo, fuente de bondad, de amor y poder ilimitado.
No hay animosidad entre los dos mundos. En verdad hay uno solo. En ese mundo se arrojó un velo sobre la conciencia, conciencia que es una y todo, y ese velo hace que el mundo único se vuelva dos. Y desde entonces, tal parece, no hay retorno. Desde entonces vivimos en dos mundos. El mundo conocido por nosotros es el mundo de la conciencia. Y ésa es justamente la razón de que lo  conozcamos. Es un mundo de la mente, de conocimiento, es un mundo consciente y, por tanto, sabe, pero el mundo que tiene más realidad, el que es más vívido y que no tiene el velo de la ilusión es el mundo de amor. Este mundo no es conocido, y no es conocido por la simple razón de que es un mundo de no conocimiento: no puedes conservar tu facultad cognoscitiva y experimentarlo. Eres incapaz de conocer ese mundo, pero puedes experimentarlo. Y hay muchas formas de alcanzarlo. Una de las más rápidas es el camino del amor: abrir el corazón para amar a la gente.
Pero me desagrada mi vecino, incluso lo odio, y creo que el mundo podría ser mejor sin él alrededor, ¿debo amarlo también?
–¡Sí!
–Eso es muy difícil para mí, sabes, es muy difícil para mí. ¿Serías tan amable en explicarme por qué debo amarlo?
–Lo haré. Pero sabe que me distraes del propósito por el cual he venido. Yo vengo a decir algo a través de ti...
–Por favor olvida mi pregunta, olvida mi cuestionamiento y di lo que has venido a decir.
–Debo decirte sólo esto: al amar tú amas el mundo de verdad, y te asemejas al mundo de verdad. Al odiar, odias el mundo de verdad, y te encierras en el mundo de odio. No es que el mundo de odio sea falso. No comprendes mis palabras cuando llamo al mundo de amor el mundo de verdad. También el mundo de odio es real. Real hasta las lágrimas. Sí, mundo de lágrimas; las lágrimas, como sabes, son la primera capa del dolor. Cuando lo experimentamos completamente es un mundo de nervios expuestos, un mundo en el que los lamentos reciben significado. Cada llanto de un niño, cada niño llevado de las manos de su madre... tú sabes de qué te estoy hablando, cada pena de un adulto, cada voz que me llama me deja una cicatriz en la que se guarda la pena. Cada uno que sufre injusticia. Desde el principio del tiempo hasta hoy. Cada error, cada pena es cicatrizada en mí, y en mí vivirá por siempre. Y la última cosa que deseo para ti es que sientas pena por mí. No sientas pena por mí. Sabe: cada cicatriz que incrusta pena es una ventana hacia la eternidad.
–Espíritu santo, me estás dejando, ¿por qué? No has terminado de decir lo que venías a decir.
–Regresaré a ti, querido. Te diré algo como final, dado que me has arrastrado hasta este tema: es más fácil que un hombre pase por el ojo de una aguja que un injusto entre al reino de verdad. Con cada acto de injusticia la persona excava para sí un agujero profundo en el mundo de frío y oscuridad.
–¡Cazadores cómicos de gente injusta! Escogen al criminal para castigarlo. ¿Qué es ese castigo comparado con la realidad que el criminal labra para sí mismo. Todas las almas buenas sufren por el crimen. Deseas venganza, deseas que la policía aprehenda al criminal y lo castigue, quizá que lo torture y lo mate. Pon atención a mi palabra: un castigo mil veces peor que ése se impone él mismo.
–Aquí termino. Y regresaré a ti, mi querido amigo. Para la gente soy como un padre para sus hijos.
–Por amor les doy la capacidad de voluntad. Me escondo de sus ojos, porque si me vieran, sería el día de su muerte. Les di libertad. La libertad fue dada gracias a la facultad que llamas poder de voluntad. Puedo tomar esa facultad de los seres humanos y al hacerlo ellos serían mis esclavos.
–Eso que habla ahora a través de ti, hijo mío, es lo divino. No te preocupes, hijo mío. No te preocupes. Hablo a través de ti y no verás mi rostro.
–Un espíritu santo diferente está hablando ahora a través de mí, mucho más poderoso que el primero.
–Hijo mío, querido, por favor no molestes. Vine a decir a la gente... No te preocupes. Quita esa debilidad que hace presa de ti.
–Padre, habla a través de mi.
–Recibiste una respuesta a tu pregunta que si durante una guerra se matan entre hermanos, y una respuesta a tu pregunta sobre si la injusticia es castigada. Ahora te responderé tu tercera pregunta: ¿por qué pelea la gente? Una advertencia a la gente. Yo deseo que paren las guerras.
–Mi padre que está en el cielo, mi padre que está en la tierra, mi padre que está en mí y habla a través de mí. Perdona mi estupidez y mi pregunta, pero no entiendo. Para describir tu esencia tendré que elegir la palabra “capacidad”. Tú puedes realizar todo lo que los humanos podemos imaginar, puedes desarmar las armas nucleares en un parpadeo, puedes cambiar el curso de la historia. Padre mío, ¿por qué vienes a advertirnos? ¿Por qué no evitas las cosas de las que nos adviertes? ¿Por qué las dejas en nuestras manos que son tan inseguras y lo haces por amor?
–No debo responderte ahora, hijo mío, porque la capacidad de relatar se ha debilitado en ti y se ha incrementado el aspecto de cuestionar. Debo hablarte sólo con palabras generales. Yo di libertad a la gente. Libertad. La tomé de la naturaleza de lo divino y la planté en su alma. Lo divino no es la facultad de pensar, es la capacidad de elegir. No deseo quitar esa capacidad a la gente. De ahí que venga a advertir y no a evitar. Ahora no tienes el poder para continuar con mi mensaje, así que te dejaré. Recuerda: yo vivo en tu mundo.

 

Henrik Kochan escribió este texto como introducción a su libro Hatha yoga (Editorial Yug).

 



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