REVISTA ESOTÉRICA EL BUSCADOR CONFERENCIAS LINKS RECOMENDADOS TIENDA ONLINE BUSCAR SUCURSALES CONTACTO FRANQUICIAS SUSCRIBETE AL BOLETIN YUG
 
EL BUSCADOR

 

En el Buscador y sus caminos encontrarás artículos de fondo, sobre esoterismo, mitología hindú, lo último en noticias de salud con métodos naturales y muchas cosas más.

ENERO 2007

 

 

El viaje de mil años

o Dios es inocente


(fragmento de La República, diálogo de Platón. Primera parte)


No es el relato de Alcinoo, un relato mentiroso, el que voy a comunicaros, sino el de un hombre esforzado, Her el Armenio, originario de Panfilia. Después de haber sido muerto en una batalla, como fuesen diez días más tarde a recoger los cadáveres que estaban ya putrefactos, el suyo fue encontrado sano y entero. Lleváronlo a su casa y al duodécimo día, cuando estaba ya puesto en la pira, volvió a la vida y refirió a los que lo rodeaban lo que había visto en el otro mundo.

Dijo: “Tan pronto como mi alma hubo salido de mi cuerpo, llegué con una multitud de otras almas a un lugar completamente maravilloso, en el cual se veían en tierra dos aberturas, próximas una a otra, y otras dos en el cielo, las cuales hacían correspondencia con las dos primeras. Entre estas dos regiones se hallaban sentados los jueces. En cuanto habían dado su sentencia, ordenaban a los justos que siguiesen su camino a la derecha, por una de las aberturas del cielo, después de haberles colgado por delante un cartel que contenía el juicio dado en favor suyo; a los malos les ordenaban que tomasen su camino a la izquierda, por una de las aberturas de la tierra, llevando a la espalda un cartel semejante en el que estaban expresadas todas sus acciones. Cuando yo me hube presentado, decidieron los jueces que era necesario que yo llevase a los hombres la noticia de lo que pasaba en el otro mundo, y me ordenaron que escuchase y observase en aquel lugar todas las cosas de que iba a ser testigo.

Vi, pues, ante todo, de las almas de aquellos que habían sido juzgados unas subir al cielo, otras descender a la tierra a través de las dos aberturas que se correspondían, mientras que por la otra abertura de la tierra vi salir almas cubiertas de basura y de polvo, al mismo tiempo que por la otra abertura del cielo descendían otras almas puras, inmaculadas. Todas ellas parecían llegar de un largo viaje y detenerse con placer en aquella pradera como en un lugar de asamblea. Las que se conocían, al saludarse se solicitaban unas a otras noticias de lo que sucedía en el cielo y bajo la tierra. Unas relataban sus aventuras con gemidos y llanto arrancados por el recuerdo de los males que habían sufrido o habían visto sufrir a las demás en su viaje bajo tierra, cuya duración era de mil años. Las que volvían del cielo describían los deliciosos placeres que habían gozado y las maravillosas cosas que habían contemplado.

–Sería demasiado prolijo, mi querido Glaucón, referirte íntegro el discurso del armenio Her sobre este tema. Se reducía a decir que las almas eran castigadas diez veces por cada una de las injusticias que en vida habían cometido; que la duración de cada castigo era de cien años, duración natural de la vida humana, para que el castigo fuese siempre decuplicado para cada crimen. Así, las que se han manchado con diversos asesinatos, han traicionado a estados y ejércitos, los han reducido a esclavitud o se han hecho reos de algún delito análogo, eran atormentados al décuplo por cada uno de esos crímenes. Por el contrrio, las que habían hecho bien a los hombres y habían sido santas y virtuosas recibían en la misma proporción la recompensa de sus acciones. Respecto a los niños muertos poco después de su nacimiento, Her daba otros detalles que es superfluo recoger. Había también, según su relato, recompensas más grandes para los que habían honrado a los dioses y respetado a sus padres, y había suplicios extraordinarios para los impíos, para los parricidas y para los homicidas a mano armada.

Estaba yo presente, añadía, cuando un alma preguntó a otra dónde estaba el gran Ardieo. Este Ardieo había sido tirano de una ciudad de Panfilia mil años antes, había dado muerte a su padre, de edad avanzada, a su hermano mayor, y cometido, según se decía, otros muchos crímenes enormes. No viene -respondió el alma-, ni jamás vendrá aquí. Todos hemos sido testigos, a cuenta de él, del espectáculo más espantoso. Cuando estábamos a punto de salir del abismo subterráneo después de haber cumplido nuestras penas, vimos a Ardieo y a un gran número de otros, la mayor parte de ellos tiranos como él; había también entre ellos algunos particulares que, dentro de su condición de privados, habían sido grandes criminales. En el momento en que esperaban salir, la abertura les negó paso, y cuantas veces uno de aquellos miserables, autores de crímenes sin redención, se presentaba para salir, la abertura dejaba oir un largo mugido. A este ruido acuideron unos horribles personajes que parecían ser enteramente de fuego. Primero se llevaron, a viva fuerza, a cierto número de aquellos criminales, después se apoderaron de Ardieo y de los otros, les ataron los pies, las manos y la cabeza, y luego de arrojarlos a tierra y despellejarlos a fuerza de golpes, los arrastraron fuera del camino, a través de las zarzas ensangrentadas, diciendo a las sombras con quienes se cruzaban por qué razón trataban de ese modo a esos criminales, y que iban a precipitarlos en el Tártaro.1 Añadía esta alma que, entre los diversos horrores por los que habían sido agitadas durante el camino, ninguno igualaba al temor causado por el mugido que se había dejado oir en el momento de su salida, y que había sido para ellos un placer inexpresable el no haberlo oído al salir.

He aquí, poco más o menos, lo que ocurrió relativo a los juicios, suplicios y recompensas. Después de que cada una de aquellas almas hubo pasado siete días en la pradera, al octavo día partieron y después de cuatro de marcha arribaron a un lugar señalado desde el cual se veía una luz que atravesaba el cielo y la tierra, recta como una columna y semejante a Iris, pero más brillante y pura.2 Llegaron hasta esa luz después de un día más de marcha. Allí vieron que los extremos del cielo iban a parar al medio de aquella luz que les servía de unión y abarcaba toda la circunferencia del cielo, al modo de esas piezas de madera que ciñen los costados de las galeras y sostienen su armazón. De dichos extremos estaba suspendido el huso de la Necesidad, que impulsaba todas las evoluciones celestes. El fuste del huso y el gancho eran de acero, y el peso, una mezcla de acero y otros materiales.


1 El infierno

2 La Vía Láctea.


Ese peso se aproximaba, por la forma, a las romanas de aquí abajo. Mas para tener una idea justa de ella es preciso representarse un gran peso ahuecado en cuya oquedad se hallaba encajado otro peso más pequeño, como los vasos que entran unos en otros; en el segundo había un tercero, en éste, un cuarto y así sucesivamente hasta ochodispuestos entre sí a la manera de los círculos concéntricos. Desde arriba se veía el borde superior de cada uno y todos ellos presentaban al exterior solamente la superficie continua de un solo peso en torno al hus, cuhyo fuste pasaba por el centro del octavo peso. Los bordes circulares del peso exterior eran los más anchos; después los del sexto, del cuarto, del octavo, del séptimo, del quinto del tercero y del segundo iban disminuyendo en anchura, por este mismo orden. El círculo formado por los bordes del peso más grande era de distintos colores;3 el del séptimo era de un color muy brillante;4 el del octavo tomaba su color y su brillo del séptimo.5 El color de los círculos del segundo y del quinto era casi uno mismo, y tiraba mucho a amarillo.6 El tercero era el más blanco de todos,7 el cuarto era un tanto rojo.8 El segundo, en fin, aventajaba en blanco al sexto.9 Todo el uso giraba sobre sí mismo con movimiento uniforme, mientras que en el interior los siete pesos concéntricos se movían lentamente en dirección contraria. El movimiento del octavo era el más rápido. Los del séptimo, sexto y quinto eran menores, e iguales entres sí. El cuarto era el tercero en velocidad, el tercero era el cuarto y el movimiento del segundo era el más lento de todos. El propio huso giraba sobre las rodillas de la Necesidad. En cada uno de estos círculos era arrastrada una sirena que giraba con él, cantando una sola nota de su voz, siempre en el mismo tono, de suerte que de estas ocho notas diferentes resultaba un perfecto acorde.10


3 Las distintas estrellas del Zodiaco.

4 El Sol. 5 La Luna y la Tierra.

6 Saturno y Mercurio.

7 Júpiter. 8 Marte. 9 Venus.

10 Los ocho pesos son los ocho cielos, el de las estrellas fijas y los de los siete planetas; los círculos formados por los bordes de cada peso son las órbitas de los planetas. La sirena en cada círculo es el planeta mismo. Los otros datos se refieren a la velocidad de los planetas, su grosor o su diámetro, etc.


En torno al huso, y a distancias iguales, hallábanse en sendos troncos las tres Parcas, hijas de la Necesidad: Láquesis, Cloto y Atropos, vestidas de blanco y coronada la cabeza por una banda. Acompañaban con su canto el de las sirenas: Láquesis cantaba el pasado, Cloto, el presente y Atropos el porvenir. Cloto, tocando a intervalos el huso con la mano derecha, lo obligaba a hacer su evolución exterior. Atropos, con la mano izquierda, imprimía movimiento a cada uno de sus pesos interiores y Láquesis, con una y otra mano, tocaba ora el huso ora los pesos interiores. En cuanto hubieron llegado las almas, tuvieron que presentarse ante Láquesis. Y primeramente, un hierofante señaló a cada cual su puesto ; luego, habiendo tomado de las rodillas de Láquesis las distintas suertes y condiciones humanas, se subió a un estrado elevado y habló así:

“He aquí lo que dice la virgen Láquesis, hija de la Necesidad: Almas pasajeras, vais a empezar nueva carrera y a entrar en un cuerpo mortal. No se os escogerá una condición determinada; cada una de vosotras escogerá la suya. La primera a quien la suerte designe será la primera en escoger y su elección será irrevocable. La virtud no tiene dueño; sigue a quien la honra y huye del que la desdeña. Cada uno es responsable de su elección; Dios es inocente de ella”.


(continúa en el próximo número)




©Yug S.A. C.V. Puebla 326-1, Col. Roma, México D. F., CP 06700 Tel. 5553 5531, email: franquicias@yug.com.mx

Servicio al Cliente
Los precios que muestra nuestra página están en pesos mexicanos Todos los precios y existencias están sujetos a cambio sin previo aviso.