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La medida y su significado
en Oriente y Occidente
D. J. Bohm
La mayoría de la gente que es un poco observadora ya se ha dado cuenta de la fuerte y alarmante fragmentación que existe en toda la estructura de la vida humana, tanto en lo social como en lo individual. Tal toma de conciencia tiende a hacer surgir una gran urgencia a terminar con ella para que el hombre pueda vivir un estado de plena integración interna, como quizá vivió antes de que comenzara la fase destructora de la corriente actual del desarrollo tecnológico. En busca de alivio muchas personas han vuelto los ojos a otras culturas y estructuras sociales esperando encontrar ahí una integración mayor que la prevaleciente hoy en el mundo occidental. Muchas personas empiezan a pensar que quizá en Oriente –en especial en la India– todavía sobreviva una estructura de vida interior, que sus religiones y filosofías puedan explicar más claramente en qué consiste la unidad. Ya ha reconocido la futilidad de vivir una vida analizando las cosas como si pertenecieran a partes separadas y desligadas entre sí.
Por lo tanto nos parece natural sugerir que debemos desechar el enfoque occidental por ser evidentemente fragmentario y adoptar el oriental, el cual parece no sólo incluir una perspectiva diferente del ser humano y del mundo que niega la división, sino que también adopta ciertas técnicas de meditación que pretenden llevarnos hacia lo no verbal, a un estado de quietud suave y ordenado que es tan necesario para dar término a la fragmentación, ese caótico y turbulento estado de confusión mental en el que vivimos ordinariamente la mayor parte de nuestra vida.
Para comprender con más profundidad todo lo implicado en este tema es útil señalar la diferencia existente entre la noción de medida de Oriente y la de Occidente, pues ésta ha sido de importancia crucial en el desarrollo de las distintas actitudes hacia la vida que han existido por siglos en esas dos civilizaciones mundiales.
Ahora bien, en Occidente desde tiempos muy remotos la noción de medida ha desempeñado un papel muy importante que ha determinado su visión general del mundo y su modo de vida. Entre los antiguos griegos (quienes nos legaron gran parte de nuestras nociones fundamentales) el propósito de mantener todas las cosas dentro de una medida justa era considerado uno de los puntos esenciales para llevar una vida recta. Por ejemplo, en las tragedias griegas se mostraba el sufrimiento del hombre como una consecuencia de haber traspasado o violado la medida justa de las cosas. Esta medida no era considerada en su sentido moderno, que consiste en establecer ciertas comparaciones conforme a una norma de unidad externa (digamos de medida en pulgadas y kilogramos); más bien este procedimiento se consideraba como una medida externa, la apariencia o proporción interna más profunda era la que desempeñaba un papel esencial en todo. Cuando algo iba más allá de su propia medida esto significaba no tanto que no estaba en conformidad con la norma de lo recto sino mucho más: quería decir que en lo interno no había armonía y que estaba en peligro de perder su integridad y desmoronarse, o sea fragmentarse. Podemos obtener una visión de esta manera de pensar si consideramos los significados originales de ciertas palabras. Por ejemplo, la palabra latina mederi, que significa curar está basada en el significado original de medir. Esto refleja el punto de vista de que el estado de salud física se consideraba como resultado de una justa y recta medida interna, o de una correcta proporción de todas las partes y procesos corporales. De modo similar la palabra moderación, que describe una de las primeras nociones antiguas de la virtud, está basada en la misma raíz y demuestra que tal virtud era considerada como la consecuencia de una medida recta interna subyacente en la conducta y en las acciones del ser humano en la sociedad. Asimismo la palabra meditación, también proveniente de la misma raíz, implica una forma de pensar, de ponderar o de medir el proceso total del pensamiento que pudiera conducir a las actividades internas de la mente a un estado o medida armoniosa. Así pues, tanto física como social y mentalmente darse cuenta de la proporción interna de la medida de las cosas se consideraba como la clave necesaria para llevar una vida sana, feliz y armoniosa.
En relación con este punto es instructivo traer a la mente las antiguas nociones griegas de medida en relación con la música y las artes visuales. Estas nociones hacían evidente que era necesario cierto conocimiento de la medida para comprender la armonía en la música (por ejemplo, la medida como ritmo, como proporción correcta de la intensidad del sonido en la totalidad de la obra musical, etc.). De igual modo en las artes visuales la medida recta se consideraba esencial para poder expresar la belleza con armonía (por ejemplo, la llamada regla de oro o proporción áurea). Todo esto indica hasta dónde la noción de medida iba más allá de la idea de comparación de una norma o criterio externos y apuntaba a una especie de proporción interna universal que era perceptible tanto para los sentidos como para la mente.
Sin embargo, al correr el tiempo esta noción de la medida empezó a sufrir cambios, a perder su sutileza, volviéndose un tanto burda y mecánica. Probablemente esto ocurrió porque las nociones de la medida se volvieron cada vez más rutinarias y habituales en relación con el sentido externo de la medición y fue perdiendo su significado interno de un especie de proporción universal que estaba relacionada con la salud física, el orden social y la armonía mental del ser mismo. El hombre comenzó a aprender rutinariamente estas nociones de la medida en cuanto se fue adaptando a las enseñanzas de sus mayores y de sus maestros y dejó de aprenderlas en forma creativa por medio de sus sentimientos internos, de la comprensión del significado profundo de la proporción y de la medida, y este sentido se fue perdiendo. Así, gradualmente la medida llegó a ser enseñada como una especie de regla que se imponía al ser humano desde afuera, el cual a su vez impuso la correspondiente medida física, social ymental según cada contexto en el que iba trabajando. Como resultado de todo eso las nociones de medida prevalecientes ya no fueron vistas como un tipo de visión interior sino más bien aparecieron como “verdades absolutas de la realidad tal como es”, que los hombres parecen haber aceptado y conocido y cuyo origen era explicado a veces mitológicamente como reglas rígidas venidas de los dioses, lo que vendría a ser consideradio a la postre peligroso y maligno poner en duda. De esta manera, los conceptos los conmceptos de la medida tendieron a caer dentro del dominio de los hábitos subconcientes, resultando de ello que las formas así sometidas a la percepción de tales conceptos mentales fueron entonces consideradas como realidades esencialmente objetivas e independientes de su concepto original.
Aun en el tiempo de la antigua Grecia este proceso ya se había alejado mucho de su origen, y cuando los hombres se percataron de ello empezaron de nuevo a indagar acerca de la noción verdadera de la medida. Entonces Protágoras declaró que el hombre es la medida de todas las cosas y con esto aclaró que la idea de medida no era algo externo al hombre ni existía independiente de él. Sin embargo, los que ya tenían el hábito de ver las cosas externamente interpretaron las palabras de Protágoras a su propia manera y concluyeron que la medida era algo arbitrario, sujeto al caprichoso juicio o gusto del individuo, pasando por alto el hecho de que la medida es un tipo de visión interna que debe ajustarse a la realidad total en que vive el hombre y que esto se demostraba por la claridad de percepción y de armonía de la acción a la que llevaba. Tal visión interna surge apropiadamente cuando el hombre labora con seriedad y honestidad, anteponiendo la verdad de lo que es a sus propios deseos y caprichos.
La noción rígida y objetiva de la medida continuó desarrollándose hasta nuestros tiempos y la sola palabra “medida” ha llegado a significar principalmente un proceso de comparación de algo con un modelo externo. Mientras que el significado original que todavía sobrevive en algunos contextos (en el arte y las matemáticas) por lo general se piensa que sólo tiene un significado secundario.
Ahora, en Oriente la noción de la medida no ha desempeñado un papel tan fundamental. En su filosofía lo inconmensurable (es decir, eso que no puede nombrarse, describirse o comprenderse por medio de la razón) se considera que es la realidad original. Por lo tanto en sánscrito (que tiene raíz común con el grupo lingüístico indoeuropeo) existe una palabra, matra, que quiere decir medida en el sentido musical y que es muy cercana a la palabra griega metrón. Existe también otra palabra, maya, que tiene su origen en la misma raíz y significa ilusión. Éste es un punto extraordinariamente significativo. Mientras que en la sociedad occidental, derivada de los griegos, la medida y todo lo que esta palabra significa se considera como la verdadera esencia de la realidad (o cuando menos la clave de su esencia), en Oriente la medida ha llegado a ser de cierta manera algo engañoso, falso. Maya es lo ilusorio, lo irreal. La estructura entera de la medición, el orden de las formas y las proporciones que se presentan a nuestra percepción ordinaria se consideran como una especie de velo que encubre la verdadera realidad, la cual no puede ser percibida por los sentidos y de la cual nada puede decirse ni pensarse.
Es bien claro que las distintas maneras en que estas dos sociedades se desarrollaron se ajustan a los conceptos que cada una tiene sobre lo que es la medida de las cosas. En Occidente se ha enfatizado en esencia el desarrollo de la ciencia y la tecnología (ambas dependen de la medida), mientras en Oriente el énfasis se ha puesto en la religión y la filosofía (las cuales se dirigen en último término a lo inconmensurable).
Si consideramos este asunto con cuidado veremos que en cierto sentido Oriente tiene razón al conceptuar lo inconmensurable como lo básicamente real, pues la medida es una noción creada por el hombre. Una realidad que esté más allá del hombre y que es anterior a él no puede depender de tal visión. En efecto, suponer que la medida existió antes que el hombre e independiente de él conduce, como ya se ha visto, a una objetivación rígida de la visión humana interna y, por consiguiente, incapaz de admitir cambio alguno sino que produciría mistificaciones y engaños en la captación total del ser y en su comprensión del mundo.
Por otra parte, sería evidentemente erróneo aceptar la noción de que la medida es en sí sólo un velo, una ilusión falaz y engañosa que encubre la verdadera naturaleza inherente de la realidad. Tal vez pueda uno decir que todo lo que puede ser asimilado dentro del campo de la medida es real, pero de una realidad dependiente y condicionada en último término a la totalidad inconmensurable. Pero esta totalidad no está separada del campo de la medida, sino que más bien diríamos que lo inconmensurable incluye lo medible. O para expresarlo de distinta manera: que todo lo que puede ser medido tiene su origen y su sostén (así como su disolución final) en lo inconmensurable e indefinible, pues en ello radica la fuente creadora de todas las cosas. Sin embargo, la comprensión correcta del aspecto medible de la realidad como un todo es evidentemente necesaria para aclarar la percepción y la acción correcta de todas las fases de la vida. Uno podría especular y pensar que posiblemente en los tiempos más remotos los hombres fueran lo bastante sabios para ver que lo inconmensurable era la fuente original e independiente de toda realidad y que fueron también tan sabios para ver que la medida era sólo una visión interna de un aspecto secuindario y que dependía de esta realidad, y que podía ayudar a dar orden y armonía a nuestra vida. Probablemente ellos dirían que cuando la medida se identifica con “la totalidad de la realidad tal como es” se vuelve ilusoria. Pero cuando los hombres aprendieron esto y conforme se fueron adaptando a las enseñanzas tradicionales, el significado llegó a ser algo mecánico y habitual, y los hombres empezaron simplemente a decir que “toda medida es ilusoria”. En consecuencia, tanto en Oriente como en Occidente la visión verdadera se fue falseando hasta convertirse en algo erróneo, debido al procedimiento mecánico de aprendizaje y por adaptación a las enseñanzas existentes, en vez de captar creativa y originalmente la visión implícita que encierran tales enseñanzas.
Desde luego es imposible retroceder al estado de plenitud que quizá prevaleció antes de la escisión entre Oriente y Occidente, porque sabemos muy poco o nada al respecto. Más bien, lo que se precisa es que aprendamos de nuevo, que observemos para descubrir por nosotros mismos el significado tanto de la fragmentación como de la totalidad. Desde luego hay que conocer las enseñanzas del pasado, tanto las occidentales como las orientales, pero tratar de imitarlas o de amoldarnos a ellas sería de muy poco valor. Es evidente que el desarrollo de una visión nueva de la fragmentación y de la totalidad demanda una labor creadora, tanto más difícil cuanto que ello requiere nuevos descubrimientos fundamentales en el campo de la ciencia y de las grandes obras artísticas. Al respecto se podría decir que si llega a existir un hombre que posea un espíritu creador tan grande como lo tuvo Einstein, no lo imitaría ni aplicaría sus ideas a formas nuevas, más bien aprendería de Einstein todo lo que éste pudiera enseñarle y luego haría algo original de verdadero valor que superara todo lo anterior y que fuera fruto de su asimilación y lo vertería en formas cualitativas nuevas. Por consiguiente, lo que tenemos que hacer acerca de la totalidad de la gran sabiduría del pasado de Oriente y de Occidente es asimilar y seguir adelante tras una nueva visión original que esté de acuerdo con las condiciones actuales de nuestra vida.
Para lograr hacer esto es importante ver con claridad el papel que desempeñan ciertas técnicas que se usan en algunas disciplinas de meditación. En cierto modo, las técnicas de meditación también podrían ser consideradas medidas que emplea el hombre (actos ordenados impuestos por el conocimiento y la razón) con el fin de tratar de alcanzar lo inconmensurable, es decir, un estado de la mente en el cual el hombre deje de sentir la separación que existe entre él mismo y la realidad total. Pero se ve claramente que en una noción de tal índole hay contradicción, puesto que si lo inconmensurable existe, es justamente aquello que no puede ser traído dentro de los límites que determinan el conocimiento y la razón de ningún ser humano.
Para estar seguros, dentro de ciertos contextos específicos de medidas técnicas, y entenderlas con un espíritu recto, y si somos en verdad observadores, éstas podrían llevarnos a la comprensión de ciertos aspectos de los que podremos derivar una visión interior nueva. Entonces sería contradictorio, en términos de un proceso mental, querer formular técnicas para nuevos descubrimientos fundamentales, científicos o artísticos, que fueran originales, pues la verdadera esencia de éstos depende de cierta libertad e independencia de acción, de no depender de nadie, de no necesitar de ningún guía. ¿Cómo puede transmitirse tal estado de libertad que realice estas actividades si la fuente principal de energía depende de los conocimientos o de la conducta de un guía o si nuestro criterio está supeditado al de otra persona? Y es aún menos posible que un guía pueda capacitarnos para descubrir aquello que es inmensurable, inefable.
De hecho, no hay cosa alguna que el hombre pueda hacer directa y positivamente para entrar en contacto con lo inmensurable porque ello está situado muy por encima y más allá de lo que el hombre puede captar con su mente o ejecutar con sus manos. Lo único que puede hacer es dedicar toda su atención y energía creadora para adquirir claridad y orden en la totalidad de su campo mensurable. Por supuesto, tal cosa requiere no sólo un ensanchamiento de la medida en términos de unidades exteriores, sino en una medida o proporción interna que incluya la salud del cuerpo, la moderación en todos sus actos y cierta clase de meditación, todo esto indispensable para crear una visión interna capaz de conocer cómo funcionan los pensamientos. Esto último es de especial importancia porque la fragmentación tiene sus raíces en esos pensamientos que traspasan los límites de la armonía y que confunden su contenido con la realidad, independientemente de su propio proceso mental. En Occidente existe esta confusión debiodo a la aplicación mecánica y rutinaria que se hace de la medida, que trata todo como si estuviera dividido en partes separadas, considerando sus límites medibles como si fueran realidades y tuvieran una existencia independiente.
En Oriente también se ha caído en una rutina, en una interpretación igualmente mecánica debido a la aceptación tácita de la autoridad y de las ideas que les son impuestas por personas que consideran sabias y espirituales, como lo son los guías religiosos. Esto también ha conducido a la fragmentación en los aspectos medibles de la vida cotidiana y ha producido una distorsión de la realidad, aunque de una manera totalmente distinta a la de Occidente. Esta imposición de métodos autoritarios ha evitado que el individuo pueda expresar espontáneamente respuestas creativas y que se ajuste y acepte las formas tradicionales de su sociedad.
Para terminar con esta fragmentación, tanto en Oriente como en Occidente, hay que tener una visión aguda e inteligente, no tan sólo del mundo en general sino también dándose cuenta de cómo funciona ese instrumento que es la mente. En este particular, lo más necesario no es tanto ver cuál es la medida de nuestros pensamientos o determinar si ellos van o no más allá de sus propios límites, sino más bien mantener un estado de observación continua de momento a momento, observando cómo los pensamientos tienden a llevar la idea de la medida a contextos que no tienen nada que ver con ésta, en vez de actuar de una forma total. Para que la mente pueda actuar de esa manera totalizadora se requiere creatividad, una percepción aguda, que todos los sentidos actúen en un proceso conjunto con la mente y que ésta cree su propia disciplina sin sindepender de autoridades o imposiciones externas o de técnicas para sostener su propio orden y actividad. Mediante una meditación correcta surgirá de modo espontáneo la disciplina que haga posible que la mente labore en acuerdo con su propio criterio y percepción. Entonces el campo total de lo mesurable se armonizará y se moverá paralelamente con lo inmensurable.
Cuando exista y perdure esta armonía el hombre podrá alcanzar una comprensión plena del proceso que produce la fragmentación y podrá adquirir una recta visión de lo que es la totalidad. Y lo que es aún más importante y significativo, podrá entender lo real de tal visión y seguir sus manifestaciones en cada paso, en cada fase y aspecto de su propia vida.
Naturalmente esto requiere de una dedicación absoluta de todas nuestras energías creadoras y dirigirlas a una investigación profunda de todo lo implicado en el concepto de medida. Debemos a la vez abandonar todos los conceptos que hayamos acumulado a lo largo de nuestra búsqueda y están agazapados en nuestro fuero interno; asimismo prescindir de guías o de influencias de toda clase y lanzarnos completamente solos a nuestra propia búsqueda. Esto puede resultar algo muy difícil, arduo, pero como todas las cosas que pueden llevarnos a un éxito real, valdrá la pena que nos demos a ello dedicando nuestra atención completa y seria si es que hemos comprendido la verdadera importancia de todo ello y que nos incumbe a todos y cada uno.
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