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AGOSTO 2009

 

 

La primera victoria de Rama

Ramakatha, la historia de Rama, es el nombre con que Sathya Sai Baba ha narrado a su propia manera esta milenaria epopeya hindú, uno de los más grandiosos poemas de la historia, en palabras de N. Kasturi. “un drama intensamente humano, en el que Dios personifica al hombre y reúne alrededor de Él, en el enorme escenario del mundo, lo perfecto y lo imperfecto, lo humano y lo subhumano, lo bestial y lo demoniaco, para otorgarnos la gracia de la sabiduría suprema”. Leeremos un fragmento que narra una aventura de Rama y uno de sus hermanos, que demuestra que los cuatro príncipes habían nacido con propósitos divinos que mostraron desde temprana edad.

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Rama, el nombre, es la esencia de los Vedas. El Ramayana, la epopeya que refiere la encarnación de Rama, es un texto sagrado que recitan reverentemente distintas clases de personas. Esa historia es un océano de leche, puro y poderoso.
Los niños eran encarnaciones de dharma, artha, kama y moksha, las cuatro metas de la vida humana (rectitud, bienestar, esfuerzo-deseo y liberación) y habían adoptado una forma humana para poder restablecer en la Tierra estos grandes ideales para una vida grata.
En la región este de Ayodhya, la ciudad real, el sabio Viswamitra llevaba a cabo rigurosas prácticas ascéticas. Un día, al tratar de realizar el rito sagrado conocido como yagna, los demonios interfirieron y lo mancharon con su maldad. Arrojaban pedazos de carne sobre el altar, haciéndolo impuro para aquella ceremonia védica. Y como estaba a punto de perder la razón, Viswamitra decidió ir a Ayodhya, la capital del imperio, para pedirle ayuda al mismo emperador.
Cuando se supo que llegaría el sabio, el rey envió a sus ministros para que lo condujeran al palacio. Le dieron la bienvenida y lo acompañaron hasta la misma puerta del palacio. Ahí los brahmanes pronunciaron los himnos védicos mientras Dasarata le lavaba los pies, como está establecido en las escrituras y es costumbre recibir a los sabios, y salpicó sobre su propia cabeza gotas del agua así santificada. Luego llevaron a Viswamitra al interior del palacio. “Éste es un gran día”, exclamó Dasarata, y manifestó su alegría por la inesperada llegada del santo y por la oportunidad de servirlo y honrarlo.
Después el sabio preguntó por la salud y el bienestar del soberano y de su familia, así como por la paz y prosperidad del reino. Dasarata anhelaba saber la razón de la visita del sabio. Le aseguró que estaba listo a cumplirle su más mínimo deseo; sólo esperaba saber qué podía hacer por él. Viswamitra movió la cabeza en señal de aprobación. Dasarata dijo: “Los grandes hombres sólo se dedican a actividades que ayudan al mundo, debe haber una buena razón para todo lo que se proponen, están impulsados por la voluntad divina. Por lo tanto, estoy deseoso de servirte y cumplir tu deseo”, y prometió una y otra vez que llevaría a cabo la orden del sabio.
Viswamitra dijo: “Sé que los gobernantes Ishvaku están comprometidos a cumplir su palabra. Necesito de ti sólo una cosa. No es riqueza ni carruajes, ni vacas ni oro, ni regimientos ni servidores; sólo necesito a dos de tus hijos, Rama y Lakshmana, para que me acompañen”.
“Maestro –respondió el rey–, ¿de qué te pueden servir estos hijos míos? La misión podría ser mejor cumplida por mí, ¿no lo crees? Dame la oportunidad, haz que mi vida valga la pena. Dime de qué se trata”.
El sabio contestó: “La misión que estos niños pueden cumplir no la ha de realizar nadie más. Sólo ellos pueden llevar a cabo esta tarea, ni miles de tus servidores, ni siquiera tú la podrías realizar. Niños como éstos nunca habían nacido ni nacerán otra vez. Decidí llevar a cabo un ritual de sacrificio, pero tan luego como me disponía a empezarlo, se reunieron espíritus malos, causando su sacrílega destrucción. Quiero que estos niños eliminen a esos demonios y salven mi ritual”.
El rey respondió: “Maestro, ¡cómo van a poder llevar a cabo tan enorme tarea estos tiernos niños! Yo estoy aquí, deseoso y listo. Iré con todos mis carros de guerra, infantería, caballería, elefantes, y cuidaré tu ermita. Tengo experiencia en la lucha contra fuerzas demoniacas, combatí por los dioses en contra de espíritus perversos y obtuve la victoria. Permíteme hacerlo”.
Al escuchar estas palabras el sabio dijo: “¡Oh rey!, te lo digo una vez más: no puedes cumplir esta misión; ¿no puedes entender que incluso está más allá de mí, que soy considerado casi omnipotente y omnisciente? Tú los consideras como muchachos ordinarios, por el afecto que les tienes como padre, pero eso es un error. Sé perfectamente que ellos son el poder divino en forma humana. No dudes. Mantén tu palabra dada y mándalos llamar; ¡rápido!, éste no es momento para titubeos ni para demoras!”
Después de aconsejar al rey que no se preocupara y entregara a los muchachos a la custodia del sabio, Vasishta, el preceptor real, mandó llamar a Rama y Lakshmana, quienes al llegar se inclinaron con reverencia a los pies de su padre y de los maestros. Viswamitra se dirigió a ellos: “Niños, ¿quieren venir conmigo?”, y ellos se entusiasmaron con el proyecto. Vasishta llamó a los niños a su lado y recitó algunos himnos de bendición; ellos se postraron a los pies de sus madres y recibieron sus bendiciones. Después se levantaron listos para partir.
Viswamitra se levantó de su lugar, todos unieron sus palmas en reverencia al gran sabio, y éste salió seguido por los príncipes. Tan pronto llegaron a la puerta principal de palacio la gente escuchó tambores y clarines celestiales resonando en el cielo. Una lluvia de flores cayó sobre ellos. Ministros, cortesanos y ciudadanos los acompañaron hasta la puerta de la ciudad y ahí se despidieron.

 

(continúa en el siguiente número)

 

 



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