La mirada en la arena
(El jardín japonés como espacio trascendental)
Ricardo Ortiz
Hay muchos caminos a la trascendencia. Hay muchos caminos en el mundo, hay caminos que son todo un mundo. Si el camino nos une con el mundo, si nos lleva a ese otro mundo que buscamos (aunque tenga que torcerse o volver sobre sí mismo) entonces un jardín de arena es un camino muy peculiar que nos lleva a un mundo en breve que es un camino. Los jardines japoneses han sido concebidos e interpretados muchas veces como un espacio intermedio entre nosotros y el mundo, en el sentido material y en el sentido espiritual. Son el ámbito transitorio por el que de ida y vuelta pasamos de nosotros/nuestra casa al mundo y es el ameno, austero y profundo paisaje que vemos siempre cuando desde nuestro mundo interior veamos el exterior y viceversa. Es como el puente al que dedicamos una última mirada agradeciendo su firmeza que sostuvo nuestros pasos y es como la fotografía o el relato que nos ayuda a disfrutar anticipadamente en la imaginación las delicias de un mundo más allá de este tan limitado en que a menudo nos sentimos.
El jardín zen con sus territorios de arena es como un templo, su recogimiento en sí mismo, su silencio y su reposo, la forma en que ahí dentro las figuras están siempre de acuerdo entre sí nos recuerdan que hay aún un ámbito sagrado esperando.
Los justos senderos de arena siguen a veces una recta impecable para recordarnos lo inexorable que debe ser la voluntad de trascendencia manifestada en pasos inquebrantables, inmunes a toda tentación de desvío, para internalizar la necesaria fijeza de la disciplina, y siguen a veces curvas de una soltura que suaviza el esfuerzo, que transmite la lección de la necesaria flexibilidad y que retrata la condición de toda búsqueda: dar vueltas sobre sí mismo, volver el paso y la mirada al propio rostro. Las sinuosidades reconcentran la mirada al empujarnos hacia el centro que necesariamente, implícito y explícito, acompaña a todo movimiento que tiende al círculo, a la espiral.
La mirada, los sentidos y la intuición tendrán ahí, como un espejo, el punto, el eje, el bindu, el vórtice que sustenta y da sentido y función a cada elemento, elementos como sustancia básica constitutiva de la naturaleza y elemento como parte integrante del todo. La piedra, la arena, el agua, la planta y el aire retratado en los giros de la arena sintetizan y simbolizan en su abstracta simplicidad geométrica la variedad de formas y sustancias que el arte zen ha sabido magistralmente reducir a una frugalidad lujosa transmitida precisamente por la economía y exactitud con que la mente unidireccional y serenada por el esfuerzo y la concentración es capaz de recrear en su entorno cotidiano e inmediato un pequeño modelo del mundo ordenado y amable al que aspiramos.
Tener ahí al alcance, como punto de paso forzoso en el ajetreoso andar, un jardín es tener a la mano un fragmento de infinito, es ampliar hasta ese infinito el espacio del diario vivir al que estaremos limitados en la actual manifestación con este cuerpo y mente.
El jardín es un mandala de tamaño natural, el tamaño del mandala es el tamaño natural del jardín. Es el modelo mandala al que se puede entrar de bulto, con el propio pie. El modelo en el que se puede caminar entre las volutas de humo, de aire, de chi, de nubes, de llamas exhaladas por el dragón, en modelo en el que se puede uno deslizar por el diámetro circular del bambú, por las serpentinas sinuosidades de un cuerpo amado, por la espiral de su centro o por las laderas de una fruta... el mundo a escala en el que podemos volar entre troncos, guijarros y agua.
La grandeza del pequeño jardín consiste en que al entrar en él uno se vuelve una forma más en ese universo, una forma conciente y actuante. Al entrar y trabajar en ese mundo para transformarlo uno aspira a ser una más de las fuerzas cósmicas, un componente más, anulando la personalidad habitual y separada. El jardín reduce el universo y lo pone al tamaño de quien en él se meta olvidando su tamaño mundano.* Paralela visión es la que un estudioso occidental describió con estas palabras que son toda una lección de actitud: “Dibuja bambúes durante diez años, conviértete en bambú y después, cuando estés dibujando olvida todo lo que sabes sobre los bambúes”.
El jardín es el mundo en que ya es imposible no concentrar la mirada. Su categórica reducción, sus líneas y vectores ocultos pero sensibles llevarán nuestras energías por los cauces que a lo largo de la eternidad o del tiempo de la evolución han reducido las galaxias y toda su densidad a la sutileza de la arena, esa fina forma del tiempo que se desliza entre las manos para decirnos que en la vivencia conciente de lo pasajero está la permanencia y que en lo etéreo se halla la firmeza.
* Permítanme aquí los lectores un recordatorio erudito: el principio de fragmentariedad atribuido al arte japonés consiste precisamente en lo simbólico de representar la inmensidad universal mediante una roca, una hoja, una gota de rocío o una mosca explorando un pétalo caído.
PERMANENCIA, SUSTANCIA, MOVIMIENTO
Son la impermanencia y la insustancialidad dos características radicales de las cosas señaladas por el budismo como aviso contra el apego y dependencia respecto de estas últimas. Un cautivador juego entre las diversas propiedades de las cosas naturales se da en los jardines: el ciclo constante de creación-destrucción entre los elementos opone su dinamismo a la pesadez estática que sugieren las rocas, la condición vital y fresca de los arbustos contrasta con la arena aparentemente inanimada, etc. Si de permanenencia se trata, ahí están los jardines diseñados por Muso, llamado nada menos que El maestro nacional, quien vivió entre 1275 y 1351 y en cada uno de los muchos lugares donde vivió creó un magnífico jardín, de los cuales varios aún existen bien conservados.
VACÍO, VISIÓN Y DIMENSIONES
Hay asimismo un curioso juego entre espacios en el jardín zen, un movimiento quieto y un significado a partir de la ubicación de cada forma, y esta interacción y la posición que el visitante o meditador ocupe deberá producir en la mente una reacción tal que haga pensar en una idea cara al budismo: la del vacío. Si el jardín es una trasposición de la magnitud cósmica a la escala doméstica, habrá entonces una dislocación de las dimensiones o planos que generará una reeducación de la vista y de las formas de percepción en general (mención aparte merece el impacto visual de los jardines que se duplican en algún cuerpo de agua incorporado a sus componentes). Ha habido quienes sienten al jardín japonés como una imagen o paisaje bidimensional. Esta pérdida que se desea progresiva nos deberá llevar por la trascendencia de todas las dimensiones o planos hasta la visión plana del vacío.
Más allá de las en ocasiones complejas e incluso abstrusas técnicas e instrucciones que ha desarrollado con el tiempo esta tradición de los jardines simbólicos, nosotros podemos ejercitar este arte de las pequeñas cosas acopiando de nuestro entorno esos especímenes que la naturaleza ha ido dejando por ahí regados como al desgaire, con la misma estudiada espontaneidad* que se nos llama a aplicar en el cultivo de nuestro jardín que no es otra cosa que el cultivo del propio ser.
* La paradoja de la espontaneidad deliberada (tal vez ni haga falta decirlo) es una de las actitudes y enfoques favoritos del Zen, y es uno de los tantos rasgos y de las muchas lecciones que esa rama del budismo quiso darnos mediante el jardín japonés: la naturalidad del jardín resulta artificiosa, su artístico y riguroso diseño quiere ser una imitación de la espontaneidad con que la naturaleza hace sus diseños, la reconcentrada actitud con que el jardinero acomoda las partes es en apariencia rígida en su disciplina pero debe ser un acto libre y lírico.
rerecuadro
en letra pequeña
El punto fundamental de los jardines japoneses y, en menor grado, chinos es el hecho de que en determinada época fueron considerados como el vehículo apropiado para expresar las verdades más elevadas de la religión y la filosofía. ... alrededor del siglo XIII, cuando surgen los templos Zen (que más tarde habrían de revolucionar la arquitectura civil) paradójicamente los jardines adquieren su verdadero sentido filosófico y religioso ... de otra manera: al desaparecer aparentemente el sentido de lo sacro en el budismo con la aparición de la revolucionaria secta Zen, el jardín, convertido en vehículo de expresión de lo sublime religioso, logra despojarse incluso de este carácter para adquirir únicamente un sentido plástico, impregnado, desde luego, de una mística concepción filosófica del universo.
... los filósofos Zen trataron de aprehender la realidad cósmica en un minúsculo jardín, expresando un simbolismo espiritual mediante el uso casi exclusivo de blancas arenas, piedras y rocas cuidadosamente seleccionadas, incluyendo ocasionalmente ciertos tipos de plantas y árboles, pero casi nunca flores. Se trataba además de expresar la poesía o la pintura y reducir la naturaleza a un conjunto abstracto de rocas dispersadas plásticamente en un espacio liso, puro, con una artificiosidad casi natural. Pero este arte del jardín, que en la mayoría de los templos Zen se concentraba casi siempre en un espacio cuadrangular de reducidas dimensiones, se extendía también a los pequeños espacios que rodeaban los diversos edificios del templo, desde el portón de entrada hasta los más diversos y estrechos senderos.
Kasuya Sakai |