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EL BUSCADOR

 

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ABRIL 2007

 

 

Sólo tendremos futuro si pensamos con el corazón

(El poder de la bondad)

La anciana había dejado de comer. Estaba sola en el mundo, olvidada por todos. Se sentía tan deprimida que era incapaz de probar bocado. La sola idea de ingerir comida la abrumaba. Encerrada en su silenciosa tristeza, tan sólo esperaba la muerte.

En estos momentos entra en escena Millina. Millina era mi tía, que cada tarde se dedicaba a atender a personas sin hogar, ancianos olvidados en residencias para la tercera edad, niños abandonados, seres marginados e inadaptados, moribundos. Intentaba que se sintieran un poco mejor.

Millina se encuentra con la anciana que ha dejado de comer. Habla con ella y consigue que le explique algo de ella. La anciana le habla de sus hijos e hijas, que están demasiado atareados para ocuparse de ella. Nadie va a visitarla. No padece ninguna enfermedad, simplemente se siente agotada porque es incapaz de comer y es incapaz de comer porque se siente agotada.

–¿Le apetece un poco de helado? –le pregunta Millina.

Resulta un tanto extraño ofrecer helado a una persona moribunda; pero funciona. Con cada cucharada de helado que ingiere lentamente, la anciana recupera el color, su voz y sus fuerzas.

Es tan sencillo como ingenioso: si ofrecemos algo sabroso, fácilmente digerible, a una persona a la que le cuesta comer, conseguiremos reanimarla. Pero esta explicación es sólo parte del asunto. La solución del helado se le ocurrió a Millina porque se tomó la situación de la anciana con cariño. Porque comprendió que necesitaba no sólo comida sino ante todo cuidados, cariño, atención. Justamente lo que necesitamos todos, tanto como oxígeno. Antes que el helado, lo que la anciana recibió fue el calor de la solidaridad, y lo que hizo que sus mejillas recuperaran el color no sólo fue el alimento sino, más importane aun, la bondad que le mostró Millina.

¿Bondad? Quizá nos parezca absurdo plantearnos siquiera ese tema. Nuestro mundo está lleno de violencia, guerras, terrorismo y devastación. Pero la vida continúa justamente porque nos comportamos con bondad unos con otros. Pero no nos ufanamos de ello. Ningún periódico publicará mañana la noticia de una madre que le leyó a su hijo un cuento para que se durmiera o de un padre que le prearó el desayuno a su hija, o de alguien que nos ha escuchado con atención, de un amigo que nos ha animado, de un extraño que nos ayudó con la maleta. Pero si nos detenemos a reflexionar en ello, hallamos bondad en nuestra andadura cotidiana. Muchos nos comportamos con buen corazón sin percatarnos de ello. Lo hacemos porque sabemos que es lo correcto.

Mi vecino Nicola anda siempre muy atareado, pero nunca desaprovecha la ocasión de echar una mano a alguien. Cada vez que mi esposa, mis hijos y yo tenemos que desplazarnos al aeropuerto desde nuestra casa en el campo, Nicola se ofrece para llevarnos en coche. Luego regresa en nuestro coche, lo deja en el garaje y si vamos a ausentarnos varios días, desconecta la batería. Cuando regresamos, viene a recogernos al aeropuerto, tanto si hace un frío polar como un calor sofocante.

¿Por qué lo hace? ¿Por qué sacrifica media jornada para hacernos un favor cuando podría realizar tareas más urgentes o gratas? Nicola siempre encuentra el modo de ayudar a los demás. La suya es una bondad pura y desinteresada. Por especial que parezca, no es excepcional; por el contrario, está presente en una gran cantidad de interacciones humanas. Leemos sobre robos y asesinatos, pero el mundo continúa su marcha gracias a personas como Nicola. El entramado de nuestra vida se compone de consideración, solidaridad, servicio mutuo. Estas cualidades están tan imbricadas en nuestro quehacer cotidiano que ni siquiera reparamos en ellas.

Cuando alguien nos demuestra buen corazón nos hace bien. Piense en una ocasión que alguien tuvo un gesto amable con usted, importante o insignificante. Un transeúnte le indica cómo llegar a la estación o una extraña se arroja al río para salvarla de morir ahogada. ¿Qué efecto le produjo? Seguramente benéfico, porque si alguien nos ayuda cuando lo necesitamos, experimentamos una sensación de alivio. A todos nos gusta que nos escuchen, que nos traten con afecto y simpatía, que nos comprendan, que nos sostengan. La bondad nos salva la vida.

En el otro extremo de la relación ocurre otro tanto: ofrecer bondad nos hace tanto bien como recibirla. Si aceptamos la definición más amplia de la bondad, que expongo en este libro,* podemos afirmar sin temor a equivocarnos –y la investigación científica lo confirma– que las personas bondadosas son más sanas y viven más años, son más populares y productivas, alcanzan mayor éxito y son más felices. Están mejor dotadas para enfrentar la vida en su feroz imprevisibilidad y precariedad.

Pero creo oir una objeción. Supongamos que somos bondadosos para sentirnos mejor y vivir más años: ¿no pervertiríamos la naturaleza misma de la bondad? Ésta sería calculada y egoísta, y dejaría de ser auténtica bondad. Es cierto: la bondad deriva su propósito de sí misma, no de otros motivos. El verdadero beneficio de la bondad es ser bondadosos. Quizá más que cualquier otro factor, la bondad confiere significado y valor a nuestra vida, hace que nos sintamos satisfechos de nosotros mismos.


* Ese libro es El poder de la bondad (cuyo subtítulo es la contundente frase con que hemos titulado este artículo), publicado por Editorial Urano, en el que presenta estas ideas y propuestas prácticas. Piero Ferrucci es un psicoterapeuta italiano que fue alumno y colaborador de Roberto Assagioli, el fundador de la psicosíntesis. Fue seguidor de Aldous Huxley y editor de algunas de sus obras. Para más información sobre las nuevas teorías psicológicas y su relación con el despertar espiritual, puede leer La psicología del nuevo milenio, de Nicole Diesbach.


En cierto sentido, todos los estudios científicos que demuestran las ventajas de la bondad son inútiles en tanto que incentivo, porque el único incentivo de la bondad no puede ser otro que el placer de ser generosos y respetuosos con los demás. No obstante, estos estudios poseen una extraordinaria importancia desde otro punto de vista: nos ayudan a comprender quiénes somos. Si gozamos de mejor salud cuando nos preocupamos de otros, cuando cultivamos nuestra empatía y receptividad hacia los demás, significa que hemos nacido para ser bondadosos. Si avanzamos pisoteando a otros, si cultivamos pensamientos hostiles o albergamos un rencor permanente, no nos beneficiaremos de ello. Y si ignoramos o reprimimos nuestras cualidades positivas, es posible que nos hagamos daño a nosotros mismos y a otros. Como sostiene el psiquiatra Alberto Alberti, el amor que no se expresa se convierte en odio, la alegría que no proporciona gozo se convierte en depresión. Sí, estamos hechos para ser bondadosos.

La investigación es una herramienta útil para comprendernos a nosotros mismos, pero no la única y definitiva. La sabiduría popular, el arte y nuestra propia intuición son también muy útiles. La bondad en todos sus aspectos puede ser una extraordinaria aventura interior, que modifica radicalmente nuestra forma de pensar y de ser, y nos conduce a lo largo de nuestra trayectoria personal y espiritual. Varias tradiciones espirituales consideran que la bondad y el altruismo son la clave de la salvación o liberación. Sharon Salzberg, en su libro Loving Kindness, cita la forma en que Buda enumera los beneficios de la bondad. Si uno es bondadoso:

1. dormirá con facilidad.

2. se despertará con facilidad.

3. tendrá sueños agradables.

4. la gente lo querrá.

5. los devas y los animales lo amarán.

6. los devas lo protegerán.

7. los peligros externos no lo lastimarán.

8. lucirá un rostro radiante.

9. su mente será serena.

10. no morirá en estado de confusión.

11. renacerá en un ámbito feliz.

Los grandes poetas han visto también en el amor y el sentido de unidad que anida en todos los seres vivos la esencia de nuestra vida y nuestra mayor victoria. Por ejemplo, Dante en la Divina Comedia, después de pasar por el infierno y el purgatorio, sube al cielo y al final de su periplo, en el centro de la rosa mística, contempla a una belleza risueña, que es la Virgen, el arquetipo de la femineidad. Según algunas interpretaciones, toda la Comedia es un viaje de autodescubrimiento y la reunión de un hombre con su parte femenina, su alma perdida, donde alma significa el corazón y la capacidad de sentir y amar.

(.....)

Confío en que haya quedado claro que me refiero a la bondad auténtica. Dios nos libre de los sucedáneos: la bondad interesada, la generosidad calculada, la cortesía superficial. Y también la bondad de mala gana. ¿Existe algo más bochornoso que alguien nos haga un favor por un sentimiento de culpabilidad? Los psicoanalistas mencionan otro tipo de bondad, tras la cual hay una ira oculta: una “formación reactiva”. La idea de sentir ira nos disgusta, por lo que repriminos inconscientemente este lado oscuro, pero es una conducta falsa y engañosa, y no tiene nada que ver con lo que sentimos en nuestro fuero interno. Por último, la debilidad pasa a veces por bondad: decimos sí cuando queremos decir no, acatamos la decisión de otro porque queremos caerle bien, nos doblegamos por miedo. Una persona demasiado buena y sumisa a la postre es una perdedora.

Debemos rechazaer eso. Mi tesis se basa en que la bondad auténtica es una forma de ser genuina, fuerte y cálida. Es resultado de la interacción de varias cualidades, como el calor, la confianza, la paciencia, la lealtad, la gratitud y muchas otras.

La bondad está ligada a lo más tierno e íntimo que llevamos en nuestro ser interior. Es un aspecto de nuestra naturaleza que con frecuencia no expresamos plenamente –en especial los hombres en nuestra cultura, aunque también las mujeres– porque tememos que si revelamos esta faceta vulnerable de nuestro ser nos pueden hacer sufrir, ofender, ridiculizarnos o manipularnos; pero en realidad comprobamos que cuando sufrimos es cuando no la expresamos, y que al tocar este núcleo de ternura, nuestro mundo afectivo se enriquece y estamos abiertos a innumerables posibilidades de cambio.


EL ENFRIAMIENTO GLOBAL

Esta tarea no siempre es sencilla. Con frecuencia la cultura en que vivimos nos coarta. Se debe a que nos hallamos inmersos en un enfriamiento global. Las relaciones humanas se han vuelto más frías, las comunicaciones son más apresuradas e impersonales, valores como la rentabilidad y eficacia han asumido mayor importancia a costa del calor y la presencia humana. Los afectos familiares y los lazos de amistad se resienten y son menos duraderos. Los signos proliferan, y son especialmente visibles cuando nos afectan en lo personal, en las pequeñas catástrofes de la vida cotidiana.

... Estoy convencido de que atravesamos un periodo glacial del corazón, que se inició aproximadamente con la Revolución Industrial y continúa en nuestra era postindustrial. Las causas son múltiples: las nuevas condiciones de vida y trabajo, las nuevas tecnologías, el declive de la familia numerosa, las grandes migraciones, debido a las cuales las personas son desarraigadas de sus lugares de nacimiento, el debilitamiento de los valores, la fragmentación y superficialidad del mundo contemporáneo y el ritmo acelerado de la vida. No me malinterpreten, no añoro los viejps tiempos. Por el contrario, creo que vivimos en una época extraordinaria. Si deseamos cultivar la solidaridad, la bondad y la consideración a los demás, hoy disponemos de más conocimientos, instrumentos y posibilidades que nunca. Con todo el periodo glacial es preocupante...

Aunque no cabe duda de que somos altruistas, a la vez somos la especie más cruel del planeta. ... No obstante, un punto de vista unilateral y rígido de la naturaleza humana es tan falso como peligroso. La imagen de unos humanos primitivos luchando por sobrevivir mediante la violencia y la opresión es engañosa. Si nuestra larga evolución ha prosperado se debe también a que hemos sido bondadosos. Cuidamos de nuestros hijos durante más tiempo que cualquier otra especie de mamíferos. La solidaridad de los humanos ha facilitado la comunicación y la cooperación. Así es como nos hemos enfrentado a la adversidad, como hemos desarrollado nuestra inteligencia y nuestros múltiples recursos. Ahora, en el siglo XXI, una persona bondadosa no es un mutante extraño en un mundo violento, es un ser humano que sabe sacar el mejor provecho de las facultades que nos han ayudado a lo largo de nuestra evolución.

Aún no sabemos quiénes somos realmente. La versión definitiva no existe todavía. Somos capaces de los crímenes más horrendos y de los actos más nobles. Ninguno de estos potenciales ha sido determinado con la suficiente claridad para permitirnos definirlo como un rasgo dominante de la naturaleza humana.

Todo depende de nosotros. Es una elección que cada uno debe hacer: tomar por el camino del egoísmo y el abuso o por el de la solidaridad y la bondad. En este apasionante pero peligroso momento de la historia de la humanidad, la bondad no es un lujo sino una necesidad. Si nos tratamos mejor unos a otros, y a nuestro planeta, quizá logremos sobrevivir, incluso prosperar.

Es preciso comprender que el microcosmo es un macrocosmo: cada persona es todo el mundo. Cada individuo, en una forma sutil y misteriosa, encarna a todas las personas. Si aportamos cierto consuelo y bienestar a una sola persona, podemos considerarlo una victoria, una respuesta silenciosa, humilde, al sufrimiento y dolor del planeta. Es el punto de partida.

La bondad y la buena voluntad de todos constituye un recurso energético equivalente al petróleo, el agua, el viento y las energías nuclear y solar. Sería tremendamente útil (ya lo es) prestar mayor atención a este recurso, hallar la forma de evocarlo y cultivarlo, organizar cursillos, enseñarlo en las escuelas, promoverlo en televisión, difundirlo a través de anuncios, volverlo una moda.

 



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