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Julio 2010

 

 

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El ritual tántrico
Pierre Bédard

Mañana mil personas morirán por razones políticas idiotas, otras diez mil por una hambruna que puede evitarse, diez millones conocerán su primer orgasmo y estarán más despiertas, mientras que otro millón vivirán una experiencia espiritual mayor y se transformarán profundamente.
Cada uno es libre de percibir el mañana como positivo, negativo o neutro, pero seamos conscientes de algo: la elección hecha es el umbral de una puerta. En el primer caso sabremos cruzarla, en el segundo nos quedaremos sentados quejándonos de su altura o su forma y en el tercer caso observaremos pasivamente evolucionar a los demás.
La vida es admirable, el humano es espléndido y la deidad que muy pronto seremos es indescriptible; nada de lo que precede es destructible ni está en peligro; nosotros solos somos los creadores de mañana, entonces será perfecto. Ésta es la única visión que nos permite tener acceso al bienestar primero y después a su quintaesencia: la iluminación. Fuera de esta perspectiva y de los poderes y responsabilidades que confiere ningún ritual tántrico tendría sentido y su práctica sería profanadora.
En nuestro mundo, el sentimiento de unidad brotará comúnmente del reencuentro y de la fusión de dos o más polos o elementos. Ahora bien, aun cuando uno de éstos sea a veces de orden espiritual, la referencia arquetípica de polaridades complementarias es evidentemente en el humano la interacción sensual. Por desdicha el espíritu occidental, obsesionado con el análisis y el conflicto, ha falsamente percibido una oposición entre camino sensual y práctica meditativa.
Al contrario de ser dual, la vía consistirá para algunos en hacerse sensualidad consciente con el fin de que el espíritu encuentre ahí un marco de encarnación/manifestación, mientras otros se harán espíritu para que los sentidos, siempre en busca de verticalidad, se manifiesten y engrandezcan ahí. Cada quien conservará la mirada resueltamente puesta en la unidad y el mundo será percibido como un poco mejor a cada instante.
Desde el punto de vista tántrico no existe en nosotros energía sexual o espiritual, existe una percepción sexual o espiritual de la energía. La pulsión de meditar o de hacer el amor emanan esencialmente de un deseo de retornar/reencontrar lo que creemos perdido, es decir, un estado permanente de serenidad.
Por otro lado, lo relativo a la sensualidad tántrica tiene sentido sólo en el contexto del tejido de una identidad espiritual. Verla como una vasta orgía equivale a sostener que el judaismo es una licencia para matar palestinos, que el cristianismo consiste en tomar votos de castidad fomentando la pedofilia o que el Islam es lanzar aviones contra torres. Estos hechos ocurren pero por sí solos no explican gran cosa. El Tantra no es una escuela sensualista en el sentido occidental sino más bien un reconocimiento del valor de la encarnación y de su dimensión sensorial en el proceso de autodeificarnos.
Por eso, mediante una reactivación de los mismos arquetipos de donde nacieron Gaia y Urano, encontramos en los Tantras más tradicionales una visión en la que se remanifiesta a cada instante el boceto sobre el cual dibujamos nuestra realidad del mundo. El origen de esta infraestructura es la interacción sensual entre dos fuerzas complementarias con frecuencia designadas como Shiva y Shakti. Sin embargo, en oposición a los sistemas denominados revelados, cada uno entre nosotros, a cada instante de su vida, es no solamente el surfista de esta unión inicial, sino también la Shakti o el Shiva de un mundo más fundamental. No existe, por ello, para cada uno de los hombres más que una sola compañera posible: la Shakti, y cada cuerpo de mujer sin discriminación alguna es una puerta hacia ella. Lo recíproco se aplicará a todos los hombres en tanto que Shiva.*

* La sicología, sobre todo la que trata de las relaciones conyugales, valida esta visión. Y constata que en la mayoría de las parejas reconstituidas los cónyuges tenderán a buscar en el otro las características de su ex, si no es que las de su madre o su padre. Aparte del apego a lo conocido, parece que en el curso de una vida tenemos un solo compañero manifestado en varios cuerpos. Basta con trascender la visión froidiana y regresar al arquetipo fundamental para encontrar ahí a Shiva/Shakti.

De ese modo todo acto sexual se vuelve sagrado y a fuerza de unirse, gracias al compañero del momento, a la deidad uno mismo se convertirá forzosamente en ella. La interacción sensual merece entonces ser celebrada ceremonialmente.
Ya que el rito sensual forma la trama milenaria en donde crecieron todas y cada una de las prácticas ulteriores, el número de sus ramas es inmenso. Habiendo surgido mucho antes de la noción de codificación y sus castrantes funciones, el imaginario y la especificidad de cada grupo son aquí una condición esencial al servicio de su camino.
En la época monarquista e incluso antes, los bailes con máscaras servían de exutorio a este tipo de pulsiones arquetípicas. En cuanto la duquesa se ponía la máscara haciéndola anónima y se descubría los senos, ella no se convertía en otra persona. Al contrario, ella dejaba caer los papeles a los que la condenaba su nacimiento y se abandonaba por fin a su naturaleza de Shakti.
Entonces, si todo es de la naturaleza de Shiva/Shakti, ¿cuál es la utilidad de rituales tan ajenos a nuestra cultura para afirmar una cosa tan evidente? Además, si todo compañero sexual es la deidad revelando la nuestra, ¿el cónyuge, cuyas fortalezas y debilidades conocemos y con el que tenemos, antes que nada, relaciones de hábito, puede jugar este papel? Como siempre, volvamos, ante esa pregunta, al origen de las cosas. Un ritual es el arte de develar lo sagrado potencial en cada una de nuestras proyecciones/percepciones. Shiva/Shakti están en todo instante de manera arquetípica ahí y en nosotros, ¿pero somos siempre conscientes de esto? ¿Incluso cuando lavamos los platos? Ahora bien, todo ritual serio tiene precisamente como función devolver un conocido inconsciente al nivel de la experiencia inmediata. Entonces sí, sin duda, el/la compañero/a cotidiano/a puede jugar el papel, pero con toda seguridad no es ésa la entrada ideal a un ritual semejante porque nada destruye mejor lo sagrado que el hábito. Por otra parte, la proximidad de este “cónyuge”, si es libremente elegida, no debería excluir la esencial presencia de otros celebradores.
Por último, el ritual tántrico es en el sentido más propio del término una magia. En efecto, pone en acción fuerzas en los orígenes mismos de la vida y sostiene su acción por la poderosa energía liberada mediante la apertura de la más universal de todas las fantasías: la sexualidad percibida como un rito sagrado. Ahora bien, la magia no se trata de improvisar, todo lo contrario; tiene leyes muy rigurosas. Entre ellas, la de los números muestra que las cifras pares son la clave de dualidades que no se trascienden sino a costa de grandes sufrimientos (entre los cuales la crianza del hijo de la pareja no son pequeñeces).
Todo ritual, entonces, evitará estas combinaciones numéricas y fijará como número mínimo para la meditación la soledad del ermitaño solo en su mandala. En cuanto a la “creación”, comienza en el tres, como atestiguan todas las cosmogonías basadas en las diversas triadas sagradas de nuestras culturas. Fiel a este espíritu, la vía sensual tendrá como número mínimo de participantes tres personas. Esto, claro, no es obligatorio o una tarea para todas las noches, como creían en la época de las comunas, sino más bien un momento privilegiado asociado a la práctica.** Pero para tranquilidad de los tímidos, los acomplejados y los decentes, es mucho más fácil para ellos desnudarse en un ritual con veinte personas desconocidas que hacerlo en un grupo de tres amigos.

 

** La mayoría de libros sobre Tantra muestran imágenes sensuales entre dos y sólo dos compañeros, en flagrante utilización de lo sagrado con fines de marketing de lo sensual y un medio de sublimar o de esconder su propio voyerismo o adaptarlo socialmente; pero esos libros violan la ley fundamental de la superación de la dualidad.

En la familia de los Tantras sensuales existen tres grandes grupos de práctica:
• Los ritos tipo banquete con el fin de despertar los sentidos y recordar su inmenso poder. Tal experiencia no es propiamente dicho, de la naturaleza de la magia ritual pero forma un requisito esencial entre las culturas y poblaciones más tímidas. Puede volverse tántrica en la medida en que la sacralización se realice adecuadamente. Fue aquí donde los grupos de Osho Rajnesh realizaron maravillas en los años 60 y 70.
• Los ritos de ofrenda, los cuales están, por el vehículo de diversos chamanismos, en el origen de la mayoría de los rituales religiosos practicados aún hoy. Estas prácticas están comúnmente asociadas a ritos de poder y en efecto constituyen la punta de lanza.
• La tradición orgiástica propiamente dicha constituye, desde la aparición de nuestra especie hasta nuestros días, una constante de la evolución humana. Esta práctica vio su edad de gloria con los cultos de Dionisio y entre los altos iniciados del orfismo; sin ella la civilización griega no habría sido jamás lo que fue.
Veamos sucintamente cómo estas tradiciones podrían actualizarse en la práctica y en la vida de cada uno de nosotros.

El Banquete
En la época de la prostitución sagrada, durante el milenio del florecimiento dionisiaco e incluso durante la decadencia romana, se sabía con toda precisión cómo la tradición sensorial evoca sin discriminación a todos y cada uno de los sentidos. Además, el ritual iniciático de varios Tantras discretos menciona que en lo sucesivo toda acción deberá ser llevada a cabo “más allá de la atracción y de la repulsión” y esto, sin duda, constituye la visión más difícil y la que tiene los resultados más rápidos .
En un lugar cómodo, que bien podría ser un claro en el bosque, se reúnen los practicantes que tienen como fin común celebrar por la vía de los sentidos el universal e inmediato proceso de creación. Invitan a todas las formas conscientes no encarnadas que emanan del lugar, de la práctica o de cualquier tradición. Estos participantes por derecho propio son con frecuencia denominados en Occidente “espíritus”. Excelente, pero tan nobles intenciones no bastan; la activación sensorial no podría hacerse al azar, todo lo contrario. El orden en que este despertar ocurre constituye un aspecto esencial de la activación de la magia de todo ritual y de su enfoque hacia el fin deseado. Aunque numerosas permutaciones sean posibles aquí según la escala utilizada y el efecto deseado, contentémonos con adoptar la escala de base utilizada en la mayoría de estos Tantras, la cual sigue la escala de densidad natural de los elementos. Este ciclo, por su adhesión al orden “natural” del mundo, es sagrado y el simple hecho de respetarlo confiere ya a nuestra práctica altura y magia.
Así, veremos primero al elemento tierra, el más pesado y situado en la parte baja del cuerpo, es decir en el sexo, manifestarnos un pedazo del mundo por intermedio del olfato. Con el fin de atraer y encantar a nuestros amigos los espíritus, uno se dejará poseer por ellos y después concentraremos toda nuestra atención en los olores que nos rodeen con el fin de permitir a estos invitados tener la experiencia de la dimensión olfativa de nuestra vivencia. Evidentemente no nos referimos a perfumes, que tienen justamente como objetivo encubrir los olores naturales; al contrario, hablamos de reconocer el olor del cuerpo y su dimensión erótica.
Una vez hecho esto y con el fin de apaciguar el agua, la cual asentada en nuestro abdomen es fuente de toda vida y de la cual el sentido de apropiación será evidentemente el gusto, nos prodigamos alimentos en abundancia. El olor, el sabor y el color de éstos serán sabiamente dispuestos y percibidos como alimentos apropiados para las deidades que somos. Estos ágapes, habiendo sido debidamente investidos por los espíritus invitados a la fiesta, adquirirán así un valor eucarístico. Un banquete ritual semejante será todo menos vegetariano y “sano”.*

* Esta no es una “desviación” de tipo occidental. Aun en los más constipados monjes tibetanos existe en la vida cotidiana un ritual milenario durante el cual se consume un pedazo de carne cruda y un vaso de alcohol de arroz de un contenido etílico que lo haría prohibido en nuestros países.

El pecho, la cavidad animada por el fuego de todas las compasiones y sin cesar abierta sobre el mundo, se consagrará a los sonidos en su universalidad. Aquí se aplica admirablemente bien la práctica de tomar el control del tsunami de nuestras fantasías y ponerle un arnés para volverlo una fuerza a nuestro servicio. La forma ideal consiste en vivirlas o en el peor de los casos compartirlas mediante la palabra (frecuentemente porque éstas evolucionan). No debemos hacer aquí nada que conduzca a la inhibición de un detalle porque se correría el riesgo de que se hiciera global. La focalización última de sacralización del sonido será evidentemente sobre los murmullos de placer, que durante el ritual dionisiaco eran considerados música.
La mirada, testimonio del aire y de su extrema fluidez, permanecerá, más allá de las decencias y los egos de belleza (las dos caras de una misma moneda), lo más periférica posible. Para nada se trata aquí de mirar de cerca la perfección de un seno o la dimensión de un pene sino más bien de acoger un medio de creación en el instante preciso en el que éste se activa. La visión va mucho más lejos de la función elemental del ojo; es por esto que en el Popol Vuh se designa con el vocablo “doble vista” a los shaktis de las deidades locales. La mayoría de los fenómenos psíquicos descritos arriba se dividen entre la visión y el sexto sentido. Deberemos entonces, durante el ritual, dejar al ojo libre de aprehender el ritual como mejor le parezca y controlar el miedo de lo racional de ver el mundo así escapársele.**

** Siempre en relación con la visión y en la más pura tradición de los sesentas, el uso de sustancia psicodélicas puede ser útil al inicio de una búsqueda occidental, la cual confirmará cuán diferente puede ser el mundo de la imagen impuesta por el grillete cultural. Esta experiencia no debe justificar el hábito a un producto externo a uno mismo o el desafío a una ley cuyo sentido más vale poner cara de que comprendemos y creemos. Timothy Leary emitió el principio de que los psicodélicos son herramientas de desarrollo de la conciencia y no accesorios para la diversión.

Los participantes permanecerán conscientes del sentido dominante para cada uno de ellos a cada instante del banquete e intentarán además estimular el que sientan menos utilizado. La finalidad será evidentemente mantener en perfecto equilibrio los cuatro sentidos localizados en un órgano preciso del cuerpo. Así, el tacto podrá pronto ser aprehendido en toda la amplitud de su función de sentido/síntesis. De este equilibrio se manifestará el quinto elemento, cuya sede natural es la vacuidad en general y la nuestra en particular. Llegado este punto, paradójicamente, muchos de los participantes juzgan de utilidad el vendarse los ojos con el fin de preservar no su anonimato sino el del otro. Uno no se une a una neurosis o a un ego sino más bien a deidades que nos harán semejantes a ellas.

Los rituales de ofrenda
Es en este punto preciso donde se devela la esencia más fundamental del chamanismo, y el Tantra es una de las principales formas del chamanismo. Esta tradición, en el origen de todas las que conocemos, vive primero y antes que nada sobre una convicción: la de que existen dos planos de realidad separados uno de otro y sobre una angustia, que es que éstos nunca logran comunicarse entre ellos. Para validar uno y evadir el otro, el chamanismo utiliza en dosis variables a) la agudeza sensorial para percibir un plano que se presume que es “otro” y b) rituales de ofrenda con el fin de ganarse éste y así granjearse sus favores.
La mayoría de los rituales de ofrenda se centran en el cuerpo de una o varias mujeres. Esto de ningún modo ha de atribuirse a una jerarquía sexual cualquiera, y si así fuera, serían las mujeres, gracias a la sacralización de la cual gozan en estas circunstancias, las que tendrían “la ventaja del terreno”. El hecho se debe más bien a que la mayoría de los rituales iniciáticos tántricos se basan en lo receptivo. Ahora bien, los órganos genitales femeninos constituyen un símbolo penetrable y por tanto perceptible y atractivo para los espíritus. Además este aparato sagrado es percibido, por medio de los juegos de la maternidad, como la sede arquetípica de transmutación de proteínas, vitaminas y otras sustancias en vida humana consciente y por lo tanto en potencial de deidad. Desde el punto de vista de los seres no encarnados y por lo tanto ignorantes del proceso de gestación, una alquimia semejante constituye una forma de magia superior. Por último, los órganos y posibilidades femeninas, habiendo sido formados por la evolución mucho antes de la síntesis de la hormona-política, podemos asumir que han influido sobre el conjunto de la personalidad. Así, han hecho del cuerpo de las mujeres el objeto último de atracción para estos aliados de otros planos que son los espíritus y constituye para ellos la perfección de la materia y de sus magias.
No obstante, receptivo no es sinónimo de pasivo. En la calle, a las 4 de la mañana, mientras los primates superiores se entregan a un sueño relajante, ¿quién lanza la señal ensordecedora de inicio de las actividades sensuales, el gato o la gata? Esta repartición de tareas no está limitada a los felinos, en la sabana africana son nuestros primos chimpancés los que llaman a la reunión sensual. La mujer iniciadora es además un símbolo constante a lo largo de toda la galaxia esotérica (para tranquilidad de los machos, en etapas avanzadas de práctica gran número de rituales están bajo el signo de la testosterona).
Recordemos sobre todo que ofrecer no consiste aquí en privarse de un placer en beneficio del otro o de los dioses sino compartirlo gozosamente con ellos. ¿Quién cree que en un festín el invitado tiene que ayunar? Así, contrariamente a la tradición de los carniceros, uno puede arder de placer y una aproximación tal no es morir sino engrandecerse. Además, uno no se lanza armado hasta los dientes al asalto de la ignorancia sino más bien desnudo a plena luz.
La preparación ritual de una mujer es sacralizar su cuerpo desnudo de todo artificio, joya, maquillaje, desodorante o cualquier otro producto destinado a engañar los sentidos. Es ella quien por acción de sus placeres constituirá la ofrenda sagrada destinada a fascinar a las diversas conciencias invitadas.
Siendo la convicción que existen aquí varios planos separados de realidad, los cuales se han relacionado por acción del ritual, al final de éste uno tendrá mucho cuidado de no romper el contacto. Uno creará incluso lugares, objetos o estructuras sacralizados, los cuales permitirán restablecer rápidamente la relación en los futuros reencuentros. La ofrenda a los espíritus podrá ir seguida de un banquete donde éstos serán convidados en el papel de invitados de honor.

Orgiasmo
Este ritual propiamente dicho es sagrado y su práctica es esencial al mantenimiento del continuum espiritual de nuestra especie. Podemos incluso suponer que en estos tiempos de hundimiento de las dictaduras morales monoteistas, jugará muy pronto la función de faro permitiéndonos entrar por la puerta serena de la práctica sensual. Desde hace milenios el poder se construye mediante la experiencia acumulada de millones de practicantes; en tales circunstancias, es evidente que la reserva iniciática se impone. Aunque ciertos detalles no pueden ser expuestos, podemos de todas formas revelar sin riesgo de profanación el marco y ciertas acciones.
Aunque sea muy físico y profundamente encarnado, este ciclo ritual se sitúa, tanto por sus preocupaciones como por su metodología, en la familia de los grandes Tantras meditativos (definidos como tibetanos). Aquí, mientras más dualidad, es decir espíritus exteriores a nosotros, más “bien” por revelar o estados superiores por alcanzar, porque esto supondría que en oposición existe un mal y estados inferiores. Nada más fuera de la unidad que la necesidad de una gigantesca deconstrucción de limitaciones ilusorias con el fin de manifestar esta deidad encarnada que ya somos.
Para esto el ritual exige de inicio la presencia de un mandala ya sea arquitectónico, a menudo dibujado o simplemente visualizado. Éste funcionará como psicocosmograma adoptando a la vez la forma simbólica de uno mismo, de nuestros sentidos y del mundo, todo concebido como una sola cosa. De este modo el practicante no podrá olvidar que mediante su ritual, uniendo cada uno de sus sentidos, es la humanidad entera la que él une y en la que medita.
En este punto, los participantes deben haber superado la tendencia cultural tan común en Occidente de personalizar según los criterios emocionales lo que para nada debería serlo. Aún más: no identificarse con la identidad del otro y su apariencia permite abandonarse mejor a la suya y por lo tanto mantener su atención sobre su propia construcción de identidad espiritual.
Cada uno entrará en la forma mágica por la puerta situada en cada uno de los puntos cardinales del templo/mandala. La elección de cada una de ellas sobre las otras habrá sido develada y explicada durante una de las prácticas preliminares y confirmada por el ritual iniciático. Habiendo así franqueado un primer umbral y ofreciendo a su guardián simbólico (no en sacrificio sino más bien compartiendo) su erotismo, su fuerza, su compasión y su intuición, el practicante se encontrará desnudado de estos atributos sociales. Así será liberado de los varios grilletes de conformidad colocados sobre él desde su nacimiento y “por su bien” por quienes lo rodeaban. Libre de identidad profana y quizá un poco desconcertado, él se sabrá en lo sucesivo capacitado para manifestarse en el nivel de poder y de conciencia que desee. Este ciclo engendra a veces, en algunas personas, una experiencia de la vacuidad que es prima cercana de la de la muerte y una disolución semejante es un excelente signo de progreso.
En este tiempo quien dirige la celebración habrá convocado debidamente a los espíritus, entidades y egregores vinculados a la deidad arquetípica celebrada en el ritual. Son ellos quienes, a través de los cuerpos presentes, serán los verdaderos participantes, el objeto de nuestros deseos, expectativas y pulsiones. Estos invitados ya no emanan aquí de arroyos, templos o prácticas sino más bien de nuestro propio inconsciente profundo. Gracias a estos visitantes que nosotros somos en nosotros mismos, procedemos literalmente a una concepción arquitectónica de nuestro propio consciente. Creamos, con materiales infinitamente preexistentes, un prototipo deico. Éste es el segundo secreto del Tantra: todo está perfecto, sagrado y en nosotros desde siempre; basta con disponer de ello.
Respetando la esencial discreción que debe rodear toda iniciación seria, sería inapropiado extender la explicación de este ritual. Sepamos, sin embargo, que estas tradiciones no pertenecen a Oriente; están disponibles desde el día en que uno los acepta como vía privilegiada de liberación. El adagio recuerda que cuando el alumno está listo aparece... ahora bien, el maestro aquí somos nosotros mismos en nuestro aspecto deico y en adelante jamás deberemos someternos a una autoridad distinta a ésta.
Por último, podría suceder que por una razón de salud, aislamiento o algún otro motivo que no sea la exclusión del conformismo o del puritanismo, y a pesar de honestos intentos de participar en estas prácticas, una persona no pueda practicar alguna de las maneras descritas arriba. Esto no implica, sin embargo, que las puertas del Tantra sensual estén cerradas para él, todo lo contrario. Todos y cada uno de los esoterismos de todo el mundo valoran la visualización casi igual a lo “vivido”. Así, existen, en última instancia, los cultos discretos, una familia de prácticas en las que el meditador, por medios sensuales, saca de sí mismo las diversas gratificaciones necesarias. Asumiendo el papel de celebrante, visualizará, según la vía elegida, que asiste a un banquete de ofrenda al “otro plano” o a un ritual orgiástico. En este último caso deberá actualizar en su imaginario no sólo el ritual sino también el mandala que lo sostiene y lo sacraliza.
El término masturbación, en su definición occidental moralizante, es inapropiado en este contexto. En estas circunstancias no se trata de apaciguar una energía sagrada sino más bien de utilizarla para la trascendencia. En este caso la meta orgásmica es secundaria y debería ser retenida el mayor tiempo posible, lo esencial consiste en meditar serenamente en la plataforma preorgásmica. La meta consiste en aprender a amarse en lo sensual reconociéndose como compañero perfectamente válido en su propia ternura, sus diversas pasiones y sobre todo sus éxtasis. Sin esta aceptación de si mismo en primer grado, ningún ritual serio podría navegar bien. Esta práctica puede incluso realizar la obra imposible en el monoteísmo de casar monacato y sensualidad.
Cuando hayamos vivido estas agradables experiencias, sabremos que el trabajo de conciencia sensual se ha emprendido. El reconocimiento del estado postorgásmico como experiencia de iluminación muy pronto sepultará nuestros últimos puritanismos. Es entonces que se inicia la Gran Obra.
El Prajnaparamita o “Sutra del Corazón”, libro final de la sabiduría búdica y punto de unión con el tantrismo, nos revela que no existen “ni ignorancia ni fin de la ignorancia… ni vía ni sabiduría, ni logro ni ausencia de logro. Porque los Boddhisatvas no buscan ningún logro, ellos se apoyan y permanecen en la profunda perfección de la sabiduría; su espíritu no conoce ni la obstrucción ni el miedo. De esta manera, ellos trascienden todos los errores y alcanzan el Nirvana. A semejanza de este precioso texto de sabiduría, practiquemos con convicción, energía y gozo, conscientes de que más allá de la presencia siempre un poco arbitraria de los espíritus, nuestro inconsciente nos acompaña en cada instante y que una parte de éste es colectivo. Por virtud de este poderoso medio, la humanidad entera participa en nuestros ritos.
Recordemos que en estas experiencias sucede lo mismo que en el orgasmo: no sólo la peor forma de lograrlo es buscarlo sino, además, el hecho de no precipitarse al primer llamado puede reforzar la inevitable experiencia. Sobre todo evitemos la mediocridad del esfuerzo, que en Tantra es siempre un condicionamiento conductista, y nosotros somos deidades en eclosión y no perros en adiestramiento.
La compasión consistirá en lo sucesivo en liberar a los demás de las culturas represivas de las que en otro tiempo fuimos cómplices. El niño puede actuar sobre su mundo y alegrar a su madre siempre y cuando primero acepte nacer; de igual modo nosotros debemos primero cortar el cordón umbilical cultural antes de emerger a la conciencia sagrada de la sensualidad. Desde ese momento, la liberación de uno solo de nuestros sentidos puede desencadenar una conmoción salvadora por el bien de todos. Tal es la naturaleza de la compasión en su aspecto sensual y nuestro poder ahí es inmenso.

 

El equipo al que pertenece el autor enseña alegremente las diversas vías del Tantra ahí donde la necesidad de los demás lo solicite o dónde nos lleve el viento. Pueden ponerse en contacto con nosotros en la dirección electrónica  www.tantras.org

 

 

 

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