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Julio 2010
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Moisés
Pablo de Rokha
Acero y sombra, desde María, la muerta,
echó su terror sobre las tribus heroicas, y clamaron con clamor
macabro, por las granadas y las higueras y las sandías,
hasta que brotaron las plantas de las agua de la abundancia,
del corazón de la piedra tremenda,
y descendió, entonces, Aarón desde la cumbre a la muerte,
en soledad de Zin, entre desiertos, entre costumbres,
entre sepulcros a la historia.
Bramaba ya, enroscada a la bandera, desde el origen,
y su oro ardía y crujía sobre el Israel indómito,
a la manera del dios prohibido y clandestino de los místicos,
a la manera de un sol abierto, mitad a mitad de la noche,
a la manera de un puñal o de un laurel o de un trigal, crucificado
entre dos relámpagos;
por eso aquellos mismos, los mordidos de las víboras,
sonaban, cuando miraban a la serpiente ardiente, atronando
pabellones sanguinarios;
y eran tremendos los muertos, mirándola,
los desorbitados, los iluminados, entre el vértice y la atmósfera
del país, rugiendo, sus grandes caballos sin límite,
la arboladura de sus cabelleras estupendas, incendiándose,
el violín de cristal de los histéricos,
los santos cavados de horros, en el confín de la raza judía,
la crisis cíclica, el hambre, el pueblo, el hambre, el hambre,
expresándose en religiones, el hambre,
terrible y rugiente,
sonando su cascabel amarillo de alaridos.
Había hecho pelea ya mucha el pueblo de Dios, degollando,
y eran tronchados los escudos de Og, rey de Basán,
y el Cananeo y el Amorreo yacían a cuchilla.
desguarnecidos,
cuando Balaam, solo, entre dos murallas, clamaba:
“¿qué te sucede? ¡Anda!, porque ti tendría las hachas, te mato,
¿Entiendes? ¿Me comprendes?”
“No”, contestó la burra,
y el ángel de Dios emergió con la espada desenvainada
frente a frente al capitán atónito.
Desnudos y entrelazados el príncipe y la hermosísima,
bajo un gran collar colosal de jóvenes ahorcados,
cara a cara al sol de los hebreos,
en el corazón y medio a medio de la noche;
ella, morena era y fina, terrible y ardiente, como la paloma
de los desiertos acerbos del Génesis,
luz y pescados, contra la botella de vino del pecho y poesía
en las rodillas cristalinas de madianita, para el amor ya madura;
entre el diamante trizado del alba, adentro,
Zimri y Cozbi, temblando y sangrientos, como dos capullos
de oro o de barro,
con la cuchilla del sacerdote clavada en las entrañas.
Soberbiamente, tinajas, panales, espadas de vidrio, las hijas
de Salphaad sumaron, rugiendo,
encadenadas a la tradición hebrea,
acumulando los andrajos antepasados, en la vida cívica.
Copioso y sonoro, el árbol de los ritos judíos
abría su liturgia, la catedral esotérica y sellada del régimen
político, la tenaza, la cadena, el mito, la mazorca,
gritando los andrajos del pueblo;
fue Josué, pues, consagrado, por santo humano, jefe de naciones;
el escorpión tronador del ceremonial, arrastrándose,
llenaba la materia mental, con la ilusión de las fórmulas y las
cábalas, y estaban las masas hinchadas de mitología.
Sangre, religión, muerte, gargantas y trompetas,
la guerra sagrada, el degüello de Dios relampagueando, los gritos,
los muertos, y las hembras preñadas de Madián, sollozando,
encima de los asesinados, que manaban dolor y
terror en la política,
era el enorme Israel de Moisés, entonces.
“Contra los agoreros y los adivinos y los hechiceros, los mágicos,
los jureros falsos, los que hablaron en sueños con los muertos,
contra quien se ayunte a bestia,
contra el que comiere sangre de buitre y camello,
cerdo, conejo o águila,
contra el pederasta y el incestuoso y el onanista
contra el gran idólatra, subversivo y estupendo, inventor del orden
del hombre revolucionario,
apedreadura de la opinión pública”;
después, ascendió Moisés, frente a frente de Jericó,
a la montaña de Nobo,
y Jehová le mostró Galaad, hasta Dan, todas las tierras,
y las tierras inmensas de Neftalí y las tierras inmensas de Manasés
y las tierras inmensas de Ephraim, y Judá, y las vegas soberbias
de Jericó y Soar…
y díjole: “He ahí el país que prometí a Abraham, míralo”;
entonces murió y lloró, fue llorado, y lo enterraron en Bethpeor,
la tierra extraña,
y lo lloraron, y lo lloraron, a Moisés, años de años de años,
y nadie, nunca, vio su sepulcro, y lo lloraron, con llanto amargo
de cítaras y cantigas funerales,
y lo lloraron, a Moisés, años de años de años,
porque tenía ciento veinte años
y estaba fuerte y triste y grande, y tenía oro en la mirada
y la palabra,
echando espanto, y no se levantó profeta, de varón y mujer nacido,
tremendamente,
a la manera de Moisés, por los siglos de los siglos.
Pablo de Rokha (Carlos Díaz Loyola), nació en Curicó, Chile, en 1894 y murió en 1968. Este poema suyo del que presentamos un fragmento se publicó originalmente en 1937.
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