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Julio 2010

 

 

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Dos notas de la enseñanza de Gurdjieff

Los símbolos más simples son
                                                   =        ∆         □
           
       
y los números 2, 3, 4, 5 y 6, que los expresan, poseen un significado definido y claro con relación al desarrollo interior del hombre. Indican los diferentes estados del camino de la autoperfección del hombre y del crecimiento de su ser.
En su estado natural, al hombre se le toma como una dualidad. Consiste únicamente de dualidades, pares de opuestos. Todas sus sensaciones, sus impresiones, sus sentimientos, sus pensamientos, etcétera, están divididos en positivos y negativos, útiles y perjudiciales, necesarios e innecesarios, buenos y malos, agradables y desagradables. El trabajo de los centros se desarrolla bajo el signo de esta división. Los pensamientos se oponen a los sentimientos, los impulsos del movimiento se oponen al deseo instintivo de quietud. En esta dualidad se producen todas las percepciones, todas las reacciones, toda la vida del hombre. Cualquiera que se observe a sí mismo, aunque lo haga solamente un poco, puede advertir esta dualidad en su vida.
Pero esta dualidad parece funcionar alternada. Lo que hoy es una victoria mañana es una derrota; lo que nos domina hoy se convierte en algo subsidiario y subordinado al día siguiente. Todo ocurre en la misma forma mecánica, siempre ajena a la propia voluntad, y nunca lleva al hombre a un objetivo. La comprensión de esta dualidad en sí misma comienza cuando uno se da cuenta de la mecanicidad y cuando percibe la diferencias que hay entre aquello que es mecánico y aquello que es consciente. Esta comprensión debe comenzar con la destrucción del autoengaño, porque el hombre común vive engañándose a sí mismo, y considera que hasta sus acciones más mecánicas son intencionales, obra de su voluntad y conscientes. Cree que es una totalidad, una integridad.
Una vez destruido el autoengaño, el hombre empieza a ver la diferencia entre lo que es mecánico y lo que es consciente. En esta forma se origina la lucha interior para obtener una consciencia plena en la vida y para subordinar lo mecánico a lo consciente. Para logarlo, el hombre empieza con el anhelo de tomar una decisión definitiva, cuyos motivos son conscientes, y va contra el proceso mecánico que se desarrolla en él, conforme a las leyes de la dualidad. La creación de un tercer principio viene a ser para el hombre la transformación de la dualidad en trinidad.
Al fortalecer esta decisión y al llevarla constante e infaliblemente a todos aquellos acontecimientos en los que antes actuaban los choques mecánicos y accidentales, y que también daban resultados accidentales, el hombre produce una línea de resultados en el tiempo, y esto constituye la transformación de la trinidad en el cuaternario. La siguiente etapa es la transformación del cuaterno en el quinterno, y es la construccción del pentagrama, que no tiene uno sino diferentes significados, aun con relación al hombre. Y de todos estos significados el hombre aprende, ante todo, que se encuentra más allá de toda duda, y que tiene relación con el trabajo de los centros.
El desarrollo de la máquina humana y el enriquecimiento del ser comienzan con una nueva y desacostumbrada función de –justamente– la máquina. Nosotros sabemos que el hombre tiene cinco centros: el del pensamiento, el de las emociones, el del movimiento, el del instinto y el del sexo. El desarrollo predominante de cualquier centro a expensas de los otros produce un tipo de hombre sumamente unilateral e incapaz de un mayor desarrollo. Pero si el hombre consigue armonizar el trabajo de los cinco centros, entonces cierra el pentagrama dentro de sí mismo y se convierte en tipo acabado del hombre físicamente perfecto. El funcionamiento pleno y adecuado de los cinco centros los unifica con los centros superiores, los cuales entonces introducen el principio que falta y colocan al hombre en contacto directo con la consciencia objetiva y el conocimiento objetivo.
Entonces el hombre se convierte en la estrella de seis puntas, o sea que queda encerrado dentro de un círculo de vida independiente y completa en sí misma, queda aislado de las influencias extrañas y de los choques accidentales. Viene a ser la encarnación del sello de Salomón.
En el caso actual, la serie de símbolos dados, el 2, 3, 4, 5 y 6, los interpretamos como algo aplicable a un proceso. Pero incluso esta interpretación es incompleta, porque un símbolo no puede nunca interpretarse acabada y plenamente, sólo puede experimentarse en la misma forma en que, por ejemplo, se debe experimentar la idea del propio conocimiento.
Este mismo proceso de un desarrollo armónico del hombre puede examinarse desde el punto de vista de la ley de las octavas. La ley de las octavas da otro sistema de símbolos. En el sentido de la ley de las octavas todo proceso completo es una transición de la nota Do a través de una serie sucesiva de tonos, con el Do de la siguiente octava. Los siete tonos fundamentales de la octava expresan la ley de siete. Al agregarle el Do de la siguiente octava, o sea la coronación de todo el proceso, se obtiene el octavo paso. Los siete tonos fundamentales, junto con los dos intervalos, o choques adicionales, dan nueve pasos. Y al incorporar el Do de la siguiente octava tenemos diez pasos. El último, el décimo, es el fin del ciclo precedente y el comienzo de un nuevo ciclo. Y así tenemos que la ley de las octavas y el proceso de desarrollo que ella expresa incluyen todos los números desde el 1 hasta el 10. A esta altura hemos llegado a lo que podríamos llamar el simbolismo de los números. Este simbolismo no se puede entender sin la ley de las octavas o sin una clara concepción de cómo las octavas se expresan en el sistema decimal y viceversa.

 

Ley de Siete
(Ley de las octavas)

La siguiente ley fundamental del universo es la Ley de Siete o la Ley de las octavas.
A fin de comprender el significado de esta ley es preciso considerar que el universo consiste de vibraciones. Desde la más sutil hasta la más densa, estas vibraciones se desarrollan de todos los modos, en todos los aspectos y densidades de la materia que constituye el universo; emanan de varias fuentes y proceden en varias direcciones, cruzándose unas con otras, chocando, fortaleciéndose, debilitándose, deteniéndose unas a otras, etcétera.
En este sentido, las opiniones corrientes de Occidente dicen que las vibraciones son continuas. Esto significa que las vibraciones por lo general se consideran como algo que procede ininterrumpidamente, ascendiendo o descendiendo, en tanto siga actuando la fuerza que les dio el impulso original motivando su causa, y que se sobreponen a la resistencia del medio en el cual ellas proceden. Cuando la fuerza del impulso se agota y la resistencia del medio se convierte en la fuerza dominante, las vibraciones naturalmente mueren y se detienen. Pero hasta que llega ese momento, las vibraciones se desarrollan uniforme y gradualmente, y habiendo una falta de resistencia ellas pueden ser infinitas. De modo que tenemos que una de las proposiciones fundamentales de nuestra física es la continuidad de las vibraciones, aun cuando semejante proposición no se haya formulado de una manera precisa porque hasta ahora nadie se ha opuesto a ella. Pero de acuerdo con algunas de las teorías más recientes, esta proposición ya empieza a bambolearse. No obstante, la física corriente se encuentra aún muy lejos de tener una correcta opinión acerca de la naturaleza de las vibraciones o de nuestra concepción de las vibraciones en el mundo de la realidad.
En este caso en particular, la opinión de la sabiduría antigua está en oposición a la ciencia contemporánea, porque la base sobre la cual descansa la comprensión de las vibraciones es el principio de su discontinuidad.
El principio de la discontinuidad de las vibraciones significa que la característica necesaria en todas las vibraciones de la naturaleza sea no un desarrollo uniforme sino un desarrollo en el cual haya aceleración o retardación periódica, ya sea que las vibraciones asciendan o desciendan. Puede formularse este principio con más exactitud diciendo que la fuerza originaria del impulso de las vibraciones no actúa uniformemente sino deviene más fuerte o más débil. La fuerza del impulso actúa sin cambiar su naturaleza, y las vibraciones se desarrollan en forma regular sólo durante un tiempo. Este tiempo lo determina la naturaleza del impulso, el medio, las condiciones, etc.; pero en un lugar o tiempo dado ocurre una especie de cambio en la fuerza del impulso, y, por así decir, las vibraciones dejan de obedecer y por un tiempo disminuyen su velocidad y, hasta cierto punto, cambian su naturaleza o dirección. Por ejemplo, en cierto momento las vibraciones ascendentes comienzan a bajar lentamente. Tras esta retardación temporal, tanto ascendente como descendente, las vibraciones penetran una vez más en sus vías anteriores y durante cierto tiempo ascienden o descienden de modo uniforme hasta un momento dado, cuando ocurre una nueva detención en su desarrollo. En este sentido es muy significativo que los periodos de acción uniforme del impulso no sean iguales y que los momentos cuando hay retardación de las vibraciones no sean simétricos. Un periodo es más breve, otro, más largo.
Se descubrió y se ha establecido que en el intervalo de estas vibraciones, entre el número dado y su doblaje, hay dos puntos en los que ocurre una retardación en el aumento de las vibraciones. Una de ellas se da al comienzo, pero no en el comienzo mismo, la otra ocurre casi al final.
La ciencia de los antiguos conocía las leyes que gobiernan la retardación o la deflexión de las vibraciones desde su dirección primaria. Estas leyes quedaron incorporadas debidamente en una fórmula particular o diagrama que se ha conservado hasta nuestros tiempos. En esta fórmula el periodo de las vibraciones que se duplican quedó dividido en ocho partes desiguales que se corresponden a la razón del aumento de las vibraciones. Este periodo de duplicación entre un número dado y su doble se llama una octava, o sea que está compuesta de ocho.
Encubiertas en esta fórmula se pasaron de maestro a discípulo, de escuela a escuela, las ideas de la octava. En tiempos muy remotos una de estas escuelas descubrió que era posible aplicar esta fórmula a la música y de esta manera se obtuvo la escala musical de siete tonos que fue conocida en la antigüedad. Se la olvidó y luego fue nuevamente descubierta.
La escala musical de siete tonos es la fórmula de una ley cósmica que fue elaborada por las escuelas de la antigüedad y se aplicó a la música. Sin embargo, si estudiamos a la vez las manifestaciones de la ley de las octavas en las vibraciones de otras clases, veremos que estas leyes son iguales en todas partes y que las vibraciones de la luz, del calor, las vibraciones químicas y magnéticas y otras están sujetas a las mismas leyes que las vibraciones del sonido. Por ejemplo, la física tiene conocimiento de la escala de la luz, en la química el sistema periódico de los elementos está estrechamente conectado al principio de las octavas, aun cuando tal conexión no sea del todo clara para los hombres de ciencia.
El estudio de la estructura de la escala musical de siete tonos proporciona una sólida base para la comprensión de la ley cósmica de las octavas.
Esta ley demuestra cómo y por qué en nuestra vida nunca ocurre nada que vaya en línea recta; demuestra por qué, cuando ya hemos empezado a hacer alguna cosa, terminamos haciendo una completamente diferente y a menudo opuesta a la primera, aun cuando no nos demos cuenta de ello, y sigamos pensando que estamos haciendo justamente lo que habíamos comenzado a hacer.
Todo esto, y muchas cosas más, sólo puede explicarse mediante la ley de las octavas, junto con una clara comprensión del papel y del significado de los "intervalos" que causan que la línea del desarrollo de la fuerza cambie continuamente, que marche en una secuencia quebrada, que vuelva sobre sí misma, que se vuelva y que hasta llegue a ser su propio opuesto, y cosas por el estilo.

 

La explicación completa de Gurdjieff sobre la Ley de Siete se halla en el libro de Ouspensky En busca de lo milagroso (Fragmentos de una enseñanza desconocida).

 

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